No sabemos qué es lo que separa

exactamente el bien del mal,

la prisión de la libertad.

HG

Los bordes

La cárcel está al lado del basural. No de cualquiera, sino del mítico, el de José León Suárez. El olor a basura la invade, la constituye. La entrada al penal de hecho puede confundirse con la entrada al CEAMSE. Indistinción sintomática, la cárcel, el basural (la reja, la realidad) donde el límite explícito de una ciudadanía, entre el “bien” y el “mal”, con las leyes como relato justificador, ambiguo, tenue se expresa artificio, constructo, argucia.

Pero las resistencias del tiempo, los tiempos que (nos) corren, vitalizan los restos, los deshechos. Los fantasmas de los allí masacrados, de los militantes que fusilados siguieron viviendo, están aquí presentes, reunidos, en un aula del Centro Universitario de la Universidad Nacional de San Martín (CUSAM) en el penal de Suárez.

Mientras por las ventanas enrejadas se ven pasar agentes penitenciarios que van de una torreta de vigilancia a otra, sentado en el aula, observando un abstracto punto fijo en el techo, un Horacio González expectante, espera, mientras se van acomodando los alumnos/docentes/visitantes (aunque quien puede ser del todo “local” en un presidio; dónde acaso) Concentrado, escuchando los halagos que le propina el presentador aguarda comenzar su charla sobre el Martín Fierro, en el marco del programa Lectura Mundi de la UNSAM y las carreras de Sociología y Trabajo Social del CUSAM.

Lo primero que dice es que Martín Fierro es un sueño colectivo, el de un territorio utópico, en el que (utopía viva) aquí estamos, en la localidad de San Martín, de donde era el mismo José Hernández (se y nos informa). Territorio síntoma donde se expresan los márgenes imprecisos de la ciudad de Buenos Aires, cuando no existían ni la General Paz, que demarca (y constituye) de modo tajante lo que es imposible -injusto, indebido- distinguir; ni la Capital Federal como tal.

El CUSAM está de hecho en el borde del penal, en su arrabal. Y éste en el arrabal (fáctico, simbólico) de la ciudad, de lo ciudadano/civilizado. Estamos pues en el arrabal del arrabal. En el fango donde todo termina, donde todo comienza: el ciclo del consumo termina y recomienza en el basural, una sociedad tiene su fin en el encierro de personas. Como culminación, aunque también como objetivo, por tanto comienzo auto justificatorio.

Y González discurrirá y enfatizará desde el Martín Fierro en cómo se construye una voz en la frontera (aquellas, estas), en cómo hablaban los gauchos y cómo se habla hoy aquí, en este/el borde. Pero también (que es lo mismo) en cómo se fabrica un personaje, una persona, una (la) historia. En cómo se configura y muta un nombre, una identidad.

Las lenguas

La diatriba intelectual por la lengua deviene aquí y de modo constitutivo una cuestión eminentemente política. Problema, cuestiones en y del Martín Fierro. Pero por tanto en y de Borges. Y así de la literatura argentina. Es decir, de lo que entendemos por Patria. La gauchesca es de hecho, dirá, recuperando la famosa tesis de Josefina Ludmer, un genero propio de la Argentina. Lengua gaucha, lengua guacha, auto engendrada. Una voz de voces propias. Tanto por su ficción, su construcción (sea una voz de la élite letrada, dirá Borges; sea voz del arrabal, escuchada en las pulperías, dirá Hernández), como por su mezcla, fango.

Es un libro, dice, sobre la posibilidad de inventar un idioma, una patria, una identidad,una voz (cómo hacer hablar al otro pues, sino, co-inventando una lengua) Un libro sobre la imaginación como una suerte de prisión, como el mismo CEAMSE (“un nombre cientificista, pulcro, para denominar lo despreciado, lo desechable”), como ésta prisión, como un ciudad, incluso como las propias vidas que de algún modo y en alguna circunstancia devienen prisiones. Como la de los medios de comunicación, que constituyen verdaderas prisiones contemporáneas: las del lenguaje. La de un lenguaje que es el propio CEAMSE de la lengua. Pero más allá de las cercanías entre el basural y la prisión, será la distinción, la diferencia lo que hará aparecer la politicidad de una identidad, de una institución. Y como signo de vida digna. Diferencia que los medios degradan, diluyen, por igualación de las formas de lenguaje, “rompiendo tabiques”, transparentizando, construyendo un castellano (como mínimo) berreta.

