Buenas tardes. Gracias por la invitación a las y los compañeros, por el armado de las ágoras y el corte aquí en la calle Zelaya.

Quisiera comenzar preguntando: ¿Cuándo nos acordamos de que existen las comunas? ¿Cómo es que aparecen las comunas?  En este sentido, su aparición está signada por un número, a diferencia de los barrios que tienen nombres y que son nombres disputados. Yo, por ejemplo, vivo en un barrio que pertenece a esta comuna, el barrio de Once, pero el nombre de Once, son, a la vez, muchos nombres. Para las inmobiliarias el barrio de Once, no existe; dicen que venden inmuebles en Almagro o en Congreso. Les parece que decir Once es referir a una zona devaluada. Pero tampoco es nombre oficial; su nombre es Balvanera. Sin embargo, para quienes vivimos allí, Once es el nombre más vital; es el nombre que enlaza un tipo de circulación, una lógica de habitar las calles, el deseo de la mercancía más barata. En Once no están las mercancías del shopping, no son las del Abasto, son las que se despliegan por la tumultuosa existencia de los manteros. Once es el mundo de todas las lenguas, de todas las migraciones, de todas las capas de historia de la ciudad.

Cuando decimos comuna no parece que estuviéramos nombrando todo esto.  Cuando decimos comuna, nos resuena a algo más artificioso: a un número que enlaza varios barrios. Es una distinción política y un horizonte deseado.

Estamos a dos cuadras del abasto y del shopping Abasto y, estarlo, significa tener presente qué fue ese mercado, como decía Horacio, y cómo fue el proceso de conversión en shopping. Atender qué implicó en términos de recambio poblacional o como estrategia de gentrificación de esta zona de la ciudad; cuántas personas fueron desalojadas de los barrios aledaños para crear torres. Quiénes recuerden el Abasto durante las últimas décadas, quiénes lo recuerden en los años 90, antes de la creación del shopping, recordarán también esa otra circulación. Ese esfuerzo enorme de gentrificar el barrio (que fue el shopping, pero también fue el Konex, es decir, lugares a los que podemos ir a escuchar música, ver teatro) significó que algunos de sus habitantes dejaran de estar en el barrio para cambiar la lógica habitacional del lugar.

Estas memorias son las memorias de cada uno de nuestros barrios y contribuyen a que un barrio no sea sólo un conjunto de edificios. Hacen también a un modo de habitar esos edificios. Los barrios son también eso que llamamos intangible. Son un conjunto de palabras, son los modos en que los nombramos, las literaturas que los narran, las canciones que los cantan, el tipo de personas que en algún tiempo los habitaron, el tono del castellano del verdulero de la esquina, el modo en que los supermercadistas chinos empezaron a incorporar el castellano. Todo eso es cada barrio.

En este sentido, a los barrios los imagino como el corazón de las comunas; por eso las comunas son un horizonte político. Pero, ¿horizonte político de qué? De poder recuperar una autonomía y una capacidad de intervención de los asuntos públicos que la lógica centralizada del gobierno de la ciudad nos expropia sistemáticamente.

Cuando decimos comuna estamos deseando que el modo de gestión de los asuntos públicos no expulse al conjunto de los habitantes que hacen y crean valor en una ciudad, que desean vivir e inventar la ciudad, que no queden por afuera de la capacidad de dirimir qué hacer con el presupuesto, con las obras públicas, con las escuelas, las actividades culturales. De todo esto somos expropiadas en esta ciudad, porque, hasta ahora, lo que se viene llamando descentralización, es un modo completamente abstracto de poner nombre a una realidad inexistente.  Decimos comuna para nombrar algo que deseamos esté en el futuro.

Esa misma palabra, comuna, aloja y trae el aroma de una insistencia sobre el plano de lo común. El plano de lo común en una ciudad nunca es el plano de lo homogéneo  y menos en esta ciudad. Esta ciudad es absolutamente heterogénea. Recordarán todas y todos cómo quedó el mapa de la votación por comunas y por valor inmobiliario luego de la PASO.  Era muy impresionante. Allí donde el valor inmobiliario crecía el amarillo se intensificaba. Allí donde el valor inmobiliario bajaba, el celeste crecía. Pasó algo extraordinario: en la Ciudad de Buenos Aires en otras elecciones se votaba de manera homogénea, cuando la existencia de los barrios no es homogénea. Lo que se veía en ese mapa era casi un determinismo económico. Si se vive en un barrio caro, donde hay un gran valor de la renta inmobiliaria, se tiende a votar a un gobierno conservador, como el macrismo. En los barrios donde la propiedad está devaluada, pasa lo contrario. Sin saberlo, cada votante cumple el designio de la economía dura.

Pero me gustaría introducir ese otro plano que mencionaba y nos lleva a muchas y a muchos a pensar que podemos disputar esta ciudad aún en esas condiciones. Existe otro plano, otra materialidad, que no es sólo la del valor inmobiliario, y que refiere a la construcción de una memoria colectiva, de un conjunto de narraciones, de un modo de comprender la ciudad que significa una interrupción frente a esa otra lógica.

Estamos aquí en una calle, poniéndole palabra al pensamiento acerca de qué hacemos con la ciudad. Esto no es un hecho menor a la hora de pensarnos como habitantes. No es un hecho menor porque es un modo de reapropiación del significado de las cosas y de evitar la captura de las interrupciones. Me refiero a esa interrupción que hacemos muchas veces cuando marchamos, cuando nos juntamos con nuestres vecines, cuando inventamos nuevas formas de estar en las instituciones públicas, en las aulas, en los trabajos. Lo hacemos también cuando decidimos confrontar con otras imágenes de la ciudad, que no son sólo imágenes mercantiles, sino que son también imágenes completamente reaccionarias de lo que significa la composición poblacional de la ciudad.

