No hay política sin toma de posición. No hay sujeto sin posición tomada. No hay sujeto (político) que no tome una posición en el espacio. Incluso, sobre todo, sin toma de decisión al respecto. La historia política (la historia) de los últimos doscientos años se juega en el determinismo disyuntivo entre el espacio físico y el simbólico: la posición en un espacio material (productivo) conducirá al arribo a cierto estado de espacio inmaterial (ideológico) O lo contrario: es el arribo a cierta conciencia la que posibilitará un cambio de las cosas palpables. Lo que sea (la doble articulación, indeterminada e intempestiva, es nuestra opción) siempre se tratará de una toma, de un posicionarse, de un sujeto, de un territorio.

La política se hace con cuerpos: disponibles, insurrectos, indolentes, excluidos. La política es el reparto (in/sensible) de los cuerpos. Hacer política es tomar una posición (material/simbólica) sobre el cuerpo propio en relación al de los otros. No hacer política (en eso no me meto) es dejar que otros hagan el reparto (lo que toca en suerte) Demás decir: decida lo que decida, todo cuerpo tiene una posición en el espacio; todo cuerpo tiene una posición tomada. Incluso el que abjura de tomarla, en posición prístina, auto justificante: el que no toma, es tomado.

La tomas (de tierras, escuelas, ministerios) expresan el momento apoteótico, consagratorio, fundante de la política. Momento de explicitación y exclamación compartida de lo intrínseco/íntimo de la subjetividad y objetividad política. Las tomas son llevadas a cabo por una comunidad de cuerpos avasallados. El poderoso no llama “toma” a su expropiación, porque habla y se mueve desde la ley que protege y (lo) funda. Por eso la toma siempre tienen la razón de su lado. La razón política. Las tomas son la verdad de la política. La verdad de la política en tanto desacuerdo, antagonismo, diferencia. Su fundamento y motor. En su hacer del espacio el terreno palmario de combate. En su hacer del cuerpo el insumo insustituible de combate. En su hacer de la acción el espíritu insurrecto y envalentonador de combate. Y porque es el combate (de posiciones) el ethos de la política.

No hay toma injusta. Por el contrario. Es la toma la que construye un habla, un territorio, una normativa. Porque tomo, obligo. Porque mi cuerpo se planta, se aposenta, insto. Y porque la memoria de los justos insiste y acoge, el mandato y la argucia será medir las distancias, rehabitar la posición tomada con la justeza que tal herencia manda y lega.

 

Sebastian Russo

Sociologo y docente (UBA/UNPAZ)

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