Una sociedad por el contrario, dirá, es la mutación de su idioma. Su capacidad de re-inventarlo. Es la (in)justicia que anida en sus interpretaciones. “¿Cómo le decimos al que mata a alguien en una pendencia? ¿Es un asesino?” Nuevamente Borges en/por Hernández: el coraje, la valentía, la frontera.

Y que es el puñal el que (también) piensa y dirige la acción. Cómo lidiar, se pregunta, con estas aseveraciones sutiles, tremendas. Aquí, ahora. Algo de eso, diremos, intentaron Marcos Perearnau y Luciana Strauss (integrantes del CUSAM) en el proyecto “Las armas”, donde las armas son las que hablan, piensan, en con-vivencia con sus “dueños”. Libro que ofrendado a Horacio González manipuló durante toda la presentación.

Cuestión de las lenguas, en suma. Del castellano contaminado de y forjado en el mapuche, el quechua, el guaraní, el italiano, las lenguas villeras. Donde la prisión de Milagro Sala es también una prisión de lo multilingual, es decir de la Argentina de más de 100 lenguas, le dirá González a un jujeño que interviene y pregunta por tal mixtura.

Y será mantener la dignidad idiomática el rol de la Universidad: en su fango popular más no en su dilución e instrumentación mediático marketinera. Aquí (y) en la ciudad.

Un nombre

El nombre, su cambio, su indagación (“me anda buscando ese nombre”) es otra de las “cuestiones” que hacen del Martín Fierro un relato de búsqueda de raíces, de una identidad ambigua, enchastrada. Siendo la elección del nombre un acto tan libertario como prisionero. Entre el nombre obtenido y el nombre elegido. Con gauchos devenidos soldados, y soldados que se quedaron en las tolderías. Con el pasaje del Sargento Cruz a las filas de los insurgentes (“¿Podemos llamarlo traidor?”) Fierro de hecho evidencia el carácter de arma de un nombre. Fierro o faca.

Y como no ver en el cambio de nombre del Martín Fierro, dice González, en el cambio de nombre de César González a Camilo Blajakis (y su retorno actual al primero); en Perón, que firmaba como Zavaleta en la correspondencia con Cooke, o en su retorno a la argentina que fue para reponer su nombre ante el uso de distintos grupos que hacían de él (“tal arbitrio es la complejidad del peronismo”)

Cambio de nombre, cambio de identidad, perspectiva, que es también del que pasa por el CUSAM.

Diego Tejerina, sociólogo recibido en la cárcel, luego de la clase, nos habla del cambio de identidad, del sentido, de la cárcel, del estar en el mundo, a través del estudio. O de Martín Bustamante, poeta, cuentista, que fue construyendo su voz de y en la cárcel. Ambos estudiantes del CUSAM, ámbito que tiene la singularidad del encuentro de varones y mujeres privados de su libertad, con agentes del servicio penitenciario. Cruces, entrecruces, (re)fundantes.

Lo que resta

El penal de José León Suárez es al aire libre, donde los intercambios entre presos y guardia cárceles, entre presos y docentes, entre ellos, es fluido, informal, negociado. El CUSAM comparte espacio de recreación con una cancha de rugby auspiciada por el banco Macro y una huerta. En el espacio universitario hay una panadería, un taller de encuadernación, de cerámica, una radio y un centro de estudiantes. En este, llamado Azucena Villaflor, conviven una constelación de nombres de luchadores sociales (desde Evita y Ortega Peña a Darío Santillán y Pocho Leprati) a mártires de violencia político-policial (Walter Bulacio, Luciano Arruga)

Delante, entreverado en medio de estos nombres, Horacio González disertó sobre la voz, la identidad y/en el borde. Habló de los detritos, de la lengua (gauchos, indios, unitarios, federales, peronistas), de la sociedad (basural, penal) sin concesiones, sin condescendencia, con el mismo nivel de análisis y retórica de siempre. En algún momento interrumpe la clase pidiendo que no lo desconcentren. Lejos de resultar un pedido intolerante es parte de un compromiso por una alocución seria, sentida. La cordialidad y el respeto que le propinan luego, compartiendo un choripan que otros estudiantes hacían durante la charla, así lo expresan. Momento de conversas políticas pre eleccionarias. De igual a igual. Pero no todo se iguala. Y no solo porque ellos seguirán dentro mientras varios nos iremos a nuestros casas. Había terminado la charla diciendo que a Martín Fierro le cuesta mucho matar. Pero que a la gendarmería hoy pareciera que no le cuesta nada. Como no le costó nada en el basural matar a los militantes peronistas. Pero nunca es fácil matar, no es nada fácil construir/destruir una voz.

Sebastian Russo

Sociologo y docente (UBA/UNPAZ)

Foto: SR