Unas semanas antes de que ocurrieran los hechos de Semana Santa zafé de ir preso. Había ido a ver a mi novia de aquel momento, luego de terminar de jugar a la pelota, pero mis amigos cayeron detenidos por el sólo hecho de estar charlando en la puerta del edificio, después del partido. Y, junto a ellos, también el padre de uno los chicos, que solo le dijo a los policías que se estaban llevando menores de edad y que lo único que habían hecho era jugar al fútbol debajo de sus casas. Luego, la anécdota fue que al hombre se lo habían llevado en pijamas, pantuflas y a las puteadas.

De ese momento me quedo grabado salir siempre con documentos a la calle, esperando que en cualquier momento apareciera la policía a hacer razzias o que se me aparecieran tipos de civil en una esquina, que mientras pedían documentos te maltrataban por largo rato.

Y mientras asumia como cotidiana estas situaciones, también me dedicaba a participar con amigos de extrañas combinaciones de ska y punk junto a los grupos Los Skaleras y Flema, y jugaba rugby en el CAR. En medio de ese clima, recuerdo que sucede lo de Semana Santa del ‘87.

Hasta ese momento, mi participación en la vida política y en la militancia había sido nula, a excepción de un par de actos a los que había concurrido con mi tío Daniel, que me llevaba porque yo se lo pedía, no porque él quisiera. Recuerdo claramente el día que Alfonsín da unos anuncios amargos sobre una idea de economía de guerra. En ese momento no le había prestado mucha atención al contenido de su proclama, sino que estaba fascinado por el carisma y el modo de pronunciar los discursos de ese tipo.

El primer recuerdo de esos días es estar en la placita Sargento Cabral, del Barrio Parque Martín Güemes, un conglomerado de monoblocks de la ciudad de Avellaneda, donde nos fuimos a vivir con mi mama y mi abuela, poco después de la muerte de mi papá y de mi hermano en Mar del Plata. Tengo la imagen de estar charlando junto a otros chicos y que cada uno comenzara a tirar las impresiones de lo que entendía que estaba sucediendo, mientras nos turnabamos para subirnos al potro hecho con un tanque de gasolina, que se movía acompasadamente y repetiamos que parecía que los militares querían hacer un golpe.

La segunda imagen que se me viene a la cabeza, es la de los medios hablando de las fuerzas leales y que un tal general Alais venía desde Azul, subido en un tanque de guerra, para “combatir a los sediciosos”. Me acuerdo que no sabía qué quería decir eso, pero lo repetía entusiasmado de que pudieran frenar a los militares golpistas, que se cumpliera la promesa de Alfonsín de cien años de democracia (aunque en ese momento me preguntaba por qué sólo cien años) y que un lugar -que no sabía ni donde quedaba- como Campo de Mayo fuera devuelto a manos de la democracia.

En un momento de ese día en la plaza, terminamos hablando un grupito más chico, donde resaltaban los hermanos María Inés y Sebastián. También apareció Damián, que funcionaba como el ídolo de la infancia. Por él había hecho judo y también me llevó a Karate de guerra, a unas cuadras de casa. Era con Damián, con quien de vez en cuando hablaba de política.

Los tres militaban en la Franja Morada Secundarios y, si bien yo no era radical, tenía -como  dije antes- una atracción particular por la figura de Raúl Alfonsín. A mí me parecía igual de magnético que Juan Domingo Perón y, debo decir, aún al día de hoy me siguen pareciendo profundamente atractivos estos dos personajes, sumados a la figura de Néstor Carlos Kirchner.

Junto a estos tres amigos y otros que éramos, en su gran mayoría, del mismo colegio, decidimos subirnos a una camioneta y fuimos hasta la plaza Alsina a putear a los militares y a defender la democracia. Una vez en la plaza de la ciudad, comenzamos a ver que mucha gente se estaba yendo a la plaza de Mayo y no lo pensamos mucho más. Así que nos subimos a un colectivo y mientras que cantábamos por la defensa de la democracia, nos encaminamos a acompañar a las distintas columnas que llegaban para ocupar la plaza.

