Las cuentas que hacemos después del triunfo de Cambiemos en 2015, siguen dando a perdedor. Entre la creencia extendida en amplios ámbitos de la militancia ante una supuesta “buena comunicación” que le reconoceríamos al macrismo, y los “malos modos” que aun nos criticamos por haber arrastrado durante años cuando fuimos oficialismo.

El triunfo de esta mirada impone la fatalidad de su aguijón envenenado: hoy nos carcome la ponzoña de un duranbarbismo extendido a todo el arco político argentino, que se explicita sin tapujos en esta pobre campaña de cara a las elecciones de medio término en la Argentina macrista de 2017.

El oficialismo, tanto con su versión Cambiemos como con las pseudo-oposiciones oficialistas, mantiene el tono que viene construyendo hace más de una década, y que ante la politización que alcanzaba la discusión pública en nuestro país otrora (el conflicto con las patronales agrarias o la Ley de servicios de comunicación audiovisual), parecía destinada al fracaso. Pero con la liquidez que ha retornado con nuevos bríos en el país, la región y el mundo; no sólo los parece consolidar como propuesta neoliberal modernizada, sino que logran arrastrar a la escena política argentina en su camino de liviandad espectacularizada.
Podemos verlo en las calles que se van poblando de afiches homogéneos, ante una mirada extrañada. De frases comunes, de hashtags que terminan replicándose y mudando de candidato y partido, de palabras destinadas a no volver para agitar nuestro amor militante (Pueblo, compañeros, Patria, oligarquía). Parece ser que las propuestas deberían inquirir a esa parte de la sociedad que sólo mira su bolsillo, pero por ahora lo hacemos vencidos por esa misma lógica: le hablamos como un otro preocupado tan sólo por su bolsillo.

Si hasta las propuestas que llegan por izquierda son tan parcas, como las de centro o del papismo ilustrado. Proyectos reformistas, economía cortoplacista, vecinos que se indignan. Nada de proyectos políticos o culturales que enfrenten este neoliberalismo casicanchero. En frentes que se nombran de diversos modos, con partidos o movimientos sociales que apuestan todo a la candidatura democrática y que al hacerlo, replican los modos del enemigo a vencer. La mercadería efímera llamada candidato/a abunda por doquier.

Así las cosas, son los nombres lo que descollan, y en especial tener a la figura política más importante del presente recorriendo la provincia, e impulsando desde redes la campaña. El camino es claro, y puede que no haga falta vociferar grandes discursos para entender contra qué luchamos. Difícil dudar ante el hijo de Franco como Presidente, que con tantos errores propios deja libre el camino para su propia caída.

Pero persistirá el peligro, gane quien gane, de una lenta despolitización que va carcomiendo las construcciones políticas que tanto costaron reconstruir. Tendremos que militar para impedirlo, ante un futuro tan negro e incierto, como todo final que nos impone el neoliberalismo. O el gobierno de los ellos, o de los que nos desorganizan la vida, si es que gustan que así lo diga.

Juan Manuel Ciucci

APU/ UNPAZ

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