Jueves 26 de marzo de 2020, son las 9 de la mañana, las calles se ven vacías y el sol se eleva entre las estructuras de ladrillos de monobloc por encima del barrio de Barracas; el silencio se hace notar, pues, si hay algo que nunca identificó a este barrio fue el silencio, pero ahora se debe a que todos están descansando, porque la noche fue larga: algunos recién están conciliando el sueño con la excusa de no ir a trabajar, muchos se tomaron la noche para relajar un poco y hoy el día será para descansar.

Pasé a comprar el pan, ahí a unos 100 metros está la panadería, el precio sigue igual, contrariamente al kiosco, aquí, ya se nota un poco el abuso; la suba de precio de la gaseosa hizo que la dejara en la heladera y vaya hasta el almacén que está a la vuelta, ahí todavía sigue igual; volví camino a casa y me crucé con un alumno, soy profesor de cine en la villa, y ambos nos lamentamos por suspender las clases de los sábados. Hablamos un largo rato sobre el futuro y cómo encararlo, me contó que en su casa la cuarentena es dura, porque viven en una casa de 6×6 y son 4, la televisión no basta para entretener, hace calor y el techo de chapa está a centímetros de las cabezas; por eso, de a ratos, salen a respirar un poco de aire para luego volver a encerrarse, este problema los sufren todos en este barrio, para mi también es difícil, agradecemos a internet y al cable por algunos contenidos audiovisuales y artísticos, pero a esta altura no es suficiente, menos para las personas hiper activas que solemos ser algunos; los mates y el truco también matan un poco el tiempo; nos despedimos, el saludo es a la distancia, algo muy raro para nosotros que acostumbramos a darnos tremendos abrazos -hoy es todo más simple- y, evitando el contacto, dejé a ese alumno; a brazos tendidos saludé a lo lejos a un vecino desde la otra vereda, mientras caminaba, imaginaba el afiche de la película SOY LEYENDA de Will Smith , desolado y en silencio; en la entrada de mi casa me limpié los pies con un trapo humedecido con lavandina y jabón tendido en el piso y fui a una canilla para lavarme las manos; mi esposa me advirtió sobre el enfriamiento del plato de fideos con tuco servido desde hacía unos 5 minutos.

A las 15 hs, yo acabo de almorzar, el sol brilla como en enero sobre los techos de chapa de la villa Zavaleta; la villa comienza en la avenida Amancio Alcorta y está encerrada por las calles Luna y el Riachuelo y, por el medio, es atravesada por la avenida Zavaleta -es ella quien divide un barrio de otro-; por un lado, al oeste, permanece y crece constantemente la villa Zavaleta, con exponentes construcciones que van cambiando día a día las matices visuales del horizonte; del otro lado, al este, la villa 21/24 y tierra amarilla, también conocida como la ex Alegre pavimentos, empresa de la familia Macri que funcionó aquí hasta fines de los 90: allí, habita una colectividad paraguaya donde el 80% de los habitantes provienen de ese país vecino y conservan bastante la cultura y costumbres guaraní.

Asomado desde el balcón de mi departamento, piso 3 del edificio 8 a la altura 3700 de la avenida General Iriarte, el balcón mira al norte y hacia el centro de la ciudad; puedo ver algunos techos oxidados y algunas terrazas con improvisadas parrillas; de fondo, trasciende un predio grande de la empresa CEAMSE donde se realizan los reciclajes y se compactan toneladas de residuos de la ciudad todos los días, es el único lugar que no ha cambiado su silueta en estos días; los camiones hacen largas filas para descargar como todos los días, y más allá, a unas 8 cuadras, se ve el edificio de vidrios lujoso de legislatura de la ciudad de Buenos Aires en Parque Patricios.

Del otro lado, al sur, nada se ve igual; sobre Av. Iriarte al 3700, en los días normales, se ven a cientos de personas caminar de un lado a otro, los negocios, kioscos, almacenes y panaderías siempre abarrotados de clientes; hoy, este panorama no está, no se ven los peatones, sólo algunos que se cruzan de manera acelerada; este luck también afecta a la ranchada, está vacía y quieta, se ve sólo la carpa de camión puesta con una cuerda de un árbol a otro flameando por la inercia del viento; no están ni Quique ni Ariel, tampoco esta Arroz con pollo, así lo llaman cariñosamente los pibes, ni el Carlitos, ni a los melli se los ve al costado de la parrilla tragándose el humo, tampoco suenan los charros a todo volumen en un parlante desconado como siempre se escuchaba.

