“En el criollo pardo de toda nuestra América, descontada Buenos Aires, abunda ese tipo de tío fresco que parlotea para no decir casi nada, con una afluencia de caño roto.” Mientras la oligarquía explota también las paredes con su “Viva el cáncer”, Losada corrige, edita e imprime Despeñaderos del habla; el libro sale a la venta en diciembre. Escrito por un autor, un señor, un escritor, un miembro de la Academia Argentina de Letras. Gonzalo Losada edita y Arturo Capdevila da clase: su nombre de familia da clase, su linaje cordobés da clase; no precisa presentarse ni predicar sobre sí: cada observación, cada humorada sobre la voz del otro, muestra bien qué es tener clase, qué bien es tener clase, qué es tener clase bien. Otra vez la hora requiere arrojar luz sobre el hablar ajeno, nombrar errores, señalar distancias. Pero estos que hoy yerran no son los otros babélicos de los que escribía Capdevila en los años ’20: ya hace rato que los napolitanos dejaron de ser el problema. Aunque vestigios quedan, ahora la parla excesiva de S faltante no apunta al puerto sino a otros accesos, a lejanías de una proximidad espasmódica, cordones industriales donde se asientan las familias de los operarios, con-urbanos que reciben los movimientos del creciente trabajo fabril. “Para toda América de habla española existe, en el vago límite de sus ciudades y campo circundante –ejidos hasta ayer mismo indígenas, el caso especialísimo de su morador, apicarado por naturaleza y mal habido con uno y otro medio”. Vago el límite: en el límite con-urbano habitan los vagos que buscan esquivar obligaciones y subordinaciones, más parecidos, en sus fluidos y afluencias territoriales, a aquellos que, sucias las manos y el cuerpo con carne animal, arremetían contra el bien hablar en las orillas de El Matadero: “Ahí se mete el sebo en las tetas”. Síntomas de un Cronos freudiano que, a su pesar, introdujo el tono popular del siglo XXI en la escritura ilustrada del XIX. Es el mismo vago piola del que escribe Capdevila el año en que la clase, regodéandose en las perversidades de Tánatos, explota las paredes con su “Viva el cáncer”; el mismo piola vago sobre el que escribe Capdevila mientras el Ministerio de Asuntos Técnicos prepara los borradores del Segundo Plan Quinquenal: el peón de matadero, el pibe de la gorrita, el polaquito que junta cartón, el trapito que para en Medrano y Bartolomé Mitre; el piola vago que “practica un habla escurridiza, del menor compromiso posible; de ese modo se va zafando de deberes y medra”.

Para los Capdevila no solamente en la calle está el piola vago. Con el desborde yrigoyenista, despilfarro de intervención pública y empleo estatal, habían tenido que salir a poner cada cosa en su lugar; apenas quince años después el desmadre adquirió lugares-formas inesperados, con tonalidades exasperantes y obscena exposición de brazos terracota que solo lucen bien al enmudecer en la lozanía de verso bucólico sobre espigas y pucaraes. Primero en la Plaza de Mayo, luego del Braden o Perón el viento que arrasa también llevó los despeñaderos al parlamento. En el senado los compromisos con las familias tradicionales de cada provincia siempre resultan rendidores, y esta no ha sido la excepción, pues también ahora recubren la palabra con su fortuna relativamente a salvo; pero diputados, diputados es tierra débil y fragmentada, arena de politiquería, diputados es zona fértil para advenedizos enlistados en las filas del derrape verbal, ya lo habían insinuado aquellos años de populismo radical en los cuales Capdevila gestó su Babel y el castellano. Los años de gobierno de los Capdevila no lograron, no obstante el esfuerzo, evitar el ingreso de gesticulaciones ajenas al quehacer parlamentar, cánticos sin título ni licenciatura, interrupciones carentes de elegancia proferidas desde las bancas so pretexto de una legalidad eleccionaria. Y es así que hay un grupo, un grupúsculo, compuesto por sujetos que se llaman a sí mismos diputados y hombres, hasta se hacen llamar señor o don, sujetos tales que confunden en este presente subvertido y abigarrado recinto deliberativo con asamblea de taller mecánico o estación terminal donde se reúnen a matear choferes de ómnibus. Trapos con inscripciones y banderas cuelgan de los balcones dentro del recinto, oleadas de griterío a tolerar; afuera, agrupamientos y agrupaciones; y esos bombos, también adentro. Un recinto parlamentario minado por la grasa militante: sujetos de S faltante reciben en sus despachos, reciben morochitas que a falta de sebo se meten los bizcochos en las tetas.

