-¿Recuerda el color que tenía ese humo?
-Negro
-¿Permitía ver?
No. Nosotros los que salimos, salimos todos arrastrados por el piso. Me acuerdo que me faltaba el aire.
-¿Y los bomberos?
Muy tarde los bomberos, ya había pasado todo cuando llegaron. Sacabamos cadáveres quemados. Si esas puertas estuvieran abiertas, no estaríamos ninguno muertos, los pibes que pasó el accidente.
-¿Usted intentó olvidar esto?
No puedo. Hay veces todavía me despierto cuando los pibes se lamentan. Hay veces. No digo todos los días. Pero a veces sí.

Angel Eduardo Quintana Ramírez está en libertad hace tres años. Pero todavía se acuerda lo que pasó en las horas previas al Día de la Madre de 2005, en la cárcel de Magdalena. La noche de la mayor masacre penitenciaria de la historia de la provincia de Buenos Aires desde el regreso de la democracia, estaba en el Pabellón del horror. Es uno de los 16 sobrevivientes del incendio en el que murieron atrapados 33 presos que tenían menos de 26 años.
Ese sábado, los detenidos estaban preparando tortas para esperar a sus madres. El sobreviviente, uno de los pocos que salió vivo del Pabellón 16 y aportó su testimonio decisivo, habla pausado y contesta con espasmos. “Yo vivía al fondo. Éramos casi como 50 personas. 16 pibes salimos vivos, salimos todos por el fondo. Rompe el pabellón de al lado, el 15, el fondo y los que vivíamos todos en el fondo salimos. Por adelante no salió nadie”, dice.

Cuenta que la requisa entró con perros y con itakas en medio de una pelea y empezó a disparar. “Mucho fuego, mucho humo. Eso era un infierno y todo era desesperación”, dice. El fuego había empezado en las primeras camas, a la altura de las duchas, en pabellones colectivos de 30 camas, que superpuestas eran 60.

A los 47 años, Quintana Ramírez tiene un cáncer en el estómago. Dice que le sacaron gomaespuma después del incendio que se inició cuando un colchón entró en llamas. Tiene quemaduras leves, atrás de la oreja y en el codo. A Quintana Ramírez lo habían calificado con conducta ejemplar (10).

En la Sala A, de la planta baja de un edificio antiguo, ubicado en la Calle 8, entre 56 y 57, la mayoría de los que escuchan el relato son miembros de las fuerzas de seguridad. Entre ellos, están los autores de la teoría del motín, la versión falsa sobre los hechos que fabricó el Servicio Penitenciario y se expandió desde el primer minuto para deslindar la responsabilidad de los uniformados.
Son los días de febrero de 2018, más de 12 años después, cuando se llega finalmente a tener a los acusados frente a la posibilidad de una condena. En el Tribunal Oral en lo Criminal N° 5 de La Plata, se juzga a los responsables de la masacre de Magdalena. Treinta y tres presos murieron envenenados por el gas de cianuro de los colchones de poliuretano de la Unidad 28, a 111 kilómetros de la Capital Federal, en pleno reinado de los derechos humanos, durante la gobernación de Felipe Solá. Después de un incendio en el que los guardiacárceles del servicio penitenciario, que ahora escuchan con desgano, decidieron cerrar la puerta a los que intentaban escapar. El caso no reviste interés y en las audiencias los familiares de los muertos son una minoría por momentos hostigada. Sin embargo, el juicio oral llega y se arriba también a una condena que, para las madres que ahora reviven el horror, tiene sabor a poco.

Pese al miedo, al paso de los años y al ánimo de revancha, los sobrevivientes que fueron testigos vuelven a contar lo que vivieron.
“Tengo que salir de acá”
“No me acuerdo los apellidos de ningún pibe. Hace muchos años que pasó esto. No recuerdo nada. Traté de olvidarlo porque ya formé una familia, no pensé que iba a vivir esto. Pero me citaron y vine porque hay muchas muertes y trato de explicar lo que me pasó a mi”. El que narra, muy nervioso, cómo hizo para dejar atrás lo que vivió es Juan Domingo Blanco Recalde. Cuenta que tuvo que ir al psicólogo, que entró a trabajar en una fábrica y que tuvo que renunciar al poco tiempo porque era “como un pabellón” y él estaba aterrado. “Fue difícil todo lo que pasé. Me pone nervioso todo esto, no pensaba vivirlo de vuelta”, repite.

