Desde hace unas semanas, en el matutino Pagina 12, se viene haciendo una insistente pregunta en torno a la retorica a utilizar de cara a las próximas elecciones (Tereschuk, Mocca, Castellani, Aliverti) Una retorica, claro, que venza al macrismo.

A propósito diremos que esa pregunta debe ser parte de una interrogación amplia al tiempo que radical. Una interrogación por una forma de enunciación que contemple tanto las certezas e incertezas propias y ajenas, como que abreve en tradiciones populares y combativas (del signo inclusive, sobre todo y en principio)

Por tanto, diremos, se trata menos de persuadir (como sugiere Ana Castellani) que de conversar.

Conversar, como una forma enunciativa, que aluda a la ausencia de formulas y racionalidad en el encuentro genuino -arriesgado- con el otro. Una forma de vínculo retórico-político “salvaje”. Tal como entendía el encuentro con el otro, el realizador brasileño Eduardo Coutinho. Él llamaba a su método “Antropología salvaje”, aludiendo de modo irónico y provocador a la forma súbita y desprejuiciada en la que conocía a sus entrevistados/conversantes.

La conversación, así, como un encuentro intempestivo, autorealizativo, como forma de(l) conocimiento (de si, del otro, de las cosas) La conversación, entendida, como un escenario donde se libra un combate. Más una arena romana, un ágora griega, incluso un balcón a plaza llena, que un dialogo desde un abstractizado y artificioso ras del suelo (vuelto púlpito) persuasor. Conversar es de hecho el máximo vinculo que puede entablarse con el otro (sin volverlo objeto, sin volverse uno sustancia indiscutible) Es el modo en el que se encuentran dos corporalidades, afectos, potencialidades, sin reaseguro. Una conversación de cuerpos es el sexo. Una conversación política es la de un líder con sus seguidores, donde hay entrega mutua desde una imagen espectral/utópica compartida (por ahora,mientras tanto) Una conversación de ideas es una charla que se asuma como un combate, un dirimirse con el otro, consigo mismo.

Conversación que de este modo se plantea de modo expansiva, descarnada e incluso (por lo último) mas condicionante y pregnante que la persuasión. Y no nos asustan tanto las reminiscencias totalitarias de la persuasión. Sino las progresistas. No porque seamos filo- totalitarios (el progresismo acosa y parecería que hay que aclararlo), aunque apelemos sí a la necesidad política (discursiva) de la configuración de una totalidad: popular, nacional, regional. Sino porque la persuasión, entendida como actitud estrictamente electoral, desde cenáculos académico-progresistas, no escapa al totalitarismo neoliberal de la transparencia.

En “este” momento, a meses de una elección, a todo o nada, habría que darse a un pseudo dialogo con un otro al que entiendo equivocado (no lo dice Castellani, sino nosotros extendiendo, exagerando la idea) haciéndolo creer y haciéndome creer par, un igual, para que vote lo que no estaría hoy por hoy votando. Anidando allí sí un abroquelamiento circunstancial y torpe de uno de los discursos, de una de las identidades (la que se ha propuesto persuadir), no dándose al otro, no poniéndose en riesgo en y por el otro.

La persuasión progresista (desesperada, circunstancial) arrastra pues la fragmentariedad y el discurso tolerante del neoliberalismo. Bajo una actitud de sesgo condescendiente con la diferencia del y con el otro, pretendiendo entenderlo en su prístina objetualizada otredad, el acto persuasorio mismo anula tal distancia radical y constitutiva. Vos sos Otro, es evidente, pero yo “bajo”, me acerco a vos y vas a ver (mejor).

La conversación, por el contrario mantiene la distancia. Y hace del otro (de uno) un sujeto complejo. Preocupado, uno, dado a un intercambio, respetuoso de lo insondable del otro y de su ardua configuración política subjetiva. Como lo es también la propia. Ni el otro es persuadible, ni yo la tengo tan clara. Si algo hay en todo acto comunicacional (incluso consigo mismo -Freud/Lacan/Laclau informaron, desde el inconsciente al discurso/político-) es un intrínseco desacuerdo, antagonismo, imposibilidad. Algo que la conversación contempla (interioriza), mas no así la persuasión, que ubica al antagonismo fuera del acto de enunciación, como una exterioridad a la que pareciera le da lugar, progresista como es, pero que no incorpora.

Lo mínimo/máximo que puedo hacer es darme a la conversación sobre todo con ese planteado otro (votante potencial del macrismo, por caso) Darme a una conversación, en una plaza, un café, un colectivo, un examen, un llamado telefónico, un pasillo (conversaciones “micro” insumos, espíritu y fundamento de cualquier otra conversación “macro”, llámese campaña electoral o cadena nacional) Darse a conversaciones que es un darse, un darme al otro (la patria), un darme a la duda y al coraje, un darme al espacio de una enunciación que se construye en ese mismo acto. Solo ese acto, que es un acto de amor, puede eventualmente hacer pensar al otro alguna otra cosa que no venía pensando. Quizás no de inmediato, como supone el acto persuasor, sino construyendo condiciones firmes, propias para que ello suceda. Sintiendo a su interlocutor en carne viva, salvajizando sus maceraciones racionales, estereotipadas, comunicacionales. Animándose al (animándose en el) encuentro con el/lo otro.

El macrismo (el neoliberalismo) es una tragedia. No lo intentemos combatir con sus armas: objetualizantes, aterrorizadas, arrasadoras del otro, de sí, del todo. Creemos, inventemos las propias, desde las que los legados de astucias y tácticas políticas heredamos. Nos enfrentamos a quienes no le temen en absoluto al totalitarismo en todas sus transparentes y evidentes formas.

Sebastián Russo

Sociólogo y docente

Frente de Tormentas

Fotografía: M.A.F.I.A.

(*) Gran parte de lo aquí expuesto emerge de conversaciones con el compadre Diego Litvinoff y lxs Frente de Tormentas.