A partir del estudio de las emblemáticas medievales, el agua se convierte en una especie de lugar de pasaje. El agua tiene el poder de la vida y de la muerte, el agua es un vehículo contaminante y de producción de vida. Entonces siempre fue un emblema, se usó siempre y en todas las circunstancias. El peronismo lo tiene muy presente.

Hay un gesto fundacional en el peronismo que es ese cruce mítico del Riachuelo: todos los cruces son transformaciones. Pensemos en todos los cruces de los ríos a lo largo de la historia. Siempre que se cruzan las aguas se producen transformaciones. El pueblo de Israel cruzó el Mar Rojo y consiguió la libertad, entró en la tierra prometida. El peronismo también cruza las aguas; pero son unas aguas particulares, son las aguas más contaminadas que puede haber. Las cruza forzadamente porque levanta los puentes como esas ciudades medievales que se preservaban con sus puentes. El mito dice que, igualmente, cruzaron a nado, de todas maneras. Es gente contaminada que vino a ocupar la ciudad. Así contaminados y sucios como estaban fueron al lugar de las aguas puras, a la fuente del palacio, al centro del poder. En las fuentes de los palacios están las aguas que dan y distribuyen vida. Y estos negros fueron a meter las patas en la fuente, un gesto fundacional. Por eso el poema de Lamborghini permanece tan pregnante. Las patas en la fuente, las patas sucias contaminan la fuente. Ahí hay una entrada del peronismo que compone ese sintagma: peronismo y corrupción.  A mí me llama la atención cómo eso se recicla y reformula permanentemente. Siempre están el peronismo y la corrupción juntas, desde esa época fundacional. El peronismo trae al negro sucio que va a corrompernos.

Pasó el tiempo y en 1950 Eva Perón piensa en hacer ciudades infantiles. Fíjense la imagen (muestra una imagen de la ciudad infantil): los chicos se están nutriendo de las aguas puras en una fuente redonda, situada en el centro de la ciudad infantil.  ¿Es un hecho casual o buscado?. Es raro, eligieron justamente esta imagen para la tapa del folleto que se tradujo en todos los idiomas imaginados, japonés, chino, árabe, israelí. Iba junto con las ayudas que hacía la Fundación Eva Perón y enviaban este folleto como fundamento ideológico de la revolución justicialista. De lo que se trataba era de un orfanato, transformado en una especie de escuela de pequeños burgueses. (Ese es otro de los quilombos del peronismo, luego lo retomaremos). En realidad, la ciudad infantil era el patio de juegos del orfanato. Son casitas en escala 1 en 2: los chicos jugaban ahí y practicaban a ser buenos burgueses. Por ejemplo, tenían un circuito automovilístico, donde aprendían a conducir automóviles; el edificio más importante de la ciudad infantil era un banco y los chicos aprendían a hacer trámites bancarios. Eran chicos pobres en edad escolar. Eran los primeros ensayos de incorporación a la vida burguesa. Lejos de proletarizar, el peronismo aburguesa. La revolución justicialista es complicada desde el punto de vista marxista. Es bien jodida porque no proletariza, sino que incorpora el goce.  Lo que hace es democratizar el goce. A mí me gusta decirlo en el sentido lacaniano del goce. Entonces, después de las patas en la fuente vienen las manos de los chicos en las aguas cristalinas de la ciudad infantil. La nueva Argentina como la única privilegiada, el opus alquímico, la piedra filosofal, la realización de la obra: el chico metiéndose y apropiándose de esas aguas, una forma de apropiarse del poder, del consumo; está siendo un ciudadano completo. Está dejando los márgenes, si se quiere.