Blanco Recalde relata ante el tribunal, los abogados de la querella y los miembros del Servicio Penitenciario los momentos desesperantes en medio de aquella noche. Él también estaba en el Pabellón 16, desde hacía uno o dos meses, en un rancho donde convivía con Pinino, el Mon y el Gordo Nico, “que en paz descanse”.
De acuerdo a los testimonios que figuran en la causa, el Gordo Nico había llegado
hace poco a Magdalena y fue uno de los internos que se enfrascó en la pelea que se inició alrededor de las 10 y media de la noche.

El día anterior, dice el testigo, uno de los internos le había dado una puñalada a otro y todo había quedado caldeado. Ese sábado 16 de octubre, un grupo quería sacar las mesas afuera para poder acomodar a las visitas para el Día de la Madre que todos esperaban. Pero un “No” ahí adentro es una discusión, explica.
La pelea había empezado del medio hacia adelante, donde estaban los pibes que manejaban la visita. Cuando se escucharon los gritos y vieron lo que pasaba, otros internos llamaron al Servicio en un intento inviable de que volviera la calma.
En 2005, el sobreviviente que ahora avanza con su testimonio tenía 24 años. Ahora con 36, recuerda que la policía entró a reprimir con balas de goma por la puerta de adelante. Que empezaron “a tirar, a tirar, a tirar” y que uno de los pibes decidió prender fuego para que no tiren más.

Los del Servicio entraron reprimiendo, reprimiendo, ellos entraron reprimiendo, como saben hacer siempre. Cuando se prende fuego, ellos salieron y cerraron. Sé que salieron, no sé si cerraron, no vi. Yo me tiré al piso y me quedé así, tratando de mantener el aire, y se escuchaba la desesperación de los pibes y…gritos, todos. Me quedé no sé dónde porque se cortó la luz. Todo fue tan rápido. Se apagaron las luces y quedó todo como un infierno: fuego, humo y oscuro. Me tiro en el piso y tratando de no gastar el aire para no morirme. Porque no sabía si salía vivo de ahí.

Blanco Recalde se quiebra y el tribunal le dice que se tome su tiempo si hace falta. “No, no, está bien, dejeme terminar, está bien, gracias”, responde.
Cuando el fuego se desató, el testigo tenía un buzo polina, una visera negra y una idea fija: no malgastar el aire. “Se escuchaban gritos del costado de la ventana y se escuchaba ‘acérquense a las ventanas, acérquense a las ventanas, la puerta de atrás está abierta, acérquense a las ventanas’. Y no se podía. Porque era tanto el calor, tanto el fuego, tanto la desesperación… y entonces alcancé más o menos con la última fuerza, el último aire que me quedaba, para ver si podía llegar a la ventana y salvar mi vida. Y cuando me arrimo a la ventana, me tiran un baldazo de agua fría, me tapan con una frazada los del pabellón creo que era 17. No recuerdo bien. Y me sacan por una ventana con una manta mojada para Sanidad, al Hospital San Juan de Dios”.
Ese día, Blanco Recalde pensó que se moría. “Tuve desesperación a morirme”, dice. Como si por momentos estuviera reviviendo la masacre de Magdalena, recuerda que se estaba quemando la oreja. Cuenta que tenía el calor en la nuca, que ya no le quedaba aire y que salió con el último suspiro. “Estaba casi desvanecido, casi desmayándome sin aire y siento el baldazo de agua, que era la salvación… que era una vida, era la vida. Cuando me tiran el baldazo, vivo y como que me desvanezco agarrado así, pero ya con aire porque tenía todo el calor y ahí es donde rompen los chicos la ventana de al lado y entran y me sacan. Me tapé y pensaba en mi hijo porque era padre de mi primer bebé y pensaba en él. Digo ‘tengo que salir de acá’, lo único que pensaba en ese momento, porque me esperaba mi hijo y mi señora afuera. Me faltaba un año y moneda para recuperar mi libertad”.
Relata que los internos que se acercaron hasta la puerta de adelante, pensando que estaba abierta, quedaron atrapados entre el fuego y la puerta cerrada.
Ya internado en el San Juan de Dios, le ardía todo del calor, tosía y escupía “todo lo negro” que había tragado en el incendio. Recién cuando le pusieron oxígeno, empezó a entrar en conocimiento de dónde estaba y de lo que estaba pasando. Más tarde, aceptaron trasladarlo a la Unidad 24, de Florencio Varela, que le quedaba más cerca de su familia.
La mayoría de los presos del Pabellón 16 murieron envenenados y fueron pocos los que quedaron vivos. El servicio penitenciario separó a todos los sobrevivientes. Para que no vuelvan a verse, para que no intenten recrear entre todos lo que pasó, para que no recuerden. Para que no hablen más. Para que el horror se muera adentro de cada uno de ellos.
“Ni un balde de agua tiraron”
Juan Santos Gamarra Aristide tuvo la mala suerte de ingresar al Pabellón 16 un día ante del incendio y la bendición de salir vivo. Había pasado dos meses detenido en el Pabellón 17 y tenía conducta ejemplar (10). A los 25 años, trabajaba en la cocina y estudiaba; estaba en primer grado.

