La trinchera es la línea que indica el resguardo. Desde allí se resiste.  Es un habitar donde se configura la mística de la comunidad y el reconocimiento de los sujetos en su humanidad más plausible, en su trama afectiva. Pero también un límite.

Es sabido que para superarlo se necesita una estrategia política y un recuento de la fuerza para encarar la táctica. Ahora bien, eso no lo definen los cuerpos en la trinchera (aunque sí lo exigen) sino la conducción, en un gesto épico de aparición. Debe aparecer, a como dé lugar.

La conducción tiene una constitución dual: es el/la mejor cuadro político y la escena de enunciación por excelencia; por tanto, es una zona permeable cuya mediación surge de la capacidad de las bases por incidir en esa retórica.

Es la razón de su existencia y el goce de su virtud.

Desde antes de las elecciones del 2017 venimos sosteniendo que la actitud defensiva que la Alianza Cambiemos -y sus múltiples dispositivos- buscaba imponer en el campo popular, debía de ser contrarrestada con una actitud militante de base y, consecuentemente, proferida hacia una conducción aglutinante.

Ella oiría.

Desde aquel momento en adelante, el campo nacional y popular comenzó ese dificultoso camino de cruzar la línea de la trinchera. Muchxs militantes lo hicieron, comprendiendo el peligro de seguir preocupados en atajar los golpes y de viciar de contenido una mística lo suficientemente buena como para sostenerse, pese a todo, alrededor de un mito.

Ella, también lo hizo. Escuchó y comprendió que fuera de la trinchera se construye la política de frentes.

Se comprendió también que volverse hallable para todxs (no sólo para lxs militantes) constituía un momento arbitrario, performativo, que no estaba preestablecido y que se configuraba en base a una táctica serena. Se comprendió que la unidad era la táctica y que debía armarse en el reconocimiento de la vulnerabilidad: todxs lxs vulneradxs debían ingresar.

Más que una invitación política era una cuestión ética.

Ahora bien, el problema radicó, y aún radica, en que en ese movimiento no todxs se asumen a la intemperie del cambio. De allí, la necesidad de construir una retórica persuasiva y una política de la imagen que evidencie una toma de posición afirmativa.

Una retórica y una imagen para desarmar y convocar.

Hace unos días, Ana Castellani, algo dijo al respecto: “¿Es factible ganar las elecciones sin una estrategia de comunicación persuasiva que trascienda el núcleo propio?” (1). En otras palabras, sugirió discutir cómo salir de la trinchera. A lo que agregaríamos, sin perder la mística allí macerada

La retórica persuasiva, en esta dirección, es fundamental (incluso) para ganar el decisivo tercio esquivo. Para ello, urge un doble movimiento de enunciación: por un lado, sedimentar sobre  la superficie discursiva la cotidianeidad de la profunda regresión económica, social y cultural durante estos últimos tres años; pero, simultáneamente, revitalizar la mirada justa, una discursividad que imagine, invente, sueñe el porvenir, abrevando en la tradición popular de una patria de la felicidad.

En el escenario actual, donde la estrategia debe ser ganar las próximas elecciones, podríamos decir que el primer movimiento está encaminado (y hasta obsesivamente machacado). No se puede tapar el sol con las manos. Pero resta profundizar el segundo paso. Y para ello, resulta imprescindible recuperar una serie de expresiones que han sido bastardeadas por la máquina neoliberal: felicidad, libertad, goce.

Todos estos principios no son meramente conceptos, son experiencias vitales que el campo nacional y popular ha incorporado históricamente y promovido como formas de vida. El peronismo, explícitamente, y el kirchnerismo, de manera un poco más subrepticia, se han hecho eco de esta ética popular del goce (pensemos en Milagro Sala, la Tupac y sus piletas, sin ir más lejos), como espíritu y pilar irrenunciable del imaginario político.

Son parte de nuestra memoria corporal.

En ese sentido, las acciones deben ir hacia una reapropiación retórica de esas experiencias populares con el fin de consolidarlas a fuego en el proyecto político-social que militamos. La retórica persuasiva, entonces, evidencia el objeto de disputa y lo recupera de por sí; como si fuese natural hablar de ciertas cosas.

Actitud que precisa y, a la vez, convalida, una política de la imagen que al salir de la trinchera, reaparece públicamente en su carácter representativo y no esconde su movimiento de ampliación de/a nuestras filas políticas. Este principio de representación no sería ni puramente inmanente ni plenamente mimético; está en ese borde que, en todo caso, se pretende lo suficientemente apto como para interpelar tanto al militante (en su condición afectiva) como a un Otro Generalizado y Vulnerado (en su condición material).

Así esta política de la imagen se nutre de todo el imaginario que rodea al universo de subjetividades participantes de la disputa electoral: la conducción, la militancia y la transversalidad; es una suerte de constelación orgánica que interpela a sensibilidades racionales.

Difícil proposición, casi un oxímoron. Pero no.

En ese borde, la retórica y la imagen se retroalimentan. Abrevan por una toma de posición común y despliegan su voz y paisajes por todo el espectro social. No hay lugar para las medias tintas. Por ello, la estrategia electoral requiere la tarea coordinada entre la militancia, la conducción y la transversalidad, siendo la primera quien deba(mos) insistir en la tradición nacional y popular, profundamente alegre, gozosa y responsable; que haga resonar e invoque con potencia a la segunda, en la vocación de poder y en el programa de organización-acción; y que persuada a la tercera y a las sensibilidades vulneradas, de la necesidad de recomponer el movimiento de un proyecto político con una orientación inclusiva, soberana y de justicia social.

 

Por Lucas Saporosi

Sociólogo / Docente

Frente de Tormentas

Fotografía: M.A.F.I.A.

 

(1) “¿Persuadir o resistir en la trinchera?” por Ana Castellani. (Página 12, 10 de febrero 2019. URL: https://www.pagina12.com.ar/174059-persuadir-o-resistir-en-la-trinchera)