El panorama es desolador y triste, hoy jueves ya pasaron 7 días desde que se dictó la cuarentena obligatoria dispuesta por el presidente de la nación Alberto Fernández, con intención de frenar un desastre inminente que parece no tener fin en todo el mundo.

La abuela que vive a 70 metros de la avenida, en el pasillo 30, es abastecida por trabajadores de un comedor comunitario ubicado sobre la avenida Iriarte al 3750, lo de Nely se llama el comedor y hace alusión a su fundadora, allá por los 90; pero la abuela no es la única, ella recibe un tupper de comida a través de las rejas de su puerta principal que da al pasillo, pero en el patio del comedor de Nely, se ve una larga fila de personas, cada una con su pocillo o plato, todos tienen la esperanza de llenarlo con un poco de comida, se amuchan, se amontonan y pelean su puesto en la cola; el olor a guiso de lentejas, parece ser más importante y está por encima del temor a contagiarse con este virus que hoy nos mantiene en vilo a todos; para estas personas, seguramente para varios de ellos, será el único plato que recibirán este día, lo sé, porque llevo años viviendo aquí y comprendo que muchos no tienen otro sustento; algunos pueden cartonear, otros hacen changas de albañilería, plomería etc., pero en la cuarentena nada ingresa en estas precarias casas; la esperanza está, sobre todo después del anuncio del presidente sobre una ayuda económica para este sector, pero mientras tanto, la olla de Nely no descansa y vuelve a hervir una y otra vez sin parar; con aporte de la ciudad y de alguna empresa privada, Nely puede seguir con la hornalla prendida el día de hoy aunque, -“si esto sigue no sé qué va a pasar”, lo dice con preocupación-. Así como Nely, hay otros comedores que también están abarrotados, atendiendo a un barrio en donde habitan más de 45.000 personas y que transitan todas ellas la misma condición cotidiana de vida.

También están los privilegiados, así les dicen a los tantos que lograron el objetivo de ser contratados por la empresa recolectora de residuos, donde tienen un trabajo fijo y un sueldo bastante aceptable, dentro de lo posible, todos los meses; muchos en la villa TRABAJAN EN LA BASURA, así se los denomina en la jerga villera a estos empleados que, desde muy temprano, circulan apresurados con sus uniformes gris oscuro marcados con una franja refractaria

El sol cae, la tarde parece eterna, una periodista habla en la televisión que permanece colgada en la pared del comedor de mi depto, ya van más de 500 infectados en la Argentina y 8 muertos por el coronavirus, -“¡hay bondi!”- interrumpe desde otro balcón una voz femenina; la señora salió a ver porque escuchó gritos y un gran bullicio, “los pibes otra vez”, descargó su voz acompañando su dicho con un gesto negador; me asomo para anoticiarme de lo que acontece afuera, efectivamente, la barra de pibes discute sobre algún problema del cual no se logra entender por el lio de voces; a ellos los conozco, están siempre en la esquina y son una decena o más; muchos de ellos menores, seguramente alguno de ellos se dedique a actividades ilegales, o quizás todos ellos, es por eso que de repente una docena de efectivos de la prefectura naval arriban a bordo de 3 patrulleros y bajan portando grandes armas de manera sorpresiva en el lugar; los pibes se dan a la fuga esparciéndose por los pasillos, -difícil fue para uno de ellos, ya que tuvo la mala idea de estar en ojotas y eso complicó su rápida huida aunque pronto decidió quitársela y emprendió una carrera en dirección sur mirando al riachuelo, perdiéndose en un pasillo vacío de la villa Zavaleta mientras era avistado por una perra y su cría que descansaban en un escalón justo a la entrada de ese pasillo-.

Los vecinos del edificio o núcleo habitacional de Zavaleta, salen a los balcones y, con unas carcajadas, comentan lo sucedido; seguramente en otros barrios, este sería un tema que daría charla por varios días a los vecinos, pero aquí no, nadie se sorprende, esto es habitual en la zona y todos lo toman como algo normal; ocurre este tipo de casos con mucha frecuencia, aunque hoy, es la primera vez desde que se inició la cuarentena y seguramente muchos vecinos lo tomaron como un entretenimiento para amenizar el encierro cuarentenal, lo confieso, tanto que me siento a escribir después de 3 horas de lo ocurrido.

