El hambre de los otros es un espectáculo que siempre divierte a los que han comido”. Discépolo: Tormenta en Cuatro Corazones (1939)

A las doce menos veinte de la noche del 13 de agostode 2017 los mensajes de whatsappparecían circular a mayor velocidad que nunca; o, mejor dicho, según se desprende de la infinidad de errores de tipeo, pulgareados a dos dedos con una ansiedad pocas veces vista. Eso es lo que cree cada uno de los que está involucrado con las elecciones de medio término en la Argentina. Lo cierto es que no “todo el mundo” está tan pendiente del minuto a minuto del escrutinio como lo están los integrantes de los variopintos grupos de whatsapp a los que pertenecen los militantes. Muchas veces, el gran problema de una lectura política optimista es que se estrella con la realidad; y como no todo el mundo está tan pendiente de los guarismos electorales como lo está un militante, un periodista o un político, tampoco la ponderación que se hace a partir de undeseo necesariamente coincida con la realidad; acromática y duracomo el concreto, la realidad, como el resultado oficial de las elecciones, se constituyen a priori en la verdad de la milanesa.

A partir de allí se consolida un estado de ánimo según se haya ponderado la realidad. Están aquellos -la mayoría de los militantes de Unidad Ciudadana, según escucho a los cientos de compañera/os con los que me relaciono- que entendían que dada la miseria en la que el gobierno nacional está sumiendo a la amplia franja de ciudadanos del pueblo bonaerense, esa política de Estado se traduciría en un resultado mágico que ubicaría a Cristina cerca del 40 % de los votos. Lo cierto es que los clivajes políticos extremos se plasman en votos o en rebelión cuando el proceso de horadación de los ingresos de las clases medias se haya en situación de casi completa conclusión, y no mientras son deglutidos los de las masas de populares que, inevitablemente, ven en la oligarquía cheta que se pasea por los medios a un claro enemigo. Nada es tajante y definitivo, por supuesto, y hay votantes del Pro entre las clases populares, como los hay de Cristina en los countries de Pilar, pero lo preponderante, según muestra la estadística más certera -el sufragio universal- es que el voto se segmenta de acuerdo a los recursos disponibles; y si bien hay una suerte de empate técnico entre las dos fuerzas mayoritarias (una alimentada por los resabios ancestrales del componente raizal del radicalismo o su componente etario, y la otra por parte del peronismo y su entramado histórico), aquellos que votaron en contra de la (Pro)puesta Republicana -¡qué no nos afanen la palabra república!, como grita casi desgañitándose el querido Rinesi- rondaría cerca del 65 % de casi el 80 % de la población en condiciones de votar, ya que ese fue el grado de participación.

La lectura de los apesadumbrados es miope, corta de vista; no llega a distinguir con claridad el motivo por el cual Cristina no arrasó en las urnas, y esa explicación, si es que alguien puede darla, la dejaremos abierta. Lo que sí podemos decir, es que la evaluación de una elección debe hacerse no solo a partir de las expectativas propias, aquella meta que se propuso tal o cual fuerza política, sino también a través de las expectativas que se proponía el adversario.

En ese sentido, si ponderamos el deseo instalado con fuerza a fines de 2015 por Macri y su troupe, en el que avizoraban un 2017 en el que el diario vindicador llevaría como titular en su portada del 13 de agosto una leyenda que haría alusión a las primeras elecciones en 14 años sin el kirchnerismo, al deceso del mismo, e imaginaban un escenario mucho más favorable entre la población en la que la correlación de fuerzas -una vez extinguido el kirchnerismo- le hubiese permitido llegar a las elecciones con Cristina presa, podemos concluir que la elección del domingo ha sido para Cambiemos un verdadero fracaso; por más que por medio de artilugios y echando mano a un cinismo rayano en la sociopatía se haya instalado (y haya instalado en mucha/os compañera/os) la idea de que ganaron, lo cierto es que han fracasado en la destrucción del kirchnerismo, de Cristina y de los kirchneristas tanto en el plano simbólico como en el concreto. Cristina -con un conteo suspendido y con una proyección favorable- está libre -aunque nada indique que no intentarán meterla presa ahora que es una amenaza concreta- y con fuertes chances de ganar en octubre.

En dónde sí ha triunfado una vez más el macrismo es en su dispositivo comunicacional. Recuerdo cuando fue la votación en la cámara de diputados para remover a De Vido, un muy enojado Peña -a punto de perder los estribos como pocas veces- invertía la valoración de los sucesos y mostraba la votación adversa en la cámara de diputados como un triunfo. En un acto de prestidigitación comunicacional, maquillaba y resaltaba los vértices favorables y ensombrecía con maestría aquellos ribetes más contundentes y que, en definitiva, eran los que contaban y que tenían que ver nada más ni nada menos que con el resultado real: el número de la votación que fue favorable a De Vido. En eso, el kirchnerismo actúa de manera contraria.

