En este 30° aniversario de la crisis de Semana Santa de 1987 quisiéramos proponer un breve repaso por los discursos que el Presidente Raúl Alfonsín pronunció durante esas tensas jornadas, con el objetivo de pensar por qué las palabras de Alfonsín fueron entendidas por gran parte de la población como un engaño y una traición a su promesa democrática. Nuestra pregunta se origina en que la interpretación dominante que concibe a la ley de Obediencia Debida como una “concesión” de Alfonsín a los amotinados no concuerda con la abundante evidencia –contenida tanto en los discursos de campaña, como en las alocuciones presidenciales y en sus libros– de que el gobierno sostenía, con mucha antelación al conflicto de Semana Santa, la solución de un Juicio ejemplar a las altas jerarquías. El mismo se basaba en la teoría de los tres grados de responsabilidad, que concentraba el accionar de la justicia en los escalafones más altos mientras que excusaba a las jerarquías intermedias y menores por el principio de obediencia debida. Es por eso que nos planteamos aquí la necesidad de desnaturalizar esta lectura en términos de traición de la palabra alfonsinista, no para desmentirla sino para comprender otros aspectos que pueden estar contenidos en ella. Si el gobierno venía sosteniendo esta solución al conflicto con los militares ¿Qué fue lo que se traicionó en Semana Santa? Creemos una la clave para ver esto puede estar contenida –casi condensada– en los discursos pronunciados aquella jornada.

En los días de Semana Santa, Alfonsín pronunció tres discursos: el primero, el 16 de Abril en el Congreso de la Nación, donde anunció que, a pesar del levantamiento “la democracia no se negocia”; los del 19, antes de ir a campo de mayo, donde decía “estamos arriesgando el futuro nuestro y el de nuestros hijos; estamos arriesgando sangre derramada entre hermanos”; y a su regreso, cuando anunciaba  “la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina.”

Como es evidente, el uso de las figuras de lo privado y lo familiar abundan en ambos discursos, sin embargo, es posible marcar una diferencia importante entre ellos. En el primer caso, Alfonsín habla de los hijos y del hogar, haciendo clara alusión a los efectos que la democracia tiene sobre la vida privada de los individuos. Estas referencias a la familia reenvían a la lectura del pasado en que la vida, como tal, fue amenazada por la violencia política desplegada por el terrorismo de Estado y por las organizaciones armadas (teoría de los dos demonios). En este primer discurso, Alfonsín crea un lazo entre la democracia como forma de vida, a través del “ejercicio de sus derechos y sus libertades”, y la vida privada. La idea de proteger y garantizar la vida de nuestros hijos o nuestros nietos se comunicaba directamente en el lenguaje político de la época con la idea de la democracia y la libertad política como el único medio para lograrlo.

La participación y movilización pública que fueron invocadas aquella tarde en la Plaza de Mayo no se contraponían con la tarea democrática: era la “presencia en todas las plazas de la República”, “la movilización pacífica de la ciudadanía”, lo que el presidente estaba reivindicando y reconociendo como el elemento central para “defender” la democracia. Ahora bien, es justamente en los momentos de intenso conflicto, como el de Semana Santa, cuando el lugar del ciudadano en la vida política y las formas de participación democrática en lo público se ponen en juego. Allí, la relación público-privado entra en tensión al tiempo que la democracia se define en medio de la participación ciudadana y en “defensa” de las instituciones.

En estos discursos, los hijos y los hogares evocados son aquellos que los ciudadanos tienen en mente y adonde retornan una vez que han participado en la defensa de la libertad en lo público. Sin embargo, estas referencias se mezclaban con otro uso en que las palabras se vuelven metáforas para nombrar lo público. Este era el caso cada vez que Alfonsín hacía referencia, justamente, al conflicto entre los militares y la sociedad civil: “estamos arriesgando sangre derramada entre hermanos”. Así, el país aparece como una gran familia, dividida por conflictos entre hermanos que comparten la misma sangre y que corren el riesgo de derramarla. A la vez, la sangre hace referencia a aquello que une –un origen común– y que divide –el conflicto político que degenera en violencia. La figura de la gran familia apela al modelo político de gobierno asentado sobre la figura del pater familias cuyo poder se basa en la desigualdad que esgrime frente a los otros miembros del colectivo. Por el contrario, el espacio público de la comunidad se caracteriza por ser cualitativamente diferente al espacio de la familia: las relaciones entre sus miembros son de igualdad; la autoridad del gobernante es discutible y contestable. En un espacio público plural las decisiones presidenciales pueden ser discutidas y modificadas por los debates en el Parlamento, como sucedió con el primer intento de legislar sobre la obediencia debida. Asimismo, puede ponerse en jaque por medio de la intervención del Poder Judicial, como sucedió en el caso de la Ley de Punto Final.

