Imágenes de guerra. La guerra por otros medios. El periodismo y la publicidad como escenario sanguinario, de naturalidad obscena en donde se dirimen representaciones, idearios, nichos de mercado. ¿Sigue siendo la imagen un arma? ¿O la lucha es cruel y es mucha, y se desangra a través de un sostenido y multimedial trama sígnica? Aquí algunas impresiones acopiadas en torno al marketing de guerra macrista.

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Cancerberos

Las puertas del infierno están plagadas de sonrisas selfies. De sumisión celebrada. De abdicación aspiracional. Ella plantada en su gesta republicana de señora gorda bien. El… El con su inaudita imposibilidad de sonrisa creíble, filtrando incontenible una maldad caricaturesca, que supusimos lo auto excluiría de toda contienda política. Pero no. Su rostro tenso de impostura forzada, calvario de fotógrafo de campaña (mas natural Horacio) es el rostro mismo de lo que llaman pos verdad. No hay foto en la que no exprese su siniestra falta de sinceridad, sin embargo gana, lo seguirá haciendo. Y no puede analizarse una imagen por su verdad/mentira. Pero ellos llevan esta imposibilidad (de manual para cualquier teoría de la imagen) a un extraño lugar de certeza. No vemos mas que mentira en ese rostro. Indice, icono, símbolo de la farsa caga-gente. Y si bien toda imagen es una construcción, y mas aun la de campaña electoral, estas tienen en su carácter de artificio exacerbado, auto evidente, un estatuto de certeza, como casi ninguna otra (de campaña, pero no solo): la certeza del uso artificial de los rostros, de la publicidad. El PRO es un partido que se funda, crece, se despliega casi exclusivamente en una apuesta simbólica mas que material. Casi no tienen obras publicas de las cuales alardear. Solo encarnar tanto la imagen triunfalista que el capitalismo configura en toda subjetividad, la del exitoso empresario arrogado de si, como la de aquel que viene a limpiar de negros facinerosos la casa. Son los patrones. Tanto por jefes, capataces, como por ser el patrón, la medida (capitalista, o sea, la medida) de las cosas. Y como tales: mentira la verdad, in your fucking face.

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Sombras terribles

Ser pobre es no tener opción de consumo. Tenes las elecciones coartadas. No tener chance a la in-gratuidad. El neoliberalismo solo acepta eludir la meritocracia cuando entra en riesgo.

Todas las personas tienen derechos. Incluso estos dos: albañil y mucama, en el mejor de los casos. Pero hacer que la negrada no se embarace es un logro patriótico. Por ellos (que no saben) Por nosotros (que bien sabemos, bien vimos en la tele: de un chorrito y una prosti, ¿qué puede salir? punterismo en bandeja)

Pose tensa. Qué estará diciendo, qué estará pensando el fotógrafo. El productor. La pegamos con estos dos, eh! Mansita la peonada. Dale papi, larga la tela. Pará cabeza, que faltan un par de tomas más.

Ser persona es un atributo. Incluso los de dientes torcidos, gorrita, son (pueden ser) personas. Yo tengo (de hecho) un amigo negro. Un negro (por ello) apersonado, con derechos. La caridad comienza por casa (bien), y deviene Ministerio de la Alegría.

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Multitudes argentinas

I

Turba no acuciante, como las de El matadero, ni angustiosas como las de Pan y Trabajo, los vecinos cambistas son una grupalidad contenta, indolora, inodora, inofensiva. Sin nombre. Sin referente. Aunados en un nosotros (los que vamos juntos) festivo, plural, a-conflictivo. Las multitudes que inventa el marketing macrista forman un equipo anómalo, que prefiere empatar para que nadie pierda su sonrisa. Tibios consecuentes no necesitan ya que un líder los agrupe, ni que aparezca en la foto. Libres de toda libertad, juegan a la autonomía. Sin candidato a la vista, sin siquiera su nombre, ni siquiera el nombre del partido político, ni el numero de lista parece necesario. Son lo contrario a la multitud que temía la primera sociología médico literaria (Ramos Mejía, Ingenieros) y a la masa disponible aluvional no menos temible de la primera sociología académico institucional (Germani) Lo estrictamente otro a las muchedumbres revoltosas del cordobazo (1969), a las del argentinazo (2001), a las que pueblan las plazas y las calles ante el 2×1 o ante la desaparición de Santiago Maldonado. El neoliberalismo cínico-festivo ha hecho de la exposición (siempre) política de los cuerpos una mera mueca sígnica.