Pan dulce

Nosotros nos regodeamos con el tema de los márgenes, del negro marginal. Yo tuve una discusión con el tema del “día de la dignidad villera” como paradigma. Yo creo que es un error. La única dignidad villera es dejar de ser villero. Parecía que había una tendencia a la proletarización y a la inhibición del consumo. Yo siempre tengo presente una canción: cuando era chico, a los 14 y 15 años, era monaguillo en la iglesia de Constitución, esa iglesia gótica que está frente a la plaza. Llegó en el año 67 un cura, Daniel de la Sierra (hoy en día, la calle en donde está el Padre Pepe, en la villa 21 se llama Daniel de la Sierra), un cura revolucionario, del Tercer Mundo, y venía castigado de España, unos gallegos súper conservadores. Rápidamente nos convocó a todos y comenzamos una militancia social, fervorosa. Él introdujo la autoconstrucción de viviendas y lo que quería es que la villa dejara de existir, junto con Mugica.  Y a la noche hacíamos fogones y cantábamos. Él era muy parecido a Serrat, cantaba muy bien. Era un tipo que convocaba muchísima gente. Daniel cantaba canciones de la guerra civil española. De todas esas canciones, las que más nos enseñaba era la del tomate: “qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata que viene un hijo de puta y lo manda pa caracas”, y la última parte termina: “cuando querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda mierda”. Y los ricos mierda mierda se acentuaba con fervor revolucionario. Eso sucedía unos años después cuando fui a la universidad, en arquitectura. Pero en el barrio Constitución que era un barrio netamente peronista, no concitaba mucha adhesión. Nos hacía un poco de ruido eso de que “los ricos coman mierda”. La cosa de la lucha de clases no pegaba mucho en el barrio. En la universidad, sí.

Con el tiempo, ahora digamos, pienso qué canción tan antiperonista; bueno no sé si antiperonista, pero qué lejana al espíritu del peronismo. Muy muy lejana.

El tema de la comercialización del tomate es un problema. Toda mi familia eran tanos calabreses, mi viejo era diarero, pero todos mis tíos eran verduleros y plantaban tomates en Claypole y los vendían en la feria de Florencio Varela y yo no pensaba que eran unos hijos de puta por eso. Pero el problema grave que tiene esa canción es el menú: el menú de los pobres. “¿Cómo es esto que los pobres coman pan?” Jamás el peronismo pidió pan. Eso es una cosa del PC. Había un grupo de poetas del pan duro del PC que eran muy conocidos en la época. Del pan siempre se ocupó el marxismo, el peronismo jamás se ocupó del pan. El peronismo cuando habla de pan se refiere al pan dulce o al choripán, grasas saturadas o azúcares. ¿Pero pan sólo? Nadie en el peronismo iba a mover un dedo por un mendrugo de pan. Eso lo hacen las revoluciones de la pobreza, o sea las revoluciones europeas, los gallegos; sacrifican generaciones por un mendrugo de pan. El peronismo jamás exige sacrificio revolucionario. El peronismo no puede pedir sacrificios. Desaparece como peronismo en el mismo momento que pide sacrificios. Y jamás va a pelear por el pan. Son proteínas de primera por las que pelea el peronismo: en la ciudad infantil no había uniformes, todos los chicos tenían un ajuar enorme y comían lo que comían los ricos. Esa es la idea de justicia de Eva Perón: al chico que le había faltado todo se le reponía todo; es decir, “a los chicos pobres, las cosas de los ricos” decía Eva Perón. Ella no tenía la idea de que “a los pobres, cosas de pobres”. La justicia reponía todo lo que le había faltado.  Una idea profundamente revolucionaria y única. Y eso establece el mito de Eva.

El peronismo es una forma revolucionaria extraña, única  y que tiene muy poco que ver con el marxismo en esos puntos. Y tiene mucho que ver con el socialismo en un montón de puntos. Pero con el tema de la lucha de clases tiene un quilombo. El peronismo jamás le hizo comer mierda a nadie. Nunca se ocupó del menú de los ricos. Se ocupó y con mucha atención del menú de los pobres.