(En aquel tiempo las voces que defendían la lengua española de los desbordes de la palabra política, de los despeñaderos del habla popular eran los apóstoles que propagaban a desprecio y espada la vuelta al orden pre-peronista, y no es difícil imaginarse qué orden saldría de sus cabezas y declaraciones. Llamaban ellos cabecita y pata sucia, conforme la jerga que descuartiza el cuerpo adversario, a todo el que no se ajustara a las formas urbanas o a la explotación del trabajo rural, a todo hombre decente, de corazón bien dispuesto, a toda patriota ilustrada en los procesos políticos que transformaron el imaginario de país criollo y descendiente de los barcos, a toda mujer indígena que osara promover la organización en las poblaciones norteñas siempre-ya-marginadas; y por las expresiones anteriores –“morochitas que a falta de sebo se meten los bizcochos en las tetas”– y por las pintadas de julio de 1952 y por el ensañamiento con Milagro Sala, puede verse a las claras que el foco del odio clasista no era precisamente Perón.)

En venganza por la muerte de la yegua, clausuraron la Academia Argentina de Letras. Lo anoto así, lo anoto claro y preciso, dejo aquí constancia del dato y el porqué: seguramente los muy ignorantes, los muy aberrantes, quieren proclamar, ellos mismos, mediante amenaza a la insigne casa que hoy cesa en sus funciones, La razón de mi vida como premio Nobel de Literatura; los muy ignorantes, los muy aberrantes, quieren que solicitemos la inclusión de esa palabreja “justicialismo” en el Diccionario de la Real Academia Española. Vergüenza, vergüenza más honda que dejarse humillar en deporte europeo por unos indios del altiplano. Lo inscribo, dejo constancia de estos datos cuya constancia consta en mí, para que luego, cuando llegue el día de derrocar finalmente al tirano, podamos escribir nuestras páginas de esta segunda tiranía. Aluden a una norma legal de 1950, una ley de dos años atrás sobre academias culturales, dicen que tienen ley e institución, mas sabemos, usted y yo, que vienen a destruir la lengua y las instituciones, la cultura que se precie de tal. Declaran ahora crear una academia nacional; declaran querer y saber hacer un nuevo diccionario, un diccionario nacional. Como saber, nada saben, qué pueden saber sobre normas y etimologías, sobre expresiones y giros, sobre tradiciones cervantinas y literatura universal, nada saben, ni de gauchesca, nada conocen, nada resguardan; pero eso no es novedad. Cuanto más ignorantes más creen saber. Emiten ese parloteo insustancial, aullidos animalescos hasta en el recinto parlamentario, y el colmo ahora es recibir de ellos cátedra sobre la lengua. Desfachatez tan aberrante como bombos en la Biblioteca Nacional, imagínese una exposición sobre folletos de Apold y de la Subsecretaría de Informaciones en las paredes de la Biblioteca, Borges y bombos entreverados con voces de aquí, de allá, de acullá. Nota mental: destruir los rastros, porque de los rastros textos nacen, destruir los textos, porque de los textos rastros quedan; porque si no actuamos con ahínco vendrán luego y querrán hablar nuevamente esta jeringonza, discurrir sobre un tal mentado idioma nacional o, imbecilidad creciente, hablarán de soberanía idiomática o, imbecilidad creciente, crearán un Museo para darle rienda suelta a los despeñaderos del habla, y que acudan a Museo y Biblioteca quienes siquiera ostentarán jamás un correcto pronunciar de la palabra libertad. Nota mental: disolver, quemar, proscribir los nombres y los hombres, desguazar los archivos, segmentar, reclasificar; disolver, quemar, proscribir los nombres y los hombres, desguazar los archivos, segmentar, reclasificar; disolver, quemar, proscribir los nombres y los hombres, desguazar los archivos, segmentar, reclasificar; tantas veces como sea necesario. Por fortuna, siempre llega la hora, alguien vendrá que volverá a dar cadencia y separación; por fortuna, la Academia Argentina de Letras está ya en funciones, desde noviembre de 1955 ha podido recuperar cumbre y dignidad del idioma, y ya se apresta a servir sus elevados fines: cumple y recibe a Alberto Manguel como nuevo miembro de esta insigne defensora del bien decir, otrora puesta en cuestión.

Adelanto: Cuaderno Relampago 1 – Sombras Terribles. Apología de la negrada

Imagen: “Viaje pintoresco al conurbano bonaerense”, Mariano Combi

Artista visual

Mara Glozman

Doctora en Letras y docente UBA/UNAHUR