II

Racing Club. Algarabía. Color. Fervor. Amabilidades y solidaridades de cancha. Choris. Birra. Cumbia. Rock. Regetón. Carnavalito. La negrada peronista se junta con los progre anegrados, se mezclan, se enchastran, devienen populacho auto reivindicado. El macrismo tiene una multitud bravucona e individualista. De militancia cotidiana y natural. Enuncian con absoluta libertad, sin miedo a represalia alguna, un cúmulo sin fin de frases mediáticas. El macrismo milita. Pero no puede juntar gente mas que para postear, trollear, timbrear. Y claro, votar. El voto mayoritario parece definirse hoy en la intimidad virtual. Los cuerpos reunidos vibrantes, emotivos, en una cancha, fortalecen el voto propio. No engendra otros. Estar allí es encarnar un ideario. No estar configura una distancia, un re-sentir. Por no estar, por agradecer al cielo prístino no pertenecer a esa turba abroquelada.

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Salmo cambista

Santa Juliana. Bienaventurada alma caritativa. Patrona con los pobres. De estilo country chic, de ascetismo bienudo. Con colores pálidos y gesto austero. Así los recibís a ellos, villeritos de la Cava, pero también a Máxima. Que se cree, a mí con ascetismo protestante no me corren. La selfie te agarra desprevenida, al cuidado de Antonia, vestida distinta a ellos, los villeritos, y que mira atenta: ¿por qué ese nene negro come tan desesperado mami? No te preocupes Anto, en un rato, cuando viene papi, se van. Ellos, los villeritos, que son “nuestro futuro”, como decís, en tu Instagram. Y sí, la villa es el futuro, crecerá, crecerá, se multiplicará, como los panes que solo se le multiplican a quien trabaja, trabaja, trabaja, y se lo merece, merece, merece.

Santa Juliana, reina de los niños, madre de todos, de todas. En la fiesta de la beneficencia. A los negros les gusta la joda. Alegría, globos amarillos y torta de chocolate. Otras rubias, otras chetas atrás, juegan, se ocupan de los negritos. Que se porten bien, carajo, para qué los traje. Editalo. El centro de la escena te queda de maravillas, todo se dirige a vos, todo se expande desde vos. Radialidad perfecta. Centrifugás amor. Recibís mala onda. No importa. Peor para ellos. Un haz de luz, blanda, sutil, te acompaña, te distingue. Es tu halo, y que te envidien. Te lo ganaste en buena ley. A los negritos les gusta tu halo, juegan a sacártelo, a pegarle al de la pantalla, reciben una patada. Editalo. A estos pibes ni bicicleta, ni muñeca, nada, que trabajen, no soy Evita, la puntera, con un cacho de torta alcanza y sobra.

Santa Juliana, ruega por nosotros, los sin photoshop, los sin pre/post producción, los sin asesores de comunicación, los sin gendarmería. ¿Será Antonia nuestra líder libertaria? Quien sabe. Los pibes son lo contrario de sus padres.

 

Colofón o la guerra

Aparece un cuerpo. Y aparecen imágenes. Rostro sin señales identitarias. Aplanado quien sabe por qué. Pero en su lisa superficie, vemos el alisamiento festivo de la imagen/ética cambista. Sin matices, secretos, solapamientos. Elogio perverso a la transparencia. Aparece el cuerpo que tenía que aparecer. Intervenido, vejado, vuelto mero “cuerpo”. Aparecen las imagenes que no, que nunca debieron circular. Que debieron resguardarse para resguardarnos, para resguardar la dignidad de la militancia politica. Ellas fluyen rápido. Ávidas estan las fauces deglutidoras, banalizadoras de(l) todo. El cuerpo no. 80 días. 80 noches. Ciento de miles de cuerpos en las calles. Estigmatizados. Reprimidos. Encarcelados. Las imagenes, sin territorio, sin patron, se esparcen con fluidez. Los cuerpos, sin territorio por patrones desterritorializados, son obstaculos/ complicaciones para la ceocracia gobernante. Y eso que eran United los colors.

Sebastian Russo

Sociólogo, docente UBA/UNPAZ

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