En lugar de pensar que han ganado en Santa Fe, que han recuperado Lanús y Quilmes, y que muy probablemente haya empatado -o ganado o perdido por muuuyyyy poco- en Bs. As., se obstina en flagelarse porque no cumplió el plan de máxima. El resultado de la elección es el licuado que resulta una vez que se echaron todos los ingredientes dentro de la licuadora, y entre los ingredientes se hallaban dos voluntades que colisionaban; lo cierto, es que entre la voluntad de la ceocracia y sus seguidores (engañados o convencidos) de acabar con el hecho maldito del siglo XXI y el regreso apoteótico de Cristina, veo mucho más fortalecida la posición de aquella que se supo mantener en el candelero a pesar de la feroz campaña de los medios por defenestrar a todo lo que huela a K que a las aspiraciones kacidas de erradicar del escenario político a la amenaza populista, cualquiera sea su numen, y en ello va una apelación a radicalizar la elección de octubre aunque ella sea de medio término.

La actuación de los medios más influyentes y los comunicadores más conocidos ha sido elocuente, irreflexiva, desesperada y, sobre todo, flagrante en el quiebre de la veda electoral. Fantino, a la tarde, destilaba por radio una sulfurosa diatriba contra las “ratas” que se robaron el país, y proponía, fuera de todo orden constitucional y apegado a derecho, poner en cana a los hijos de Lázaro Báez, a los nietos y a todos los Báez por varias generaciones. Hablaba en primera persona a un interlocutor al que conminaba a rebelarse porque se habían robado todo, sin más detalles. Ese eje dislocado en la verba del relator de fútbol no era otra cosa que la evidencia verbal de un excitado malestar que se manifestaba al asomar -como asomó, en forma de sol cristinesco que amenaza con quemar cuales vampiros irredentos a todo el sector vinculado estrechamente al cipayismo histórico de la Argentina- la presencia de la expresidenta. Claro que deben temer los administradores del país, no así sus votantes, siempre parte del conglomerado de argentina/os que, equivocada/os o no, han hecho su elección.

Otro dato importante para evaluar el resultado de las elecciones radica en escuchar las expectativas de los votantes de Cambiemos. Uno de los presidentes de mesa de la comuna 3 -en la escuela Quintana, en Lavalle al 2300-en la confianza que generan 12 horas de convivencia electoral, preguntaba durante el recuento a un fiscal general -un servidor- cómo había visto la elección, más allá del partido al que perteneciera él o el fiscal general. Hasta el momento, el presidente de mesa no había revelado su identidad partidaria, algo que estaba expuesto desde las 7 y media de la mañana en caso del fiscal general en una jurisdicción adversa al kirchnerismo [1]. Luego de una sincera estimación del sufragio sin tener ningún número aún; ni siquiera el famoso “boca de urna”, el presidente se despachó con una frase que ya no era un análisis del sufragio, sino una valoración sobre un posible resultado del mismo: “Sería muy malo para el país si Cristina llega al 20% de los votos”. Es decir, que, para este hombre, Cristina perforó sus aspiraciones por cerca el 15% de los sufragios: una pesadilla para el republicanismo del que supieron apropiarse desde la disputa semántica, pero del cual quedan verdaderamente lejos cuando se vulnera el estado de derecho y cuando el poder judicial está en manos de un “totalitarismo corporativo plutocrático”[2].

Ahora vendrán los desahuciados a preguntar qué no habrán hecho, vendrán los neo votantes desgarrados, de aquellos que votan a Cristina o a su lista en CABA y que se quejan ante propios y extraños de la lista que militan, incurriendo en la farsa de repetir falazmente la tragedia del voto purista (aunque sea un voto positivo, en definitiva, a pesar de su incidencia a la baja en la sugestión de los receptores de opinión); de los periodistas que estando enojados el domingo a la noche, en lugar de recurrir a un celular para cotejar e informar el conteo que hasta ese momento venía dándose -y del que se podía suponer si se desagregaba por sección, que la cosa estaba peleada, pero que sin duda estaba lejos del 37,7–30 y pico que daban las primeras mesas computadas- se quejaban de las predicciones de las consultoras como si ellos mismos se hubiese creído a rajatabla los albures de los nuevos oráculos -cosa que por la furia con que desplegaban sus improperios contras las encuestadoras parecía haber sucedido- y, avergonzados, debían confesar que se habían “comido la curva”; de los analistas del diario del lunes que “ya te lo dijeron” y los sagaces comunicadores que siguen afirmando con soltura, gracia y convicción, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que fue un gran triunfo de Cambiemos.