Gamarra Aristide describe el pabellón y dice que era todo carpa, dividido con mantas colgadas, con frazadas. Cuenta que, cada dos camas, había una carpa y no se podía ver. Que estaban haciendo tortas con los chicos para homenajear a las madres, cuando de repente se empezaron a pelear. Que un rato después entró la policía por la reja con un montón de perros, tirando escopetazos. “Me tapé ahí con una manta, era un re quilombo, era todo escopetazo, los perros te mordían. Sacaron a un par de pibes arrastrando para afuera y a nosotros nos llevaron para un locutorio de máxima, a un patio que quedaba a menos de media cuadra. Me sacaron con otros pibes arrastrando por la puerta de adelante, estaba todo oscuro, los perros te mordían”.
El sobreviviente dice que el personal del Servicio Penitenciario no hizo nada para rescatar a los presos que se estaban quemando en el Pabellón 16.
“Estaba todo mojado y no podíamos decir nada. Les decíamos que habían quedado
pibes ahí. Les decíamos entre todos. No recibimos respuesta. Entonces, saltamos por arriba del techo y volvimos de nuevo nosotros, a entrar. La otra gente estaba en el fondo, salía humo. Cuando volvimos, todos mojados, encontramos que había un montón de gente queriendo romper la puerta de rejas de adelante con unos bancos para entrar al pabellón y sacar a los pibes. Se veía humo y se escuchaban gritos. Entre todos los empezamos a sacar a los pibes de a uno. Estaban todos amontonados, como una montaña. Eramos pibes de todos los pabellones”, recuerda.
-Personal del Servicio Penitenciario ¿había?
-Se veía uno por ahí. Estaba ahí entre toda la gente.
Empezamos a sacar, yo empecé a ayudar y agarraba a los pibes y se le salían los pedazos de piel, se te quedaba en la mano. Después yo dejé porque me descompuse, ya salía el olor del humo tóxico. Me quedé a un costado, me mojé un poco y me quede respirando un poco de aire. Sacamos de a uno, de a tres, lo que pasa es que eran pesados. Y los llevábamos afuera, al costado del patio. Después ya estaba lleno de pibes por todos lados. La gente del Servicio Penitenciario, estaba ahí, por arriba de los muros caminaban. Los bomberos llegaron después de que ya había pasado todo.

Confirma que las mangueras de emergencia no funcionaban, los matafuegos tampoco -los usaban para romper las paredes- y los presos cargaban baldes de agua de las canillas en busca de aplacar el incendio.
Hoy con 41 años, Ariel Emilio Lezcano se acuerda que era sábado antes de la medianoche cuando, en el Pabellón 18, empezaron a escuchar gritos. No sabían de qué se trataba hasta que un interno del Pabellón 17 rompió el candado de una puerta y salieron todos a socorrer a los que se estaban quemando.
-Cuando llegamos al pabellón, era fuego, humo, la puerta de entrada cerrada con un candado. Rompimos la pared del pabellón 16 con piedras grandes porque las mangueras no tenían agua. Rompimos la pared del costado, que daba al patio y
sacamos algunos chicos más pero ya estaban muertos.

-¿Qué hacía el personal del Servicio mientras tanto?
-Ellos no se acercaban. Estaban en Control, que queda como a 50 metros, se pasa por la puerta de la cocina, panadería y se llega a control. Eran calculo 40 vigilantes con escopetas, con escudo, esperando no sé, la orden de reprimir, la orden…desconozco cómo se maneja el Servicio Penitenciario. Pero querer llegar a socorrer no porque yo y otros chicos más nos encargamos de ir a pedir mantas para trasladar a los internos,

porque vos los querías agarrar y se te arremangaba la carne de la piel en las manos. Entonces, los poníamos en mantas y los llevábamos. Los apilaban en Sanidad y algunos más afuera, para el lado de una capillita que hay en la puerta de la Unidad. Eso no vi yo pero me lo contó mi madre, que estaban esperando la visita afuera.
-´¿Y los bomberos?
-Los bomberos miraban de arriba del camión amarillo 1114. No sé si por temor no se bajaron. Del portón a la curva debe haber unos 20 metros, miraron y pegaron la vuelta. No había agresión hacia ellos. No podías entrar en el Pabellón, no te dejaba entrar el calor y el humo tóxico. Hasta el momento que nosotros empezamos a sacar los quemados del pabellón no había gente del Servicio Penitenciario colaborando con los presos para sacarlos. Ni un balde con agua tiraron.
-¿Pero a usted no lo ayudaron con alguna manta?
-El personal no nos daba nada.
-¿Quién le dio la manta?
-¡Los presos del pabellón 11!. De parte del Servicio Penitenciario, no nos dieron una manta para sacar un pibe.

