“…a veces una lágrima cae sobre mi mano,

helada, desde nadie…”

¿La prueba es el silencio?. Olga Orozco.

La señora del primer asiento dice al chofer “que se dejen de joder con los cortes, que vayan a trabajar, ahora parece que nadie quiere ser albañil, que busquen trabajo y vayan a trabajar, a mí tampoco me alcanza y no salgo a cortar la calle por eso”. El chofer responde “claro, a mí tampoco me alcanza y no jodo a nadie, yo no me meto en política, pero por mí que se mueran todos”. Al pasar por la medalla milagrosa los dos se persignan, sin falta. Nadie dice “negros”. Saben que ya no se puede, en público. No es como antes. No queda bien. Pero el “negro” se les ve en la punta de la lengua, con ganas de salir. “Negros de mierda” casi se escucha mientras se lo tragan. Y cuanto menos lo dicen, más el odio crece y se acumula. A los pocos pasajeros presentes nos queda claro de lo que estamos hablando. Los que “ya no quieren ser albañiles”, los que no quieren trabajar, los que quieren joder, los que si se mueren, mejor, son ellos: los negros. Yo no hablo. No digo una palabra. En situaciones similares hablé, y sé que la cosa levanta temperatura y cada quien se va más convencido que antes de lo que piensa. O de lo que, en realidad, no piensa. Porque, a estas alturas hay que entender, de una vez, que no se trata de una cuestión de pensamiento, al menos no racional. Ni tampoco se resuelve en el ámbito de las palabras. ¿Cuál es la lógica de admitir que no les alcanza, que están peor y, sin embargo, configurar su enemigo no en el gobierno macrista sino en los negros? No es un problema de orden lógico, y no se puede responder con argumentos. Si se les arma “el negro” es por otros motivos, que desde ya son históricos, pero que atañen mucho más a la percepción y a la emoción que a la razón. Claro que percibir y emocionarse son formas de conocer y comprender, pero unas que se juegan en el cuerpo, efectivas e indiscutibles. Últimas. Por eso, de lo que el “negro” como representación condensa, no hay nada más para teorizar: Macri es presidente, y hay un corte, una señora y un chofer. Y hay un negro, no dicho, mucho más negro por no poder decirlo con todas las letras, y ese negro es el enemigo. Entonces yo, hija de una pequeño burguesía decadente; yo, devenida en progre, impotente, como todos los progres, hice un negro. Un negro para esta señora y este chofer. De qué se trató ese negro, no sé bien. Algo de una amenaza, tal como ellos lo consideraban, pero redoblada. Algo de la sombra, el negro como sombra o revés, como el “otro” de ellos mismos. Un negro omnipresente, sobrenatural, un espíritu negro que tomaba mi cuerpo. Un negro ancestral vengador presentándose agitado al escuchar los comentarios de desprecio. Un demonio negro que tuvieron la mala suerte de despertar. Algo de todo eso fue el negro que yo les hice para hacer justicia. Porque este ya no es el tiempo del diálogo. Este no es el tiempo de la reflexión. Nos liquidan. La política hoy se juega en acto. O no se juega en absoluto. Un acto por un acto. Un cuerpo por un cuerpo. Si matan un negro, hay que reponerlo. Y para restituir al negro oprimido, asesinado, hacen falta cuerpos, no palabras. O, en todo caso, cuerpos-palabra. No más el simulacro grandilocuente del compromiso social y la militancia intelectual, mientras no sabemos qué decir ni qué hacer con la fantasía del “negro”. No hay negros. Hay que hacerlos. Hay que posicionarse. A la política de pantalla hay que cruzarle la calle escenario. Hay que poder actuar. A él, lo miré cuarenta minutos a los ojos por el retrovisor, lo miré con odio, pero un odio impersonal, objetivo. No era yo quien lo miraba, era mi negro. Y no era a él a quien miraba, era a su facho. Dos