El tema de las encuestas merece una nota aparte, pero no sería descabellado creer que las premoniciones triunfalistas no solo no logran acrecentar por simpatía el caudal de votos, sino que por el contrario, consolidan un ideario en la opinión general del grueso de los televidentes y consumidores de encuestas que bien puede repercutir en un sentido contraproducente; es decir, que cuanto mejor dicen que van las encuestas -a no ser que el número preanunciado supere la vara de ruptura del empate hegemónico-, esos guarismos generan una suerte de cariño por el más débil y  una regia voluntad de distribución del poder de manera equilibrada y ultra republicana que tiende a querer evitar cualquier tipo de concentración hegemónica, incluso (y sobre todo) si en ella se expresa la amplia voluntad popular.

Por otro lado, otro de los efectos colaterales de la encuesta optimista y propia -una metodología que hace circular hacia afuera Durán Barba, pero que se encarga de obliterar al interior del grupúsculo que concita el poder político actual- es el aletargamiento de los simpatizantes (no de los militantes; aunque sí de algunos) y el ingreso a una suerte de aburguesamiento democrático a la norteamericana, en la que sumada a su habitual indecisión y tibieza, se suma lo innecesario de su participación, con  lo cual un esporádico día brillante y templado en medio del mes del sol malo, es una buena excusa para abandonar todo y en lugar de fiscalizar, o militar la previa, supone que no es del todo necesaria su participación y opta, incluso con cierta suficiencia, por un paseo por la Reserva Ecológica en lugar de un compromiso que huelga en la discusión. Es hora de entender que independientemente de lo que proclamen las encuestas, el 0,00001 de aporte, es un montón si se lo multiplica por los cientos de miles de porcentajes similares que: o bien no fueron a votar (a pesar de haber sido una votación con gran participación, arriba del 73%) o no se han dedicado a promulgar su visión de la realidad por pereza, por suficiencia ante el oponente engañado.

No tengo recetas para octubre, pero no creo, en principio, que haya sido una mala campaña; por el contrario, me parece que se debería redoblar el esfuerzo en el camino emprendido y que el kirchnerismo recuperó una empatía con el pueblo no militante que redundó en un resultado que los oficialistas quieren deslucir a fuerza de compararlo con el 54% de 2011 [3] o las proyecciones optimistas de quienes lejos de subestimar la capacidad del pueblo, sobreestima las capacidades propias y sobra de coté a las ajenas.

Sin duda, si el espíritu de la mística de la lucha cuerpo a cuerpo -y nunca mejor usado el término “espíritu”-, del voto a voto, de la caminata de nuestras calles, del barrio y de todo el territorio nacional se corporiza en cada simpatizante, se apropia de la voluntad de transformación y de la genuina necesidad de cambio estructural de cada ciudadano/a -y es más una apelación a la valoración primigenia del término en tanto citoyen, sansculotte o revolucionario que a un slogan de campaña-, lo más probable, sobre todo si tenemos en consideración la polarización de la elección que se viene, es que el 22/10 la ventaja en favor de un programa de gobierno emancipador se amplifique, y que lejos de alcanzar la mejor proyección del sueño kirchnerista, se roce los límites de supervivencia del macrismo.

Adrian Dubinsky

Historiador y ensayista

 

1 – Carrió obtuvo para diputados nacionales un 49,55% de los votos, contra el 20,73 de Unidad Ciudadana, y en la comuna 3, 45,47% contra el 23,46. Para legisladores, Cambiemos obtuvo en la Comuna un 44,88 contra un 23,02. Consultado el 15 de agosto a las 00:31.
2 – Definición vertida por Eugenio Raúl Zaffaroni.
3 – Cuando se plantea que el votante rechaza una determinada candidatura comparándola con la sumatoria de las totalidades integradas parcialmente en el Frente Electoral en 2011, debería observarse el total de los votos sumados de esas expresiones que hoy han competido en soledad. Independientemente de la superioridad que tenga en una posible interna de sumatoria matemática -nunca exacta- Cristina, lo cierto es que hace falta más que una interna para reeditar aquella correlación de fuerzas. En la actual elección de la Pcia. de Bs. As., si sumásemos a Cristina (34,11%), más Massa (15,5), más Randazzo (5,9), el resultado daría un 55,6 % de los votos. El secreto que nadie puede develar es el cómo lograr ese Frente en el que todos estén conformes. La salida, evidentemente, es política. Consultado el 15 de agosto a las 00:31.

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