Presente perpetuo

Integrado por Isabel Martiarena, Carmen Palacios Arias y Ezequiel Medrano. El Tribunal Oral Criminal 5 de La Plata dictó tres condenas y decidió absolver a 14 de los miembros de las fuerzas de seguridad que afrontaron el juicio oral, acusados de abandono de persona. En la lista de los beneficiados, estuvieron la segunda jefa de Guardia de Seguridad Exterior, María del Rosario Roma y el encargado de turno, Jorge Luis Marti, que dispararon balas de goma contra los presos. También Cristian Núñez, Carlos Bustos, Mauricio Giannobile, Gualberto Molina, Maximiliano Morcella, Gonzalo Pérez, Juan Romano, Marcos Sánchez, Juan Santamaría, Marcelo Valdiviezo, Eduardo Villarreal y Juan Zaccheo.
Las condenas fueron para el jefe del operativo de represión, el responsable de la apertura y cierre de puertas por homicidio simple con dolo eventual y al jefe de la Unidad, por haber mantenido las pésimas condiciones de detención que derivaron en las muertes.
Reimundo Héctor Fernández a la pena de 25 años de prisión por homicidio simple y tentativa de homicidio simple cometidos con dolo eventual de los 33 detenidos que
murieron y de los dos que fueron rescatados. Estaba “a cargo de la unidad y dirigió el operativo de ingreso al pabellón con escopetas con municiones antitumulto junto a otros penitenciarios.
Rubén Montes de Oca, encargado de la apertura y el cierre de las puertas, fue condenado a 10 años de prisión. “Al retirarse del lugar les constaba el estado avanzado del fuego y las consecuencias del humo tóxico dentro del pabellón y sin embargo al salir dejaron encerrados a los detenidos que fallecieron a causa de la asfixia y altas temperaturas que había alcanzado el lugar”, dice la sentencia. A diferencia de la versión oficial que construyó el SPB, la descripción de los jueces llama la atención sobre la represión que se desató sin que se hubiera producido antes ningún motín.
El jefe de la Unidad, Daniel Tejeda, fue condenado a 5 años de prisión por estrago culposo. Prefecto mayor y pastor evangelista, Tejeda llegó a Magdalena con el orgullo de haber convertido a la Unidad 25 de Olmos en la primera cárcel evángelica del mundo y en busca de propagar su experimento. Fue considerado culpable de haber mantenido a los detenidos residentes del pabellón 16 en condiciones que provocaron que el incendio tomara la magnitudes que alcanzó la noche del 16 de octubre de 2005. “Sabiendo que la red contra incendio del módulo no funcionaba por falta de presurización (…) nada hizo para solucionar tal situación de peligro teniendo la obligación que el cargo del Director de Unidad le imponía”.

Pese al horror que describen los testimonios y a las absoluciones, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) considera que la condena es histórica. “Es la primera vez que personal jerárquico del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) es condenado por un hecho de este tipo y por las gravísimas consecuencias que derivan de una situación de sobrepoblación crítica”, afirmó en un comunicado el organismo que estuvo a cargo de la querella y el acompañamiento a Rufina Verón, la madre de uno de los presos que murió en Magdalena. Verón fue la única que llegó hasta el final con su reclamo de Justicia. Su hijo César Javier Magallanes, de 25 años, estuvo entre las víctimas fatales.

Para el CELS, las políticas que llevaron a que 33 personas murieran en Magdalena, no solo persisten: se vienen profundizando. “Hoy, el sistema de encierro de la provincia de Buenos Aires está colapsado: la política de encarcelamiento masivo ha llevado a un crecimiento histórico de la población y de la tasa carcelarias. El pabellón 16 formaba parte de un conjunto de cuatro módulos que fueron construidos en un contexto de emergencia del SPB, en 2004, y denominados por la propia administración como ‘módulos de bajo costo’. El actual gobierno provincial anunció como supuesta medida para mejorar el hacinamiento la rehabilitación de ese mismo módulo”.

 

Por Diego Genoud

Periodista político. Escribe en Letra P, Crisis y El Canciller. Escribió la biografía no autorizada de Massa. Trabajó en Perfil y Crítica de la Argentina. Hace un programa de entrevistas en radio, “Fuera de tiempo”, en FM Milenium. Nació en Baradero.