Las charlas con amigas/os se suceden, y en ellas voy encontrando una palabra incómoda, un gesto que no termino de poder asimilar. Lo entiendo como una continuación de aquella derrota que arrastramos, de los análisis que seguimos mascullando. Me dicen: “Cambiemos comunica muy bien”.

Y en tren de sentirme cada día más ultra, noto cómo me desespera escucharlo. Casi que no puedo no tomarlo como un gesto de buena voluntad hacia el enemigo, más que como un análisis del macrismo, algo que en estos días se puso como tema en el tapete con textos que van y vienen con dardos cruzados de por medio.

Tenemos la necesidad de comprender qué tipo de derecha es esta que nos gobierna, y para eso debemos despojarnos de los prejuicios que simplificaron nuestra lectura del fenómeno,  hasta que un día los vimos bailando en el balcón de la Rosada. Esa imagen aún nos perturba, y se vuelve inquietante pensar que en 2019 puedan volver a hacerlo, ahora con Margaret Vidal tirando pasos junto a Ritondo.

Pero el problema que percibo es que ahora, tras la derrota y ante esta nueva elección, comienza a darse una sobreestimación de Cambiemos, que nos lleva al error de creer que nosotros deberíamos comenzar a transitar un camino parecido. La voluntad de “comunicar de un modo más ameno” para aquellos sectores que no nos quieren o no nos quisieron, o aquellos que nos querían y se fueron hacia la centroderecha massista o randazzista.

Los resultados de estas PASO no permiten evaluar de un modo demasiado entusiasta el cambio que realizamos en la comunicación, ya que en términos generales no pudimos más que mantener esa porción importante de votos que nos acompañan hace años. Y no pudimos sumar a esos desprendimientos que a partir de 2013 fuimos sufriendo.

Pero más preocupante aún es creer que este avance de la derecha en nuestro país se sostiene desde una buena comunicación, y no desde la política. Eso nos lleva a no realizar política nosotros, porque creemos que “la gente no nos entendió”, y a sobredimensionar la comunicación de acciones de campaña en redes sociales. Es cierto que aquel cambio de discurso de Macri en 2015 le permitió escapar del lugar establecido de derecha que arrastraba, para metamorfosear en un “centroderecha” cuasi-democrática que algunos comienzan a creer con ganas.

Con el Estado, los medios hegemónicos, los especuladores financieros, algunos sindicatos, parte del peronismo y el gran capital de su lado, sería difícil decir que les cueste comunicar. Y creer que esas fotos selfiadas de Carrió, Vidal o Juliana son buenas formas a imitar, es preocupante. Y más aún creer potable una visita de Cristina a lo de Susana, por ejemplo, como modo de interpelar a los que no se encuentran en ese “círculo rojo politizado” que ahora parece nos gusta creer es verdadero.

Si acordamos en que este modelo de ajuste y represión no cierra por ningún lado, y que más temprano que tarde querrán hacer volar por los aires al sistema para maximizar sus ganancias y dejarnos las deudas, todo ese papel picado que nos ofertan dará muestras de su ineficiencia.

En tanto, corremos el riesgo de la despolitización propia, con una campaña que no interpeló a la militancia, y que se convirtió en una máscara poco confiable ante quienes vieron tan sólo un cambio de nombre. Queriendo recuperar lo mejor de lo realizado ante el balotaje, le quitó lo que hizo potente aquella campaña popular: la épica. “Patria o Macri” permitió comprender profundamente el problema que enfrentábamos.

Ahora, de cara a Octubre, tenemos nuevamente el desafío de presentarnos a la sociedad como la única alternativa a esta facción que de modo democrático llegó al poder, con un horizonte de entreguismo e injusticia, al que debemos ya ponerle un freno. Sin medias tintas, sin volvernos apocalípticos, sin dejar que nos construyan como una amenaza a la institucionalidad, pero sin descuidar el trabajo político y territorial del que nos fuimos desfasando.

Son dos modelos de país distintos lo que se enfrentan, y el lenguaje político y la voluntad de poder que nos acompaña como modo de la política desde el Siglo XX, es una tradición que no podemos desdeñar ante los anuncios de nueva era que nos rugen los millennials. Los modos de interpelar deben evitar la fluidez y liviandad que nos amenazan, ya que los medios materiales siguen siendo los que conforman nuestra espiritualidad. Y aunque sean las pantallas las que parecen hoy dominarnos, es esta densa realidad la que terminará imponiéndose.

La tarea es ardua: tenemos al hijo de Franco de Presidente, con opción de continuidad en 2019 presentando a una Gobernadora como candidata, con chances de romper el maleficio que les cupo a los hombres de la Provincia de Buenos Aires que quisieron llegar a la Casa Rosada. La seriedad del presente nos obliga a clarificar nuestro arsenal, a redoblar nuestra militancia, a no desfallecer. Aunque hoy sea turbio el porvenir, sabemos que el que abandona no tiene premio.

Juan Ciucci

APU/UNPAZ