CFK ha sabido cómo hacer de los embates político-judiciales de la oligarquía un efectivo salto hacia adelante, capaz de contener en su movimiento una reconfiguración del mapa político, del sistema de alianzas y, sobre todo, de la promesa de recomposición de ciertos contratos básicos de la sociedad.

Las cuerdas del ring, no son símbolo del repliegue, son las bases de su impulso, premisa básica de quien conduce.

La conducción es siempre, no elige de qué ni cuándo hacerse cargo de su designio: conduce con viento a favor, en la resistencia, pero, sobre todo, conduce cuando todos los caminos se vuelven encerronas trágicas. Y, frente a todo pronóstico o sentido común, responde con una jugada que incide en el plano dual de la política, el corto y el largo plazo, la coyuntura y la gobernabilidad. La conducción es, entonces, una forma de responder al adversario con un movimiento que deja atrás su interpelación y convoca a una nueva escena de discusión.

En este caso y luego del anuncio-acontecimiento, la tan ponderada foto de CFK en el banquillo de Comodoro Py quedó girando en falso, a punto de caer por su propio peso. ¿Quién está esperando esa foto hoy? Pocos realmente, o muchos menos que los que la esperaban el jueves, luego de la operación de y sobre la Corte. Más aún, la decisión de ubicarse como vice de Alberto Fernández tiene como uno de sus objetivos asumir toda esa ofensiva político-judicial en su persona, relegándola a un plano secundario en el contexto de las discusiones electorales. Ya no es lo central, como sí lo quería el aparato corporativo. Ahora, se corre a un margen, a una zona manejable.

Este gesto (hacia adelante) es el de la generosidad: una toma una posición estratégica que descentra el panorama y, sobre todo, amplia el margen de articulación. Un guiño al PJ, por supuesto; más que un guiño, una interpelación: “¡Pronúnciese, compañero!” No les queda mucho tiempo para seguir en la indefinición. La generosidad no es una práctica ingenua ni asistencialista, es un golpe certero a esa indefinición, es la construcción de una certeza que muestra el camino para enfrentar al modelo macrista y dar curso a una gobernabilidad factible. ¿De centro, de izquierda, conservadora, moderada, acuerdista? No: del repertorio peronista, de quien sabe leer la correlación de fuerzas, el mapa geopolítico y la voracidad del imperio.

Alberto Fernández se asoma como una figura en la que confluyen ciertas expresiones del primer (Néstor) kirchnerismo (de eso, se hace gala), ciertas críticas a medidas fundacionales de su núcleo duro (de eso, hacen gala otros) y el derrotero por el Frente Renovador. En suma, una zona de confluencia que, en su cúspide, entiende la sutura estratégica de la Unidad.

Pero la inquietud debe ser reflexionada en las bases, también y, ante todo. Todavía no se ganó, pero en la expectativa de hacerlo, el tiempo de la gobernabilidad en un campo minado debe corresponderse con un estado de discusión permanente en cada espacio de la militancia sobre cómo incidir en esa enunciación política que conduce. (¡Ardua tarea!) La enseñanza de la derrota de 2015 debe asumirse, no como pérdida ni como culpa, sino como una pedagogía política de la tensión. Ese lugar (la tensión) no debe ser nunca (más) abandonado. Dejarse atravesar por la conducción para la militancia coyuntural, pero también asumir la tarea de atravesar las capas de la estructura frentista y partidaria y hacer hablar, producir corrimientos, poner el cuerpo. Y eso se hace desde adentro y/o desde el adentro-afuera. Nunca desde afuera.

Lucas Saporosi

Sociólogo-Docente- Frente de Tormentas

Fotografía: M.A.F.I.A