El presente del campo popular parece más inestable de lo que en verdad es. Tras banderas varias y desórdenes que sufrimos, una vieja máxima nos sale al encuentro: Patria o Macri. Tras ella, las diversas vertientes comienzan a comprender que no queda más camino que el de la unidad. Y que tan sólo una figura está en condiciones de poder encarnarla: Cristina Fernández de Kirchner.

Así vemos como viejos socios que se alejaron en las malas vuelven a pensar un “nosotrxs” inclusivo, y a vociferados contreras del pasado a encontrar puertas de acceso hacia el peronismo/kirchnerismo. Quienes siempre estuvimos en esta vereda, vemos gustosos este nuevo “aluvión”, que confirma tanto nuestra lectura de la realidad como nuestro ideario político.

Sin embargo, hay ciertos sinsabores que nos duelen, no tanto por haber aguantado los trapos en momentos difíciles (¿aunque quién puede no sentir un poquito eso cuando pasa?), sino más bien por lo que implican para entender el hiato entre la unidad que perseguimos y la que terminaremos logrando.

El fracaso de un postperonismo

Los aires del 2001 trajeron voluntad de renovación, ante diversas castas políticas que venían petrificando la voluntad popular. Eran debates previos, agitados por la versión peronista liberal de los ’90 y las relecturas de la experiencia setentista. Algo de todo ese caldo vino a revitalizar al kirchnerismo en su etapa expansiva, algo quedó a un costado, con promesas de un modo de organización y militancia “superadoras” del peronismo. Con cierto aire de discurso gorila, se marcaban las diferencias más que buscar la unidad en la acción.

Así llegamos a este presente macrista, que nos impone encontrarnos en la misma vereda ante el desastre que significaría una reelección de la Alianza Cambiemos. Esta coyuntura es la que ha permitido a vastos espacios militantes encarar una relectura del presente, y encontrar necesaria la unidad para impulsar a CFK. El problema está en que este sector de una izquierda popular se arrima sin profundizar sus prácticas internas, y quedando muy lejos de los modelos de “nueva política” que proclamaron. Así su ingreso al Movimiento se da en desorden, meramente por cuestiones coyunturales, y sin el peso específico para agregarle otra dinámica a la política peronista.

Estamos perdiendo la oportunidad de que se sumen con fuerza planteos que permitan profundizar las facetas feministas, antiextractivistas o plurinacionales, que en términos generales el peronismo ya tiene. Quienes se suman lo hacen aceptando y reproduciendo lógicas patriarcales del poder. Lo hacen sin un programa preciso, sin una fuerza que aliente el trasvasamiento generacional que se torna hoy imprescindible. Lo hacen sin haber logrado en este tiempo que transitaron en soledad, construir su “alternativa postperonista”. Y así, terminan permeables a aceptar casi todo, y corren el riesgo de perderse entre tantas siglas y bandas compañeras sin sumar ni sus especificidades ni sus inconformidades que hasta aquí les han traído.

El hijo pródigo 

En tanto, el regreso o ingreso al Movimiento se realiza con vociferaciones que construyan un puente entre el pasado negador y el futuro de frente único. Elige la mayoría no posar solamente en el enemigo las principales frases acusatorias, sino especialmente emitir mandatos cuasi bíblicos de expurgación para asumir su presente.

Ante la falta de programa y necesidad de explicar/se el camino que están por tomar, les resulta sencillo apoyarse en cierto sentido común hegemónico (y por lo tanto, de derecha) para “diferenciarse”. Como si fuera un combo de rápida comida, van eligiendo su sanguchito. Y hay quien prefiere sacarle la mostaza, el pepino o el queso cheddar. Así nacen frases como “queremos a Cristina pero sin los corruptos”, o “sin los transgénicos”, por decir algunos. Y construyen la parábola del hijo pródigo, que no vuelve arrepentido tras rajarse en la mala, sino queriendo imponernos las bondades que les ha traído el retiro. Y se muestran como apóstoles del bien, ante los malos que permanecimos, para regocijo del enemigo.

La unidad nos obliga a tender puentes, y olvidar diferencias. Pero nos parece importante remarcar ciertas premisas que con el tiempo se han demostrado falsas, y nuevas máximas que ayudan poco a sentirnos en unidad. Quienes aquí permanecimos, nos hemos manifestado en contra de los López que pervierten nuestra militancia. Hemos pensado desde dentro qué nos faltó desarrollar, qué errores cometimos para este presente que vivimos, qué desafíos nos quedan encarar. Y no tenemos culpas que expiar en público para sentirnos redimidos. Es tiempo de afrontar con madurez los pasos que se vienen, y no salvar la ropa propia manchando la ajena. Nadie necesita de apóstoles que nos guíen, hace falta compañeres que construyan el porvenir.

Por Juan Manuel Ciucci 

Fotografía: M.A.F.I.A.