Los días y las situaciones se confunden, pero recuerdo que sin pensarlo mucho terminé recorriendo varias veces -en esas jornadas- el camino de la plaza de mayo al comité de la provincia de Buenos Aires de la UCR. Íbamos junto a mis amigos buscar agua, al baño, a no sé qué otra cosa y así. En una de esas recorridas, a una compañera de Secundarios la pararon tres tipos en una esquina. Estaban con un falcón, le pidieron documentos y comenzaron a amenazarla, diciéndole que se dejara de joder y que se fuera a la casa. Por suerte, como íbamos y veníamos seguido de un punto al otro, varios compañeros intercedieron y la cosa se diluyó.

Durante esos cuatro días pase por distintas fases de una militancia que había sido impensada. Hubo momentos en los que me encontraba sin terminar de entender porque estaba a cargo de un teléfono en la casa de Adriana, la tía de Fernando, para esperar novedades o repartiendo volantes en las calles. También deseando entrar al sótano del comité provincia porque un amigo nos había dicho que la primera noche, cuando se había cortado la luz, unos cuantos habían manoteado armas de unos cajones; algo que nunca pude constatar fehacientemente, pero que en ese momento me hubiera encantado vivir.

En ese mismo sentido es que recuerdo el último día, en el que todo el mundo estaba bastante caliente y se comenzaban a organizar grupos de resistencia civil contra los militares. Un grupito de militantes de la juventud habían organizado una lista con unos autos y objetivos para entrar en Campo de Mayo. Nosotros, junto a un par de amigos de secundarios queríamos ir, pero nos habían cortado toda esperanza diciéndonos que sólo podíamos hacer tareas de apoyo, por ser menores. Un rato después, esos mismos jóvenes nos dijeron que era una locura ir a Campo de Mayo y que fuéramos todos a la Plaza, porque Raúl nos estaba convocando. Hacia allí partimos.

Esa última tarde, en la que Alfonsín dijo “voy a ir a Campo de Mayo para que los sediciosos depongan su actitud”, nos quedamos con los chicos de Franja Morada Secundarios de Avellaneda esperando en la plaza. A su vuelta, nos sorprendió con un discurso en el cual los militares habían pasado de ser sediciosos a héroes de Malvinas,.

En definitiva, recuerdo ese momento como un tiempo de desilusión para muchos, en el que discutimos bastante cuál era la salida posible frente a este conflicto. Para mí significó creer que era necesario militar para poder transformar las cosas, y para asegurar que el significante que Alfonsín había anunciado dos años atrás de “cien años de democracia más” debía garantizarse con el compromiso y la acción.

Los siguientes años de militancia, desde mi perspectiva, continuaron cargándose de obstáculos, frustraciones y desilusiones. Vino la Ley de Obediencia Debida, el indulto a los genocidas y los fusilamientos a los militantes del MTP, en la experiencia de Tablada. En lo cotidiano, cada vez era mayor el menosprecio a la palabra y a la acción de militancia, que estaba cada vez más cuestionada. Vinieron  embates como los de la Ley Federal de Educación y la Ley de Educación Superior, que eran un claro ataque a la educación pública y a un modelo de país integrado.

Si bien nunca terminé de acordar con muchas de la líneas que caracterizaban a ese partido, algunos textos, como la contradicción fundamental, me sirvieron para creer que esta era una de las herramientas con las que contaba el pueblo para transformar la realidad.

Muchos años después, y luego de la Alianza, todos las molestias con las que había convivido, me hicieron alejar de un partido que pensaba que el “Teorema de Baglini”, el mismo que decía que cuanto más cerca del poder, más lejos del pueblo y de la izquierda, era una ley irrefutable. Hasta que un 24 de marzo me topé, de casualidad, con Néstor Kirchner, que me devolvió la esperanza que, con la política, la realidad se podía transformar. Por eso un momento lo tengo relacionado directamente con el otro, porque en ambos hechos sentí que un imán me atraía para cambiar la sociedad.

Por Lucas Rozenmacher

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).