A la noche, se ven a los prefectos recorrer la zona, hay varias garitas o puestos de prefectura en todo el lugar, la denominan cordón sur y están en esta posta desde 2012 aproximadamente.

La solidaridad se nota y es fundamental aquí, eso explica por qué Beti, la mamá de 4 chicos menores, sale de la casa de una vecina que vive a 3 casas de la suya en el mismo pasillo, con un frasco con aceite: una contribución para completar la elaboración de las tortas fritas, -se me ocurre que es esto, por el aroma a fritura deliciosa que entra por mi ventana-. Muchos recurren a los supermercados durante el día a abastecerse para quedarse luego dentro de su casa, el acatamiento a la cuarentena es casi en un 80%, algunos jornaleros se ven obligados a salir a buscar suerte; CRISTIAN es un chico conocido porque se dedica a golpear las manos en las casas y ofrecer su servicio de tirar la basura, lo hace por un pedazo de pan o unas monedas para el paco, lo dice sin resentimientos. PAN CASERO es el apodo de un abastecedor de ese alimento, su economía depende de las meriendas en el barrio, además de pan, también vende churros y bola de fraile, se ve obligado a salir y probar suerte, aunque lo hace día por medio, tiene miedo de contagiarse, él y su familia. EL HUEVERO viene en su bicicleta, con su camiseta del club Independiente de Avellaneda del año 94, en estos días sólo entrega pedidos especiales, pero, si sigue la cuarentena unos días más, “tendré que salir a pedalear y llenar la alacena de nuevo” dice y con la mirada perdida hacia el horizonte se sube a su bicicleta y se aleja.

Doña Eva limpia el comedor de Nely a cambio de la comida y otras señoras del barrio ofician de cocineras y mozas por el sostén diario para sus familias en el mismo comedor y en otros.

En general, el barrio espera que se termine pronto esta cuarentena, muchos entienden el riesgo y otros tantos lo ven como un obstáculo más al cual hay que atravesar; es difícil que en este lugar, esta temática o problema mundial, llegue a ser un tema tan preocupante como el de llenar el plato todos los días, “yo lo dejo al azar” dijo Julio, un vecino que hace trabajos de plomería, “si me toca, me toca”, dice entre carcajadas ironizando un poco la situación, “hay que trabajar para comer”, termina con un suspiro mientras se mete en su casa de nuevo y cierra la puerta

La solidaridad como base, a esta altura se habla de un viaje al mercado central, “una compra por mayor sería lo ideal”, discuten otros vecinos de Zavaleta, se compra una bolsa de papas y se reparte entre varios, “porque acá se zarpan con el precio”, así, la zanahoria y el resto de las verduras y frutas serían un poco menos costosas con la unión de fuerzas.

Las ideas van surgiendo y el barrio se adapta a un tiempo difícil, se reinventan las costumbres, los grupos que reían y hablaban hasta altas horas de la noche mientras tomaban cervezas en lata en la entrada del barrio, hoy no se ven, los prefectos son muy aplicados a la hora de hacer cumplir este decreto que prohíbe salir de casa sin justificación; los vecinos ayudan y parece ser que por primera vez estamos todos del mismo lado, y todos comprendemos la importancia de la unión ante un enemigo que no se ve, pero que sin duda se hace sentir cada vez más y causa temor e incertidumbre en todo el mundo.

Son las 21:40 hs, desde el fondo, un niño de 9 años me aclama, es mi hijo Axel, está haciendo la tarea que le enviaron online a raíz del cese de clases dispuesto por este mismo decreto sanitario para combatir la pandemia; por eso, y para terminar, mirando a lo lejos por el ventanal, la noche parece quieta, las luces son relucientes en toda la ciudad, pero, el silencio sigue intacto, y así seguirá por varios días, mientras aquí y seguramente en todo el mundo, todos esperamos despertar, y que todo haya pasado, que el fútbol siga en las canchas, los niños en las escuelas, los trabajadores quejosos trabajando, porque cuando esto se vea en las calles, significará entonces, que la cuarentena ha finalizado, que la pandemia fue derrotada y hoy solo es una historia más, al igual que tantas, guardadas en las páginas de unos gruesos y amarillentos libros, cargados de polvo y recostados en la estantería de alguna biblioteca.

Fabian Benitez

Director de cine y facilitador artístico

Fotografía: M.A.F.I.A.