fuerzas en pugna tan imposibles de enunciar explícitamente sin ser acusado de delirante, y a la vez, dos fuerzas tan claras, tan presentes. Desde el primer asiento, a los ojos, sin jamás bajar la intensidad, ni la insistencia, lo miré. No era sutil, era descarado, prepotente. Y él, un chofer tan bocón, tan guapo, tan capaz de matar a todos, así sin más, no me aguantó, bajó la mirada entre desconcertado y pudoroso. Cada tanto relojeaba, y ahí estaba mi negro infernal diciéndole cosas sin decirlas al oído. Le decía “así como vos no me llamaste negro cuando hablabas de mí, del mismo modo yo no uso palabras para decirte que sé quién sos y sé cómo es tu vida, y lo poco que significa tu vida ”, le decía esas cosas y otras más tremendas que no llegué a escuchar, todas pasaban por mis ojos y se le clavaban en la nuca mientras manejaba, y él volvía la atención a la autopista como para volver en sí, ¿estaba siendo increpado? ¿quién lo increpaba?, y no se animó a decir “¿qué mirás? ¿qué te pasa?” porque no sabía bien con quién estaba (no) hablando. Hasta el último segundo lo miré y cuando me bajé le dejé al negro arriba. En el primer asiento. Las piernas entreabiertas, la manos cruzadas, monumental, vigilándolo para siempre. A ella la seguí, una cuadra y media la seguí. Bajé detrás, muy pegada, y así muy pegada le caminé una cuadra y media en la espalda. Me adherí como un bicho, como una mugre, como una peste. Se daba vuelta cada tantos pasos, no decía nada, no podía decir nada, era yo, su compañera de transporte privado, de buenos modales, vestida y maquillada para ir a trabajar, probablemente una profesional ¿qué iba a decir? Si soy una de ellos. Pero mi negro le soplaba cosas entre los mechones rubios de salón “yo te escuché, yo te escuché hablar de mí, y estoy acá para que sepas que el día va a llegar, en que tu casa no sea tu casa, en que tus cosas no sean tus cosas. Ni tus hijos van a ser tuyos, ni ese cuerpo que arrastrás hastiada de comer y de comprar”. Y le dijo otras cosas que me aterrorizaron cuando me pasaron por el cuerpo, se las decía así, tranquilo, en silencio, como si se las tatuara. Y cuando se subió al taxi la despedí en la puerta, pisándole los talones hasta el final. Mi negro se fue con ella, como con el chofer, se les quedó pegado a los dos, para toda la vida. A mí no van a recordarme, lo que yo hice lo van a ignorar, me van a negar. Mañana cuando me vean subir, otra vez blanca (también de alma!) van a elegir olvidar lo que nos pasó ayer, lo que nos pasó ayer a los tres. Ayer, cuando yo les hice un negro, uno que es de ellos y seguramente mío también, ayer cuando les di un negro y después lloré, por todos, cuando yo les di un negro, y ellos no pudieron dormir. En cambio yo no voy a olvidarnos. Todavía no sé bien de qué sirve hacer un negro. Lo que sí sé es que todos los intentos de explicar fracasaron. Para nuestro enemigo, el enemigo de la revolución, el negro es el negro y punto. Entonces, que sea. Que el negro sea el negro y nos arrase, que se convierta en signo y prueba de que somos un despojo. Incluso los más despiertos, los más comprometidos son un despojo. Haciendo la mueca de la resistencia mientras sirven al poder sin darse cuenta. Prefiero la angustia de saberme un despojo, antes que la farsa de creerme un sujeto político. Hagamos negros. Si no sabemos más qué hacer. Filas de negros furiosos contra el capital. Hordas de negros que irrumpan en la casa de gobierno. Basta de hipocresía reaccionaria y progresista: yo no sé qué es un negro, pero voy a responder cuando llame.

Natalia Torrado

Docente UBA/UNA, Actriz

Imagen: “Chetos y negros”, Maximo Pagano (artista visual y profesor)

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