Nuestros cuerpos fueron compelidos a vivir una jornada refundacional. La de un nuevo engendramiento del nosotros. Reinvención y herencia en una escena que fuimos construyendo, en marchas, discusiones, producciones y agobios cotidianos. Compelidos y arrojados a dibujar un nuevo trazo, una nueva mueca, un nuevo gesto. Gesto que puede cambiarlo todo, ya que contiene fibras de las más preciadas de lo comunal. He aquí algunos esbozos, crítico-vivenciales, de un largo día, 18 de diciembre, preludio sintomático del recordatorio del emblema último de revuelta popular:

Al cierre de una jornada exhausta un inesperado regalo a la historia de las luchas populares otorgaron lxs porteñxs, lxs mismxs del 52% a Carrio. Luego de la masiva marcha y la violenta represión, grupalidades heterogéneas, sin banderías políticas, pareciendo no haber estado en la movilización, corridas y ahogamientos del mediodía se comenzaron a aglutinar en esquinas de la ciudad, desafiando el estado de intimidación y terror que el brazo armado de la ceo-cracia quiere implantar. El fantasma del 2001 volvía a aparecer con otro de sus momentos míticos. Si los gases lacrimógenos, el diciembre caldeado y la represión sistemática el jueves pasado nos lo había traído a la memoria de nuestros cuerpos, la reunión espontánea, clasemediera, festiva y acumulativa en caminata al Congreso hizo que el espectro reencarnara.

En jornadas donde la palabra en la calle, la protesta, reencauzó el silencio angustioso del oprobio macrista y sus imágenes y voces compradas, una suerte de refundación, o cuanto menos un desempolve vibrante y afirmativo de la palabra en alto, pidiendo un alto, haciéndose escuchar, tomó las calles. Con gente emocionada, alegre, entre los que se encontraban con seguridad muchos votantes macristas, incluso entre los que pasaban con sus autos y bocineaban en señal de apoyo. Algo que el macrismo, la ceocracia corporativa no puede leer. Y se podría creer que esa no lectura podría condenarlo. Pero una condena actúa sobre aquel que tiene algo para perder. Y a los CEOs, nada de lo que les importa (el dinero) les está en juego en esto. Llegado el caso, levantan sus petates e invierten en otra cosa, en otro lugar. No tienen arraigues y eso los hace invencibles, cínicos, despreciables sobre todo cuando enuncian “gente”. Pueden de hecho decir: “nos duele el dolor del que sufre”. Pero es pura retórica estratégica de managment político. El bienestar del otro, el pueblo, la patria, el veredicto de la historia los tienen sin cuidado. No está dentro de su universo de intereses, no esta dentro de su razón instrumental.

Daniel Santoro caracteriza al CEO por su voracidad impiadosa. El “dueño”, el “patrón”, dice, pueden tener algún momento de piedad. Incluso deben tenerlo para su propio sostenimiento y construcción de afectiva fidelidad para con sus mandados. El CEO no. Y su impiedad en el poder es desplegada y transmitida a sus acólitos y sistema de empleados. Los que deben responder de modo sumiso e inmediato, con la esperanza siempre trunca de ser reconocidos por más que una palmada: bien hecho, seguí así. Abyectos ceo-dependientes que ponen en palabras los que el CEO no hace, ni puede, ni quiere.

“Grupos violentos, terriblemente violentos, organizados”, no se cansó de repetir el empleaducho disfrazado de periodista en la madrugada de C5N entre discurso y discurso de diputadxs. Decía y repetía ante un grupito de imágenes que se repetían a su vez incansablemente. Unas pocas, de las miles que un día como ayer arrojó. Y que de a ratos matizaba, pero casi sin imágenes, con algunos “excesos” que la policía “tambien” (aclaraba) había cometido. Hablando de y sobre las imagenes seleccionadas, permitidas por los ceo (mediáticos, gubernamentales o pinches editores ceo-introyectados -que hacen lo que creen que a los CEO les va a gustar: con palmadita incluida) Generando un estado de doble repetición magnificada y saturante del sentido. Una saturación reverberada, desbordante: palabra sobre imagen, violencia dicha sobre violencia mostrada. Y en loop, una y otra vez. Repetición de repeticiones.

