La política se configura en una serie de escenificaciones. Desde la grandilocuencia de antaño a la circunspección del politico profesional, la política tiene en su raigambre teatral, escenografica su ethos. Esto ya lo planteó Eduardo Rinesi en “Ciudades, teatros y balcones”, donde la lógica representacional no era ni exclusiva de la escena teatral, ni siquiera un posible aditamento convocante, atractivo de la discursividad política, sino su fundamento, sobretodo en la delegación de la acción (dramática) del ciudadano (espectador) al político. Tampoco es un atributo (argucia) de un modo de hacer política, sino el modo de la política de las democracias representativas. Pero no todos los idearios lo asumen como tal (o siquiera lo asumen) El macrismo parece inaugurar una nueva escena político-teatral, la de un suerte de obscenidad post-escenográfica.

Desde los medios liberales-conservadores, por turno, criticaron los estilos de Chavez (por su tono ampuloso, “caribeño” -claro-) y de Cristina (por excederse en llevar el luto, por ejemplo -fue Beatriz Sarlo, la que escribió al respecto-) Ambos, y tantos otros, vinculados a esa maraña conceptual denominada populismo, que tendría dentro de sus oscuros artilugios el de la demagogia, que en verba teatral sería la sobre-actuación. Actuaban de más, para la tribuna, eran tribuneros, podría haber dicho Sarlo en retórica más refinada y semiótica. El que sobreactua, actuaría mal. Deja entrever los hilos de su actuación. Deja entrever que hay actuación. Algo desdeñable para un acto, una obra que pretende identificar al espectador con el actor. Es decir, para aquellas obras que se fundan en el principio de transparencia, de invisibilidad del dispositivo. El cine clásico hollywoodense por caso. A diferencia y como ruptura de este, expresar las condiciones de enunciación, sea de modo intelectual (por medio del extrañamiento) o por barroquismo (a través del exceso, del pliegue), es un modo de politicidad del propio acto enunciativo. Incluso, de desalienación (diría un Walter Benjamin, por caso). Hay representación, es también decir, hay pacto comunicativo, hay (por lo menos) dos. Tanto como en la tradición europea brechtiana (ascética e irónica), la tradición latinoamericana, donde el drama (tele)novelesco, apasionado, festivo reinan, la escenificación lejos de ser una expresión de pérdida de la distancia entre actor-espectador, asume una retórica de mirada al sesgo, celebración vigilante, unidad en la acción (no escencial)

Ahora bien, cómo nominar la puesta en escena de Marcos Peña (y otros funcionarios macristas) al expresar su sentimiento de aflicción por el fallo que permitiría la liberación de presos por delitos de lesa humanidad (es decir, la instancia de excepcionalidad del marco jurídico, inigualable con ninguna otra pena) Fallo que si no fue gestionado por el propio macrismo, forma parte del ideario de quienes componen el gobierno y quienes lo apoyan (como el diario La Nación, estoico defensor de la llamada Memoria completa) Cómo nominar tal escenificación autoevidente de quienes abjuran de sobre-actuaciones (de los otros) Con esquizofrenia y cinismo aquí las formas no se abarrocan ni intelectualizan sino que la propia discursividad del macrismo (por nombrar de algún modo lo que proviene de ese arco enunciativo) se aplana, se vuelve campo arrasado/listo para una nueva cosecha. No hay pliegues en una discursividad que puede sostener una argumentación (o una simple enunciación, un epíteto) y su perfecto opuesto, eso sí, sin despeinarse, sin tensionar el protocolo del político profesional ceo-cool: con sonrisa, desacartonamiento, libertad.

Los dichos de Peña consiguen incluso el aplauso solapado de sus votantes y los que se abroquelan en lo anti-popular (siendo incluso de clases populares) que reconocen en sus dichos sí un artilugio necesario en el decir político. Está siendo “políticamente correcto” y para ganarle al peronismo, a la runfla corrupta dictatorial, se necesita además de coraje y desaprensión, del ingenio actoral del que (parece) no actua. El pseudo-republicanismo, abjurador de demagogias, no se priva (no puede hacerlo, solo mentarlo, escandalizarse retóricamente) de su puesta en escena, la de la no-escena. Está aquí en el juego de una correcta anulada escenificación -medida, con estilo country- sobre algo de lo que su ideario nunca se afligiría. En honor a sus principios (!), podría haber guardado silencio y por lo bajo, sotto voce, festejar, “por fin se hizo justicia”. Pero no, el macrismo habla, satura la escena cotidiana con temas y tonos (“Algo pasará”) Habla de todo y en todo los tonos posibles. En un habla progre-fascista, el habla macrista puede decirlo y desmentirlo todo (“Vamos viendo, algo pasará”)

Pero los dichos de Peña no son solo “correctos políticamente”, sino una apuesta a un enchastre de un tema caro (carísimo) a su pragmatismo derechistoide: endurecer las penas. Correr el eje de los causales de los males del capitalismo. Aprovechándose aquí de vilipendiar un “nervio profundo” comunal (como ha dicho Horacio Gonzalez), como antes con la escuela pública, la tradición sindical, para sumar de modo descarado un punto más a su propia cuenta electoral.

No hay pues sobreactuación en el habla macrista, ya que no hay aquí puesta en escena (guarida) alguna. Todo devino escena o su contrario, oscuridad. No hay envés de ninguna trama, no hay bambalina donde resguardarse y “rearmarse para volverse a meter”. El habla del macrismo no es escenográfica, es obscena. Mostrando lo que no se debe mostrar (los errores, las inconsistencias ideológicas), haciéndose “más visible que lo visible”, su apuesta a la transparencia moral, devino una anulación de todo pliegue, de toda rugosidad. El habla obscena, transparente, es post-escenográfica, ya no requiere de pactos con posibles espectadores, puede transfigurarse, leyendo el minuto a minuto, en lo que sea. Un habla obscena configura un escenario de incertidumbre, de intemperie. Bienvenidos, convidados, estamos, pues al no-show. En donde “en todo estás vos”, adentro-afuera, arriba-abajo (claro, en ningún lado), cual arquero peloteado, agobiado por no saber ya no solo de donde vendrá el próximo disparo, sino con qué y a qué se está jugando.

Sebastian Russo