Lo popular se funda en el exceso. En lo que sobra, lo que está de más (los que están de más), en el descarte del (in)estado neoliberal. Pero también en el exceso en tanto lo que falta (y resta), lo impensado, lo que supera/excede incluso a la propia auto percepción, la propia vivencia del pueblo. Lo que está de más, el exceso, pues, tiene un doble carácter: es aquello de lo que podría y debería prescindirse para el normal funcionamiento de la máquina neoliberal (en términos económicos, pero también políticos, sociales, simbólicos), aunque también es aquello que amplía el orden de lo “razonable”, de lo que la circunspección burguesa soporta, tolera, de lo que la razón neoliberal abjura por principio, pero sobre todo por temor. Es decir, los que están de más, “los que sobran” (Chile enseña), el exceso, como una potencia indómita, por tanto necesaria de controlar, o mejor aun, de generar las condiciones para su auto control. He allí, el sujeto endeudado: por su culpa, por su gran culpa.

El exceso es la expresión político-estética de lo popular. Y tendrá en el “arrojo” su forma ética (de la) política (1). El arrojo, como gesto excesivo, sacrificial. Como fundamento de la política entendida desde el cuerpo, como una política de y con los cuerpos. El arrojo lo contrario del recato, de la corrección. Como modo excepcionalista, performático (fundamento) de la política, de lo político.

El exceso, tendrá a la plaza, a la marcha, a la calle, como su territorio de expresión. Al aire libre, y sin límites precisos. Cuando la política se entiende y practica en ámbitos cerrados, la cosa se obnubila (en tanto perdida del sentido de realidad) o se aburguesa (un statu quo aniquilador de toda vitalidad) En ambos casos el “desmadre” es tanto lo abjurado como la consecuencia inevitable. En la calle, el desmadre es lo propio, la «naturaleza» de las cosas, la cosa (incosificable) de lo popular, de la cosa popular, del pueblo.

A contrapelo del intento de fetichizar lo popular, tanto desde el goce pérfido de las derechas -políticas, mediáticas, jurídicas- como de la especulación de los iluminatis -“al pueblo se lo usa”-, la calle expresa el estatuto intrínseco, característica y potencia del pueblo. El exceso, el arrojo, el desmadre, lo que se va de cauce. Lo que la conducción pater/maternalista no permite, pero popularista regula, entiende necesario. Para que el piberío se haga hombre, mujer, devenga lo que sea, pero que se vaya de casa, de abajo de la falda, del lompa, pero para que vuelva, cada vez que estemos de fiesta, nos, los cosos, siempre de (al) lado.

El exceso, en tanto forma de vivir la política, como alegría, como felicidad, como epifanía sublimatoria. Una alegría incapturable por estudio de marketing alguno. La de exhibir, enrostrar, vivir, las pasiones sin tapujos: panzas, choris, sudor, abrazos, baile, besos. Amor. Pasión y expansión de lo que late, lo que vibra, lo que se pliega y vuelve a plegarse. Barroquismo del barr(i)o eterno. Todo lo que la corrección burguesa, de cuerpos y gestos disciplinados, abjura y condena, el exceso (de lo) popular lo revierte en potencia, tanto afectiva, sensible y afectante, como política: cuerpos reunidos reconociéndose en su poderío. Y una cosa por otra. Del prurito temeroso y prejuicioso, liberal (y) burgués, de la pasión como excepción (Sarlo) al apasionamiento como norma fundante y militante (Selci)

Potencia, afectividad y política, tríada anti cartesiana. Que en nuestras tierras se entrevera con liderazgos, siempre circunstanciales: productos y condicionados de y por la fuerza popular. Reconfigurando la sentencia/pregunta spinoziana por la potencia del cuerpo, en «lo que puede un pueblo». No necesariamente como unidad cerrada que remitiría solo a la fragmentaria y diseminada multitud como lo abierto. Una discusión noventosa que retorna en neo autonomismos cuasi cómplices, cuasi cobardes, de y por pensar a las fuerzas populares, en el neo imperialismo neoliberal, desde lo micro (uf) o la no institucionalidad como norma deseable (uf uf)

Lo que pueden los cuerpos, pues, en tanto pueblos. Ya que el pueblo, aquí y ahora, “es” lo abierto. Y si lo es, lo es por que se expresa en y por lo que lo excede. Incluso a sí mismo. Es pueblo, de hecho, lo que no conoce los límites de su accionar. Lo sabe, lo sabemos de la inacción (cómplice, cobarde) o de la circunspección a experiencias microscópicas o de consumo (por izquierda, por derecha). Expandir, en cambio, un derecho, se «sabe» donde comienza pero no donde termina. He allí la potencia libertario-institucionalista (el mentado anarko peronismo, más como praxis que como dogma, claro está), la fuerza indómita de un pueblo en tanto apertura experiencial (a/de la) política.