Al regresar de Campo de Mayo, Alfonsín pronunció el ya evocado discurso de “Felices Pascuas”. Allí, la “casa” fue utilizada como una metáfora para nombrar lo público y anunciar el regreso al orden. Sin embargo, tanto la “casa” como el “país” acabarían, por medio de esta metáfora, siendo conceptos diferentes a los que habían sido antes. En el primer discurso, Alfonsín pide a los ciudadanos movilizados la autorización para ser quien se dirija en representación de todo el pueblo, “a intimar la rendición de los sediciosos” para luego regresar “con la noticia de que cada uno de nosotros podemos volver a nuestros hogares para darle un beso a nuestros hijos”. Allí, la casa es el espacio que los ciudadanos abandonan al momento de aventurarse al espacio público para defender la democracia. Frente a esa plaza, Alfonsín era, por así decir, un padre entre otros padres de familia que se habían aventurado al espacio público para “asegurar la libertad para los tiempos”. En el segundo discurso, la casa es lo público (“La casa está en orden”), la autoridad que rige allí ya no es la de un padre entre padres, sino la de un pater familias que resolverá el conflicto entre hermanos. Al nombrar al país como la casa, se pretende extender las propiedades de la segunda al primero como si éste fuera una gran casa, una gran familia regida por un gran padre (no es casual que Alfonsín sea recordado, aún hoy, como el padre de la democracia).

En este pasaje del país a la casa no sólo cambia el sentido de la autoridad que esgrime un gobernante en una democracia y el jefe de una casa, también cambia la calidad de lo que se persigue en dichos ámbitos. Mientras que en el primer discurso “Democracia significa libertad”, lo único que queda al regreso de Campo de Mayo es el orden y la paz: “la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”. Esto, sin dudas, no era menor en aquel momento de alta convulsión política, pero tampoco era equivalente a la aspiración que una gran mayoría había reservado –inspirada en las palabras del propio Alfonsín– para el sentido de la democracia.

Oscar Landi resumía la recepción de ese discurso por parte de la multitud reunida en la Plaza de esta manera: “La desconcentración de la gente en la plaza el domingo a la tarde contuvo una mezcla de alegría y sospecha, el magnífico espacio público construido en esos días se desdoblaba: la gente a festejar las Pascuas, ciertas elites políticas y militares a seguir su tensa conversación”. Este último discurso de Alfonsín fue comprendido como un engaño y una traición, y muchos analistas concuerdan en que fue el principio del declive de la palabra de Alfonsín.  Esto indica, ciertamente el descontento con la “solución” esgrimida por el gobierno, pero también con la transformación que sus palabras significaban para el sentido de la democracia. Si en los primeros dos discursos la democracia había significado un espacio abierto a la confrontación que se defendía con el pueblo en la plaza; en el último discurso, la defensa de la democracia ya no era la participación sino la delegación del poder en los gobernantes. Exigía el vaciamiento de ese espacio, la desconcentración y la vuelta a la casa. Sin embargo, tanto gobernantes como los gobernados, que en aquel preciso momento comenzaban a recorrer caminos divergentes, recordarían la potencia que el pueblo había demostrado –y volvería a demostrar– en las calles durante aquellos días.

* El presente texto forma parte de una investigación más extensa que escribimos y publicamos con Ariana Reano en el libro “Palabras Políticas. Debates sobre la democracia en la Argentina de los ochenta.” Allí, puede encontrarse un análisis más extenso de estos y otros discursos de Alfonsín, así como los debates intelectuales de la época.

Por Julia Smola

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

Un comentario en “El declive de la palabra pública: los discursos de Alfonsín durante Semana Santa

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