En la parte final del texto “Agua y peronismo” (en Sombras Terribles) digo: Recuerdo un hecho real sucedido en la década de los 90’, un conocido y próspero dirigente sindical peronista (Triaca, el padre del ministro de trabajo de Macri) pudo cumplir con su sueño de ser propietario de algunos caballos de carrera, inmediatamente quiso ingresar como socio en el Jockey Club, después de algunos cabildeos por parte de sus autoridades resultó finalmente aceptado. Aun así no logró ser un socio pleno de esa aristocrática institución, puesto que, literalmente, no aprobaron su pase a la pileta. Este hombre, a pesar de sus esfuerzos, nunca pudo purgar la marca indeleble de la contaminación peronista.

El tema de la contaminación y del agua sigue funcionando ahí. Nadie se baña con el negro sucio. Lo único peronista que le pasó a Triaca fue esto. Todas estas cosas son provocaciones.

El tema de la pileta de Milagro Sala no es un caso menor, tampoco. Y tiene que ver con esta misma línea. De las obras de la Tupac, la más irritante fue esa enorme pileta que incluso se asemeja a un mar interior, tiene hasta los leones marinos. Y lo que se desactivó fue justamente la pileta, la pileta no pudo ser. No puede haber tantos negros contaminando tanta agua. Es un goce excesivo, al que debe ponérsele fin.

Pasa lo mismo con Mar del Plata. Eva Perón lo primero que hace son los hoteles sindicales.  Ella misma patrocina a los sindicatos para que hagan sus hoteles y luego los pone, por supuesto, en el centro de la ciudad: el lugar a donde va a gozar la burguesía. La misma idea de la ciudad infantil. Y claro, la burguesía se corre. No puede haber una familia de negros gozando en la carpa de al lado. No es concebible eso. Se van corriendo, primero al sur pero luego, cuando ven que están rodeados, empiezan a huir y hacen una ciudad en un país extranjero para poder gozar solos y separarse lo más posible de los negros. Que no les quepa ninguna duda que si Eva Perón estuviese viva hoy, le preguntaría a sus asesores a dónde van a gozar los ricos de vacaciones y ella iría, haría un acuerdo con el gobierno de Uruguay y pondría los hoteles sindicales en Punta del Este. Pero sin lugar a dudas. Y en esto hay algo del peronismo como agente contaminante.

Para mí es muy inspirador pero genera un revulsivo social muy interesante y con muchos interrogantes. El peronismo está lleno de incertezas, es una promesa de felicidad insensata. Hay mucho de insensatez en el peronismo: esto de gozar en las vacaciones. Toda la idea del peronismo es no trabajar o trabajar lo menos posible y gozar de la vida lo más posible. Por eso el peronismo tiene futuro porque es esa promesa de felicidad, por más insensata que sea; a diferencia del troskismo, del capitalismo o del neoliberalismo, donde siempre está ese período de sacrificio. Nunca hay una oferta de felicidad gratuita sin antes un período de sacrificio. Y sabemos que ese plan suele fracasar y hay que hacer otros sacrificios, y así sucesivamente. El peronismo no. Está un poco en las propagandas: vuelven los días felices. El peronismo es en tanto vuelvan los días felices, no porque vamos a sacrificarnos. Creo que es el futuro, la humanidad va hacia el peronismo inevitablemente. La humanidad busca la felicidad y el peronismo es la única oferta lógica de felicidad.