En la semana de las PASO, un candidato a vicepresidente se le ocurrió decir que había que dinamitar las villas de la Ciudad de Buenos Aires y, para construir ese argumento, asoció el comercio ilegal de sustancias tóxicas con ciertas migraciones. Dinamitar significa producir un vacío allí donde hay un conjunto de personas inscriptas vitalmente en la ciudad.

No podríamos pensar la Ciudad de Buenos Aires sin esos asentamientos populares; no podríamos pensar el trabajo en la ciudad sin ese conjunto de personas que proviene de distintos puntos del país y de otros países. Esta ciudad siempre fue una ciudad migratoria  aunque al patriciado le cueste aceptarlo. No fue nunca una ciudad blanca como quisieron las elites. Esta ciudad siempre fue esa ciudad plebeya, compleja, hecha de muchas y muchas lenguas. Aun cuando en Recoleta se vote con ese determinismo económico, sabemos que la ciudad no es única y exclusivamente Recoleta o Caballito. Esta ciudad es otra cosa, es esa otra trama abigarrada de muchas formas de existencia.

Pero al mismo tiempo, quienes no vivimos en esos barrios populares muchas veces olvidamos que todo eso es efectivamente la ciudad y criticamos a nuestros vecines y al modo de ser porteños; criticamos a una ciudad que se cree blanca.  Recuerden cuál fue el escándalo que conmovió luego de las PASO a los medios conservadores de este país: que en la villa 31, donde hubo un proceso de urbanización, el macrismo haya perdido las elecciones. ¿Qué no comprendieron allí? Que las cosas no se jugaban tan sencillamente y que también había fuerzas en la vida popular que reaccionaban más allá de esas inversiones, más allá de los intentos de los gobiernos de readecuar esas vidas a los modos dominantes de la economía y de la política.

Me parece que somos nosotres los que sí tenemos que volver a pensar esa heterogeneidad de la ciudad, pensando en ese horizonte deseable de comunas autónomas.

En esta línea es interesante preguntarse qué hace una universidad pública como la UBA con esa realidad de la que es parte. ¿Se pregunta nuestra universidad si hay estudiantes que vengan de esos barrios, si hay estudiantes que lleguen de esas nuevas olas migratorias, si hay estudiantes que lleguen portando esas otras lenguas? ¿Se pregunta nuestra universidad si es posible seguir dando clases como si no estuviera en un territorio que está tan absolutamente marcado y tensionado por nuevas formas de habitar la ciudad?

Yo, en muchos momentos dando clases en la Facultad de Ciencias Sociales, tengo la impresión de que esas preguntas a les sociologues no nos aparecen ante la composición efectivamente real de nuestras aulas. No nos aparece la pregunta por quienes no están en las aulas. ¿No sería una pregunta que también debemos hacerle desde los barrios, desde las comunas a las instituciones tradicionales que son parte de la vida en común? Porque en las escuelas sí lo hacen y reciben estudiantes de cada oleada migratoria. Pero no la universidad. ¿Por qué la universidad debe seguir pensándose como la continuación natural de los colegios de las elites porteñas? ¿Por qué la universidad podría dar la espalda a los procesos de transformación social? Digo la universidad pero podría también decir todas las instituciones públicas que tienen a su cargo algo del orden de la producción de conocimiento y cultura de la ciudad. ¿Cómo pensamos los espacios culturales, los teatros de esta ciudad? ¿El Teatro Cervantes, el San Martín? ¿Cómo pensamos la sala Lugones?

El actual gobierno, modernizador y conservador a la vez, tiende a convertir todo en una mezcla de innovación y fachada, de apuesta vanguardista y de afirmación elitista de lo que llamamos cultura. Creo que esa apropiación de otro tipo de gestión de los asuntos públicos también nos exige considerar que esto que llamamos territorio y nos aparece casi como horizonte mítico de nuestra existencia, es el mundo que habitamos y como tal, no puede aceptar que su heterogeneidad sea sustituida por una ilusión de homogeneidad previa.

Queremos recuperar el país pero también queremos recuperar esta ciudad, recuperarla de los modos en que actualmente se gobierna con una idea de lo que es circular y habitar que no hacen más que encadenarnos  a las lógicas de la disciplina y de la mercancía. Recuperar la ciudad implica poner en juego otra imaginación pública, otras imágenes de qué es lo común y lo que es la vida en común; imágenes que surjan de las tramas sociales de cooperación, de alianza y de articulación ya existentes en la ciudad.

Parte de estas invenciones de lo común son las que ha construido y desplegado el feminismo durante todos estos años.  Es sobre esas experiencias de articulación y, al mismo tiempo, de reinvención formidable de lo común (es decir, de reinvención del modo en que se presentan los cuerpos) que el deseo circula y se reconocen las personas entre sí. Es sobre la base de esas imágenes que podemos componer, creo, una imaginación pública capaz de disputar el futuro. Una imaginación pública que sea capaz de oponerse a esa ilusión de una ciudad que se cree blanca y homogénea, que endiosa a la mercancía y que pone, como dijo Horacio, a la policía a resguardar ese orden mercantil. Una imaginación que surja de las condiciones más abigarradas de la existencia y al mismo tiempo de las más fervorosas afirmaciones de un futuro distinto y más libre respecto de nuestras vidas

María Pía López

Fotografía: M.A.F.I.A.

Desgrabación de las palabras de la autora en el marco del Primer Encuentro de Pensamiento Crítico Comunal “Que es el Ser Comunal”

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