Habiendo estado 16 horas (desde las 12pm a las 4am) viendo y sintiendo secuencias emotivas, terribles, alegres, tristes, me voy a dormir con el rostro del gordo de rastas que tira un cohete. La capacidad de impregnación de las imágenes espectaculares es potente. Si a mí me pasa eso, luego de las intensísimas horas vividas en la calle, el imaginario implantado en el que solo desde su casa “vivió los hechos” es impenetrable.

Imágenes “a favor” y “en contra”, así las plantea, sin tomar explicita posición, el payasesco trajeado de C5N (y en él todxs los periodistas coptados, es decir casi todxs lxs periodistas de alto alcance) En contra del pueblo, al que refiere como a un coro pacífico que sufre la presencia de “grupos violentos”, a los que ni siquiera los vincula en la posibilidad de que hayan sido infiltrados: algo demasiado complejo para el binarismo espetado. A favor de las “fuerzas del orden”, sea policías, sean diputadxs, sean ceo-asimilados.

Imágenes que no retienen, ni registran lo que no pueden (ni quieren), las que escapan a la lógica del cálculo político-mediático. Como la de la emoción de la señora mayor que baja de su edificio ante el avance de la columna y aplaude con felicidad en su rostro. O la de la piba treintañera que llora contenida mientras a su lado se canta “si este no es el pueblo el pueblo dónde está” (cántico-estandarte que retorna cada vez, enunciando lo tan difícil y facilista de enunciar: pueblo, con indudable firmeza identitaria) O la de la felicidad de los muchachos de la UOM ante su sinfonía bombista en trance. O la de la tranquilidad y el coraje de una piba de ATE con pechera y cámara fotográfica en mano, que luego de pararsele de frente a una cuadrilla de motos de la cana, vuelve y ofrece armarme un cigarrillo. O la del guardia de seguridad del edificio Barolo, que aunque sintiéndose desbordado ante el masivo ingreso de ahogados por los gases lacrimógenos y la avalancha que generaron en una plaza repleta (con gente pisoteada y otros arrojándose a las bocas del subte) les permitió entrar y esconderse ante el comienzo de la cacería motorizada. O el “ahí vienen” del pibe en cuero que se expone y oficia de arriesgado vigía ante los que empiezan a recuperarse de los gases, que aterrados porque entre la cana también le gritan que tenga cuidado. O la señora con su hijita que viven en Ituzaingó que le ofrece agua a un pibe tirado de espaldas en el hall del Barolo con sus ojos explotados de gas. O lxs legisladores (Cabandie y Moreau, de los que alcance ver) pidiéndoles que bajen de las vallas, ante una policía exhausta, sádica y sedienta, a pibes en la madrugada (y porque todxs son/somos esos pibes, que van al frente, que sufren el ajuste, que carne de cañon lo dejan todo por todxs) O la de lxs muchxs otrxs que intentaban contener a los más exaltados, diciéndoles que había chicxs y abuelxs, y estos entendiendo, aplacando sus desbordes, también solidarios. O la de la murga pobre, compuesta de tachos, botellas, tapas de olla abolladas, desheredados y trasnochados, que hasta las cuatro de la mañana tocaba en Congreso, con ímpetu y alegría.

¿Puede una derrota albergar una victoria? ¿Puede acaso una letal derrota, que nos condena a una economía aun más pauperizada incluso a los más pauperizados de nuestro pueblo, contener victorias igual de contundentes y fundamentales? La ignominia de una votación, bajo los designios del capital trasnacional y los intereses de organismos internacionales pro imperialistas, no debe opacar los núcleos siempre precarios de rearme de una solidaridad popular, de un coraje indómito que se macera y emerge en momentos inesperados, de un nosotros reinventado y orgullo de sí mismo: formas de una vitalidad popular que un CEO nunca vivenciará y he ahí su mayor condena. Y a los tibios (ceo-asimilados) que los vomiten de su boca.

Sebastian Russo

(Foto del autor)

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