Pensando de que sólo faltan unos pocos días para que empiece la carrera electoral y viendo que el nuevo intratables ya se bautizó el “tanque del debate”, con la partida de un Santiago del Moro y la entrada de un Doman de la gente, el programa con más rating del grupo de América, se arma nuevamente de cara a una elección presidencial.

Esa imagen de tanque de acero representa o presagia la función de ataque que viene a proponer el bólido de América: una batería de embistes y palabrerío aturdidor que intentará dejar sin efecto cualquier propuesta electoral de la oposición a este gobierno.

Hace mas de 5 años las gerencias de los canales de tv han realizado un giro estratégico: han comenzado a introducir en el debate político a sujetos del espectáculo, figuras televisivas, íntimas de lo masivo, conocidas y amadas por la audiencia: Mirtha, Mariana, Alejandro, Mariano, Jorge, Pamela, etc (pienso en 678 y queda como algo naif frente a lo que estos canales construyen). Esto no es un tema nuevo que no conozcamos, es más de lo mismo que ya sabemos, pero creo que esta sensación de saber que “se sabe” es uno de los efectos logrados por este avanzado estadio de la estetización de la política, reforzándose con la cuota de la repetición. Sin embargo creo que es preferible mirar los bordes, agudizar y punzar en ciertos lugares para lograr entender y evidenciar ciertos mecanismos que se invisibilizan. Una punta para acercarnos sería lo que Agamben pensó sobre los dispositivos a los que se refería como ”cualquier cosa que tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, conductas, opiniones y discursos de los seres vivientes”.

Intratables es un programa de tv, inserto en la programación de un canal de tv del grupo américa. Pero el dispositivo que rige es el de la TeVé. Tomar la TeVé para análisis es un problema gigante  porque, le pese a quien le pese, todavía sigue siendo el mayor vehículo de reflejo y consumo de la sociedad de masas. La TeVé, al no tener límites estéticos y de ningún tipo, comenzó hace tiempo a captar la vida cotidiana sin filtro, sin reglas, comenzó a volverse infinita, transformando también el gusto de las audiencias en infinito. Un agujero negro. Todo formato televisivo puede gastarse, cansar a la audiencia y volver a formatearse para circular nuevamente como en el circuito del arte y de la sociedad capitalista.

La Tevé se preocupa por la autenticidad de la vida (presencia del yo frente a cámaras o pantallas). Los programas de archivo olvidan su objetivo de documentar y  pasan a funcionar como archivos/prontuarios para evaluar lo que se pensaba o sostenía en otra época. Todo discurso ingresado en ella se convierte en sospechoso.

Por último la Tevé no puede tener un lenguaje propio, afuera y dentro de ella, existen los mismos lenguajes sin que ningunos sea más televisivo que otro.

Si uno hace un poco de zapping (concepto desfasado) en la carta de los canales se puede ver cómo ciertos programas que se dedicaban a la vida de la farándula mediática, hoy se han transformado en programas sobre “política”. Este giro claramente no fue inocente, la TeVé de los 90  nos preparó para explicitar todo contenido que se posaba frente nuestros ojos y conocer de una manera pornográfica a cualquier Yo que se sentaba en un diván a ventilar intimidades, con ese modelo consumido por  décadas, la audiencia ya sabe lo que puede esperar ver y sentir  en la pantalla. De esta manera fue el nuevo ingreso de la política a los hogares, una política desactivada por el espectáculo pero súper estimulada por la escena.

Así la TeVé tiene la posibilidad de apropiarse del discurso de lo que sería un “hacer político” correcto. Incrustarlo en la mesa del panel y diseccionar con críticas banales y destructivas la experiencia del debate. La estética panelista impuesta por los medios construye una idea de democracia exacerbada, la traspasa y la transparenta. Nuestra TeVé exige la confrontación de la chusma, el linchamiento verbal y el proyectil en el ojo. Efectos parecidos del movimiento Dadá. La TeVe por momentos puede ser proporcionalmente igual al arte contemporáneo porque es la nada misma y el todo por pasar y frente a ese agujero negro de vitalidad extrema que desactiva todo lo que pasa frente a la cámara, se encuentran las figuras, los conductores, los amigos de la audiencia, el último borde de la nada y el contenido. Ellos mejor que nadie saben que el poder no pasa por su lugar, el poder pasa detrás de cámara por al lado del pueblo. Ellos son solo el medio por el cual la información se carga de ideología por eso su nombre de Mediáticos: entre lo auténtico y lo espectacular.

