Final de juego. Ha comenzado la batalla final. La armas no se escatiman: cazas de brujas, enemigos internos, fantasmas que rondan, retornan. La historia es prodiga en operaciones políticas.

El fantasma del populismo es el elegido. En el que se anida un entrevero de negrada, pro-chavistas, comunistas y narco-camporistas. Lo maldito retorna.

Y hay que evitarlo. A toda costa. El siempre alerta, dormido, controlado “matar al otro”, aquí/ahora se apresta, se agita, se enarbola. Movida peligrosa. Mancha venenosa. Juego de guerra.

Cuando el otro deja de ser sujeto de diálogo. La posibilidad de su exterminio deviene anhelo. Forma pérfida/única de la felicidad.

Cuando la empatía se quiebra adviene la intemperie. Estamos solos. Y hay que cuidarse. Vienen por nosotros. Llamá a papá. El monstruo acecha.

Cuando el otro es amoral (corrupto genéticamente -de chiquito nomás-) es la expresión, la invitación al infierno. La malicia. Yerba mala. Que nunca muere. Y hay que extirparla cada vez. Aunque se vista de seda.

Ante ello. Contra ellos. La Argentina blanca. Bronceada. Aburrida y hastiada de una vida mediopelo que encuentra en la militancia feisbukera, wasapera la sublimación expiadora de su odio, de su abulia. Seré feliz si me sacas al negro de mi vista. Si lo sacas (yo no dije matar) de nuestra vida. Si no se ubican (cosen, limpian, barren) a su casa. Lejos de mi vista. De mi olfato.

Aunque sacarles la voz, no crear las condiciones para que emerja, dárselas de modo controlado, son formas enquistadas de una progresía que es (somos) también parte del asunto.

El “qué hacer” insiste. Pero el cómo, el quiénes (somos nosotros) aun queda sin contestar.

 

Sombras Terribles

Frente de Tormentas