Museo neoliberal

Para ir terminando les leo una cosita del “Manual del niño neoliberal”, sobre el arte y el museo. Esto es un efecto del neoliberalismo. La gente acumula guita y los grandes millonarios tienen cada vez más plata. Y me pregunto, ¿qué quiere un millonario?, ¿cuál es su deseo más íntimo? Y el deseo más íntimo es comprarse un cuadro. No hay otro deseo. Es abrir un museo y mostrar sus cuadros. El mayor deseo que tiene todo millonario en la vida es en definitiva abrir un museo y mostrar sus cuadros. ¿No les parece curioso eso?. El museo tiene una superioridad moral sobre todas las otras funciones de la arquitectura. Van a ver que un hospital va a tender a ser un museo con el tiempo, un orfanato también. Todo va a tender a ser museo. Fíjense el Reina Sofía o el Centro Cultural Recoleta, un ex asilo de ancianos. Ahora bien, fíjense el escándalo en el ambiente de la cultura que sería si se convirtiera el Guggenheim en un orfanato. Sería un escándalo mundial porque nadie puede agredir a esa institución donde se hace reserva de los deseos más íntimos de los millonarios. ¿Y por qué será eso?. Claro, un cuadro, por ejemplo un Pollock, puede valer 0 pesos o 300 millones de dólares. Y eso es de acuerdo al deseo del millonario. Como mercancía es extraña, transgrede toda su lógica, la plusvalía, el trabajo, el sufrimiento humano. Todo esto se despega. El millonario logra traccionar la mercancía -ese cuadro- y despegarla de su lógica. El museo se convierte  en un paraíso de la mercancía. Es un lugar donde la mercancía flota ingrávida y sin culpa. Es puro don, es el triunfo del millonario sobre la mercancía. Eso vale porque él quiere, puro deseo.

La otra cuestión es la semántica que ha inventado el neoliberalismo y a la que nosotros asistimos de manera impávidos. Entonces aparecen ministros que hablan del empleado y de la incertidumbre. Y en eso es muy coherente, porque el empleado siempre es en la incertidumbre. Cuando era chico mi vieja quería que yo fuera empleado y no obrero, porque era lo prestigioso. El obrero es lo que está en cuestión hoy. Lo que queda es el empleado. Un obrero puede ser desempleado: por ejemplo un tornero que tiene un saber sobre la obra, cierra la tornería y se queda sin laburo. Pero sigue siendo obrero, tiene un saber y un día lo contrata otra tornería y es otra vez empleado. Ahora un empleado (y ahí está la trampa semántica) solo es empleado cuando está empleado. No existe un empleado desempleado. Por eso está en la incertidumbre. El empleado será empleado mientras esté empleado.

Y la otra cosa es cuál es el motor del neoliberalismo. El neoliberalismo, una especie de capitalismo con turbina, un turbocapitalismo: la aceleración, la cosa de que la codicia no tiene fin, todo es especulado y todo es afán de lucro. Allí la figura del CEO aparece. Hace unos años ni sabíamos que era un CEO. ¿Qué es el CEO? En realidad lo que está simulándose es la figura del dueño. Entonces: dueño y obrero, los dos protagonistas de la lucha de clases, los dos tienden a desaparecer, ahora hay un CEO y un empleado. Estamos bien jodidos. Porque el CEO en realidad no es el dueño, no lo es exactamente, al menos. El CEO como una especie de cielo raso de yeso que tiene por arriba al dueño, que tal vez sean flujos de información -quién sabe de quién es la empresa, por ahí de un grupo de jubilados suizos por la mañana y por la tarde, no se sabe bien quién la compró-. El CEO como es su delegado también puede ser considerado un empleado. Entonces no puede tener piedad con sus otros (sub)empleados. Por eso la turbina del capitalismo se relaciona con la figura del CEO. El dueño puede mostrar piedad pero el CEO, ¿cómo puede tener piedad?, si no sabe nunca cuándo es suficiente ni quiénes son los dueños. El CEO sólo es CEO cuando cumple la función de CEO: impiadoso, afán de lucro al mango. Por eso el CEO es el que incorpora la autoayuda, es su necesidad para estar al máximo y para maximizar ganancias. Bueno, entonces perdimos esas palabras y ya no tenemos más dueños. Al dueño uno lo esperaba en la esquina y lo podía cagar a piñas, pero hoy en día no. Te la tenés que ver con un empleado como vos que está aturbinado, que tiene suplementos que lo convierten en un tipo especial y en un tipo sin piedad.

Daniel Santoro

Desgrabación de las palabras del autor para la presentación de Sombras Terribles en La Sede, noviembre de 2017.

En http://apologiadelanegrada.blogspot.com/2019/10/por-una-promesa-de-felicidad-insensata.html

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