Santiago del Moro es uno de los mejores ejemplos de la performance televisiva, nunca sentado, siempre gambeteando con la cámara, actuando como si no hubiera cámara por momentos, y en otros, hablando directamente a cámara  a nuestros ojos, señalando nuestra atención. Su afán por la verdad, la moral y sobre todo su capacidad de indignación atravesó la pantalla todo este tiempo: canchero, blanco, rubio, de ojos claros, cambiando los jeans y las remeras de marca al saco y corbata. Pareciera que no ha querido nunca actuar su rol de moderador del panel, su incredulidad es su mejor arma. Santiago va contra el tiempo de la cotidianidad y su cucaracha es el contacto del más allá que lo ayuda a controlar cuidadosamente el ritmo de su teatro de poder. En su despedida Liliana Parodi, la gerente de programación del canal, tuvo palabras de orgullo hacia él: “hijo prodigo”, “te vi crecer”,”tenes que volar”, “líder de opinión pública”. La última frase es la confirmación de la función del trabajo de Santiago en estos años y fue el de moderar y formar la idea de democracia que necesita el neoliberalismo para cumplir sus objetivos. Logrando simular lo real, causando fascinación a nuestros ojos. Estos conductores se transforman en jueces de la opinión pública, con un objetivo bien claro. La política es mala palabra.

Si bien el boom de las nuevas redes “facebook, youtube, etc.” hizo que los nuevos usuarios comiencen a consumir información desde internet, los canales de youtube comienzan a experimentar una posible democratización de la información. Pareciera que la única oposición a nivel medios informativos la llevan a cabo periodistas que hoy ya no tienen un espacio en los medios oficiales y deciden invertir (o alguien invierte en ellos) en canales de la web y empezar a denunciar, criticar, dar su opinión, editar el archivo mediático y crear un discurso de contrachoque. Estas acciones que surgen de los nuevos medios quizás sea una mirada a futuro de donde empezará a discurrir ese flujo televisivo, pero ya ahora con posibilidades de datos y números más precisos. Estas tecnologías necesitan mayor investigación y más análisis. Una gran parte de la porción votante no la consume pero las nuevas generaciones si se informan de ella. Relegando a la TeVé a un espacio mucho más inferior. Seguramente esto traerá también un cambio a nivel estético y político en el gusto y acción de nuestras audiencias/usuarios.

Esto me lleva a pensar en la plaza; las plazas siempre han sido de los pueblos. Si imaginamos un poco más, televisión y plaza (comodidad e intemperie), en el único lugar donde se encuentran es en “el vivo y en directo” de los programas de tv; esa transmisión de los noticieros con un periodista que ejerce de custodio del relato con un paisaje de cuerpos detrás, siempre detrás, que algunas veces acompaña, grita, canta, huye, pero siempre atrás. Pero también existe la audiencia, ese estado subjetivo numeroso que mientras mira no se considera pueblo porque está ocupado, pone sus ojos al servicio de. Esos ojos están lejos, aislados ocupándose de su bienestar, están en la cotidianidad del yo. Pero en ese en vivo suelen encontrarse pueblo y audiencia o, mejor dicho, la audiencia puede volver a mirarse como pueblo, porque a veces ese simulacro puede desfasarse cuando irrumpe un “yo” que estaba detrás de cámara o cuando el conductor de turno actúa de más ser su yo, allí es donde se evidencia la farsa o lo real que se plasma en la pantalla. La TeVé, al pertenecer a las masas, tiene el germen de la revuelta. El Yo de la TeVe es instantáneo, transitorio y multiplicado, en cambio el yo del pueblo tiene urgencia y cuerpo y tiene espacialidad (la plaza) y allí es sujeto de Revolución. Cuando en intratables, Santiago le da la palabra a cualquier yo para que interactúe con la cámara, (de cara a cara con otros yo), su intención es la de banalizarlos; pero pueden ocurrir dos cosas: que ese yo nos hable como parte de un pueblo (juegue un rol) o que sea parte de una audiencia.

La revuelta aparece cuando ese yo que habla (ofrece su testimonio) quiere conservar su conciencia de clase frente al vorágine flujo televisivo: un indígena que le expropiaron sus tierras, una jubilada que come un plato de comida al día, un estafado por el Estado, una madre que perdió a su hijo por gatillo fácil. En ese momento, audiencia y pueblo vuelven a encontrarse, y pueden fundirse en conciencia de revolución o en indiferencia televisiva.

Guillermo Sotelo

Fotografía: M.A.F.I.A.