El dolor físico no es aterrador. Después de los partos y los golpes, sabemos que ese dolor no nos quiebra. El dolor físico abrupto, el arrebato inesperado, del palo, del gas o la bala, no nos quiebra. Otra cosa es el dolor de la tortura, sostenido y sistemático. Ese, ya no se llama dolor. No hay nombre para eso. Y nuestros compañeros torturados colmaron su ser compañeros, y se volvieron santos, justamente porque su dolor no tuvo nombre.

Pero al dolor de la piedra o la trompada o la caída, al dolor de la patada, no le tuvimos miedo en la plaza. Lo verdaderamente aterrador fue pensar  en no volver a ver a los que se ama. No volver a ver a mi hijo. Si me llevan o me matan, pensaba, no voy a poder ver a mi hijo ni él va a volver a verme, nunca más. Esa fue mi mezquindad. Mi corto sentido burgués de la vida. Porque ese hijo ni siquiera es mío, es hijo de su tiempo, es decir, un hijo del peligro, y yo mejor defiendo su vida y su porvenir si me llevan o me matan.

En la Plaza, un hijo es un hermano, y en breve un compañero. Pero la sola idea aterraba, y ahí nomás uno buscaba donde resguardarse o por donde salir. Se trataba de una mezquindad  humana, y justo ahí el espíritu, en lo humano, encontraba la confianza y se convencía, como podía, de no temer. Están los compañeros y este riesgo es preciso. Todo va a salir bien. Como sea, los hijos van a estar bien. Hijos de su tiempo, hijos de la lucha, amados en la lucha. Los hijos van a estar bien.

En todo caso, eso no fue lo hermoso. Lo súbitamente hermoso del 18 de Diciembre fue que le dimos la vuelta a la otra mezquindad, la mezquindad inhumana, la que no reconoce a otros y hace que cada quien se sienta tan solo. La que trascendimos el 18 fue la mezquindad del sálvese quien pueda, de cuidar cada uno su  quintita, de ver en el rostro hermano un rostro siempre enemigo. De esa mezquinad, no hubo. La del 18 fue una Plaza generosa, viva y sensual. Algo se nos separó, algo ya no era nuestro, ni de cada uno ni  de todos. Algo en esa Plaza se nos fue y se elevó, fue un puro otro, un otro del que  hicimos parte. Lo libre, lo que es libre y soberano, se manifestó. Y esa sola visión, y esa sola vivencia extraordinaria y cruel, nos dejó sin retorno.

Ahora, un dolor tierno de adiós, de despedida. Porque ya no somos aquellos, los de antes de esa Plaza. Por fortuna, compañeros, de esa Plaza no se vuelve. Aparecimos otros, queda por decidir si somos tales.