El exceso también se expresa en deberes que exceden a prori los conocimientos y capacidades del líder. Incluso los conocimientos en torno a su capacidad. El líder, al contrario de lo que suponen lxs liberales antipopulistas, y los iluminatis fundamentalistas del autonomismo (lo que en algún punto son lo mismo), se inventa en el acto de liderar al pueblo. Algo de él es/debe ser un plus desconocido, previamente, incluso para sí mismo. Aun más, si no pone en juego ese plus, si no se (lo) despliega, no terminará estando “a la altura de las circunstancias”. Una altura que es ética, que se funda en el riesgo que implica el arrojo, el de un desmadre empático. Y sino deviene otro, un plus-valor que excede lo que era, no estará en sintonía con el pueblo que pretende liderar. Que así lo requiere, arrojado, que así lo necesita, conmina, compromete, parte excepcional/espectral de sí. Volviéndose entonces un inepto o un déspota, y en ambos casos: inmanejando al pueblo, descuidándolo, deshonrando el estatuto otorgado. Siempre a préstamo. Siempre a cobrar (con el honor, con el olvido)

El pueblo hace (debe hacer) de su compromiso ético, una política excesiva, incluso, de un exceso de sí. Una apuesta. El pueblo es siempre más de lo que cree de sí. De lo que le hacen creer. Cuando se lo empodera su potencia es lo que lo transforma todo, incluso/sobre todo al líder. Tal mutación conjunta es la que construye los hitos históricos. Los momentos de quiebre. Pero cuando el líder, la facción gobernante, cree estar más allá del pueblo; o cuando los fantasmas asuzados exceden la materialidad e incluso los sueños existentes: el pueblo lo defrauda (es decir, se defrauda a sí mismo) y va por más de modo ficticio (como por ejemplo creer en la necesidad de un cambio, por ejemplo el de soñar con ser empresarix)

Lo antipopular también tiene excesos y se funda en ellos. Tiran manteca al techo, tiran corderos desde el cielo, cometen “excesos” en su autodefensa, en la seguridad que siempre requieren (tener y no compartir lo que se hace desear tiene su costo) El exceso en el consumo, en el uso de la fuerza, puede pensarse como una recuperación aristocrática que el neoliberalismo propició no solo entre los que “pueden hacerlo”, sino a aquellos a los que “no les da el piné”, pero que lo aplauden o aceptan como referencia de “buena vida”. El que puede darse los gustos en vida (morfar manjares, tener un ejército privado) tiene que dárselos. Y que en tal caso y como mínimo, el gobierno de turno, me mate chorros por la espalda, se exceda por mí, el resentido, que no puedo y no tengo ganas (aunque siempre presto estoy en algún linchamiento -como picadito- que se arme)

Qué diferencia hay pues entre estos “excesos” y los que estamos caracterizando de populares. Según lo que viene diciendo Daniel Santoro(3) últimamente, al menos los que refieren al consumo, ninguna. Ya que lo que habría que hacer es democatizarlos, que todos comamos cordero, que todos tiremos manteca al techo. Aunque el horizonte de democratización del goce santoriano, donde el exceso sería la expresión de la libertad y la justicia, es utópico y sólo en su explicitación radical (expropiación de tierras, por decir) puede devenir topográfico, existente. Expandir el consumo limitadamente es una bomba de tiempo (así nos lo enrostraron) Ante la celebración de lo graso, como aquello que excede el buen nutrir (la grasa militante, los grasitas), donde se expresa lo excesivo como una forma de goce, de apología a lo indebido del disfrute popular. Ante ello se presenta como “novedad” lo magro, lo austero también como una forma militante popular. Encarnada por Axel Kicillof (en auto austero, cuerpo magro, precisión técnica) y teorizada por Damián Selci (y su teoría de la militancia(2)) Habrá que ver.

Así todo, sea la opción popular grasienta o la diet, la superación/discusión con el neoliberalismo, requiere además de un rigor político-militante cuasi obsesivo (Bolivia nos informa), estar preparado para lo inesperado, aquello que sobrepasa, excede los límites de nuestra acción cotidiana (dijimos, el exceso no solo es expresión de lo popular). Es decir, desplegar con fuerzas (nunca del todo excesivas) nuestras posibilidades de “defensa de sí” (deriva resistente del que está en inferioridad de condiciones, de un “cuidado de sí”, más vinculado al individuo auto conciente, liberal). Abrir las puertas del averno burgués, otorgarle derechos a la negrada, que desplieguen sus excesivas formas (le das la mano y se toman el codo); no es posible sin el riesgo de despertar el (televisivo) deseo de arrancar el problema de raíz. Algo que no puede hacerse sin la necesidad de estar alertas, y armados. Y “estar armado”, en el habla cotidiana, es (también) estar y sentirse fuerte ante algún avatar que advenga. Bueno, eso.

Por Sebastián Russo

Fotografía: M.A.F.I.A.

 

1Ver “Para una ética del arrojo. Crónica de un acto/un actuar peronista” https://lateclaenerevista.com/para-una-etica-del-arrojo-por-sebastian-russo/

2Ver El estofado militante. Notas para una Imagen-conducción. Sobre/a partir de Teoría de la militancia de Damián Selci https://publicaciones.unpaz.edu.ar/OJS/index.php/ic/article/view/504

3 Ver Una promesa de felicidad insensata, Daniel Santoro. http://apologiadelanegrada.blogspot.com/2019/10/por-una-promesa-de-felicidad-insensata.html

4 El autor agradece a Natalia Torrado y Julieta Luque por las lecturas y comentarios sobre el texto.

 

Este texto es parte del dossier “Qué es un pueblo

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