Desde que surgió en la década del ´70, como grito de protesta del Grupo de trabajadores agrícolas unidos (UFW) del Oeste de EE.UU., hasta que se convirtió en el slogan que permitió ungir a uno de los máximos representantes de los intereses del capital como presidente de los argentinos, el “¡Sí, se puede!” atravesó un largo derrotero. Popularizado en México cuando las madres del seleccionado juvenil de béisbol de ese país lo entonaron a fines de la década del ´90, durante un partido decisivo contra sus poderosos vecinos del norte, llegó a los oídos de los hinchas del fútbol argentino en las eliminatorias del mundial, por medio de los simpatizantes del débil seleccionado de Venezuela, replicándose luego en algunas tribunas de equipos locales (se oyó, por ejemplo, en la cancha de Independiente antes de su inexorable descenso en 2013). Pero no sólo el deporte se hizo eco de esa melodía pegadiza. El cine y las series la incluyeron en diversas oportunidades, cuando uno de sus protagonistas mundanos enfrentaba una situación adversa que, por su condición de inferioridad, requería de un coraje extraordinario para superarla, revirtiendo de ese modo su situación inicial. El retorno a la política de ese lema, consagrando su fama mundial, se produjo con la candidatura de Obama, cuando la traducción “Yes, we can” motorizó la primera elección en EE.UU. de un presidente que no fuera de raza blanca.

Más allá de las diferencias entre los campos y contextos, la enunciación del “¡Sí, se puede!” siempre apuntó a expresar una situación de desventaja manifiesta, ante la cual se afirmaba la voluntad de evitar una fatalidad y revertir los mandatos establecidos. Pero como sucede con frecuencia en la historia de la cultura y de la política, aquello que surge como una estrategia de resistencia de los sectores dominados, luego de ser perseguido y repudiado, termina siendo cooptado por sus censores y utilizado como mecanismo de dominación. Así, se debe a las sutiles artimañas del marketing político la transformación de este alarido de unidad proletaria en un alegato en defensa del individualismo neoliberal que proclama como mérito personal la liberación de supuestas ataduras, resultando de ello una flexibilización laboral que redunda en una extraordinaria transferencia de ingresos hacia el capital concentrado.

Es en esos términos que hay que entender la estrategia del macrismo, que no sólo recurrió a ese canto durante la campaña electoral sino que sigue utilizándolo como modo de afirmación de su identidad, tal como se desprende, por ejemplo, de las propias palabras del presidente que, al sintetizar el sentido de la marcha en apoyo a su gobierno el pasado 1° de Abril, afirmó que consistió “solamente en decir ‹sí, se puede›”. Al repetir una y otra vez esas palabras a modo de latiguillo, los miembros de la alianza gobernante pretenden construir una imagen de los doce años de gobiernos kirchneristas como los de la plasmación de un poder avasallante, frente al que se habrían revelado los ciudadanos comunes. Así, el “¡Sí, se puede!” condensa la intención de generar una subjetividad individualista para que la asuman sus seguidores, provocándoles la ilusión de que se enfrentan, desde una supuesta posición de minoría, a las masas populares que serían las causantes de sus frustraciones y padecimientos.

La insistencia en ese cántico, entonces, indica la imposibilidad del macrismo de efectuar políticas apelando a construcciones mayoritarias, lo que significa que sólo logrará consolidar su poder desarticulándolas. Es por ello que lo que está en juego en los tiempos que corren no es solamente la ocupación de determinados cargos o el beneficio inmediato de las medidas que se toman. Mucho más importante es la construcción de modos de interpelación política que, más allá de los vaivenes circunstanciales, son los que definen el rumbo general de un modelo de país. Pero aquello que fue el objetivo de la práctica genocida de la última dictadura cívico-militar y el desenlace de la crisis económica y social de fines de la década del ´90, hoy emerge como una disputa política abierta, generando, por eso, algunos interrogantes. ¿Logrará el macrismo significar como un acto de heroísmo individual la consolidación de la desigualdad como motor de los vínculos entre los argentinos? ¿Entenderán nuestros compatriotas que muchos de los que hoy ejercen los cargos de gobierno son los representantes de un poder, inmensamente mayor que el político, que ha limitado durante décadas el despliegue de medidas tendientes a la inclusión? ¿Comprenderán que al individualizarlos se los aísla, debilitándolos, y generando, por ello, las condiciones para su propia marginación? ¿Percibirán que las masas, lejos de expresar lo avasallante del poder, son el único fundamento en nombre del cual se puede construir una alternativa política igualitaria?

La respuesta a estas preguntas ya comenzó a esbozarse en las calles y se afianzará en las urnas este año, cuando los votantes tengan la posibilidad de responderle al foráneo “¡Sí, se puede!” con el argentinismo “No podés…”.

Por Diego Ezequiel Litvinoff*

9 de abril 2017

(*) Sociólogo, Docente (UBA)

(**) Fotograma de pograma televisivo de Susana Giménez