Se me aparece igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti se sienta,
y a tu lado escucha absorto
mientras hablas con placer
y encantadora ríes. Lo que a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba
pálida estoy, y apenas distante de la
muerte me siento, infeliz.
Safo de Mitilene

Limbus fue durante mucho tiempo para la Iglesia Católica una frontera del Infierno, un interludio, un borde, un sitio lindero, un tiempo marginal o un estado intermedio en el que se encontraban las almas de los niños pequeños muertos antes de tomar bautismo. Esos niños no habían tenido, por la brevedad de su vida, siquiera la posibilidad de pecar, pero cargaban, como todos los seres humanos, con el pecado originario, lo que no resultaba suficiente para asegurar ni el Infierno ni el Paraíso.

Según otras interpretaciones, a esas orillas del Infierno iban las almas de todos los justos, de los no pecadores, que no habían recibido bautismo. El bautismo, precisamente, limpia para los cristianos esa culpa originaria que se propaga, se contagia, por nuestra mera existencia en el inicio de cada vida.En su contigüidad eterna, el limbo nos es tan imposible de aprehender como un instante, un tris, un santiamén. He visto decenas de cerámicas antiguas que intentan atrapar el momento exacto, diminuto, imposible de medir, en el que Menelao perdona a Helena tras la Guerra de Troya: su espada todavía en el aire entre el suelo y la mano abierta que acaba de dejarla caer, el cruce de sus miradas, la postura de Menelao, que indica que acaba de detener un avance agresivo hacia ella, y el gesto de Helena, todavía casi de espaldas a él por la huída que recién, se adivina, ha interrumpido, pero prestando ya su rostro para que esa mirada se produzca. Es natural que ese instante haya obsesionado a los ceramistas griegos, pues en esa porción inasible de tiempo, en ese momento ínfimo, entre esos dos que se miran se contagian pasiónes que se imponen sobre diez años de guerra y dolor en Troya: el amor, el perdón, la reconciliación.
Ante esas imágenes, no puedo más que preguntarme si Edipo no se habrá arrancado los ojos para no contagiar a otros sus pasiones perversas, aunque para griegos y latinos la imagen más frecuente es la flecha lanzada por Eros. Los ojos, sin embargo, fueron en otras épocas también pensados como la vía por la que se propagan las pasiones amorosas. Para Petrarca, unos pequeños espíritus -los spiritelli- transitan desde los ojos del amado a los del amante, imprimiendo la imagen del amado en el corazón del amante. El oído, sin embargo, no se queda atrás: Ovidio, por mencionar un caso, considera que las palabras y gemidos de pasión son armas poderosas para provocar la excitación de la pareja.
En 1897 Durkheim publicó su estudio sobre el suicidio, donde afirmaba que se podía estudiar como un hecho social, y que algunos suicidios eran contagiosos. Él mismo narra dos casos de contagio: “En las epidemias […] es frecuente que los suicidios se parezcan con la más asombrosa uniformidad. Diríase que unos son copia de los otros. Todo el mundo conoce la historia de aquellos quince inválidos que, en 1772, se ahorcaron sucesivamente y en poco tiempo de una misma percha situada en un pasillo oscuro del local. Suprimida la percha finalizó la epidemia. En el campo de Boulogne, un soldado se disparó un tiro en la cabeza en una garita. En pocos días hubo varios imitadores en el mismo sitio. Cuando se quemó la garita, el contagio se detuvo.”
La ciencia contemporánea explica que la risa sea contagiosa recurriendo a unas neuronas, llamadas ‘espejo’, que ocasionan que, quien ve una sonrisa, sonría. El 30 de enero de 1962, en una escuela para niñas de Tanganica, un Estado de África que ya no existe, tres niñas comenzaron a reír. La risa se contagió hasta afectar a 95 de las 159 alumnas de la escuela. Los síntomas duraban hasta dieciséis días. La escuela se vio obligada a cerrar el 18 de marzo de ese año. La risa se contagió de alumnos a familiares y luego a pueblos vecinos, donde algunas otras escuelas también debieron cerrarse, y afectó a miles de personas. Según algunas fuentes, el fenómeno se extendió durante dieciocho meses y se extinguió solo.
En 1518, en Estraburgo, una mujer, Frau Troffea, comenzó a bailar descontroladamente en una calle. Un mes después, se habían unido a su baile unas 400 personas. Un número desconocido de esos bailarines murieron de ataques al corazón, derrames cerebrales o agotamiento. Documentos de la época exploran diversas teorías para explicar este suceso extraordinario.
En 2015, una marca de café colocó carteles interactivos con sensores de movimiento en una estación de subte en Brasil. Cuando alguien se acercaba, la pantalla mostraba a un actor bostezando, y luego el texto: “¿Has bostezado también?”, con una invitación a tomar el café publicitado. La campaña se hizo famosa porque los bostezos se contagiaban a la mayor parte de los transeúntes de la estación.
El pecado originario, las pasiones, el suicidio, la risa, el baile histérico y los bostezos parecen no tener nada en común. Sin embargo, todos son fenómenos que percibimos como involuntarios y que se contagian. Lo mismo, como resulta obvio, sucede con muchas enfermedades. El contagio, la propagación, la transmisión tiene algo de incomprensible, de misterioso. Es lo que está entre, un suceso necesario en un encadenamiento de eventos, pero invisible, secreto, sigiloso. Quienes asisten a una representación de comedia viven unos momentos en el paraíso de la risa, mientras los espectadores de tragedia sienten rodar las lágrimas por sus mejillas, ¿pero cómo la comedia o la tragedia transmiten, contagian, la alegría y el dolor?

Gorgias ya dejó planteado explícitamente el asunto refiriéndose a la poesía (que incluía los géneros teatrales) en el siglo V: “a quien la escucha le invade un estremecimiento lleno de temor, una compasión bañada en lágrimas y un anhelo nostálgico, y frente a venturas y desgracias de acciones y personas ajenas, el alma sufre un sufrimiento peculiar por mediación de las palabras.“ Sin olvidar lo que de impenetrable tiene el contagio, quisiera referirme a otro fenómeno en el que que se adivina su presencia, en el que sospechamos su rastro: el sentido. Miro ahora los caracteres que tipeo en la pantalla de mi computadora, recuerdo unas palabras que me dijo mi hija hoy a la tarde. A través de la vista o el oído se me contagia algo: la consulta sobre la tarea del colegio, el intento de descifrar en estas líneas asuntos que no entiendo. A veces eso que me llega como escritura o como palabras escuchadas se traduce inexplicablemente en un significado efectivo: el profesor de literatura quiere saber cómo son los personajes de Un mundo feliz; yo no logro entender cómo mi hija, el profesor de literatura y yo mismo nos hemos comprendido. Otras veces, al contrario, las palabras no logran traducirse, la comunicación no se produce, no hay contagio. Vernant afirma que los agónes, las discusiones, entre personajes en la tragedia griega se producen entre dos posiciones “impermeables”. Los personajes usan las mismas palabras, pero les otorgan otros significados, incluso a veces opuestos. Sus ideas están organizadas de modos antagónicos. Las palabras van desde uno hacia el otro, pero no se comprenden. Son diálogos entre sordos, o bien no hay nada realmente entre. El sentido no se contagia. La consecuencia de la incomunicabilidad es la caída en desgracia; la violencia. Aunque la violencia, también, puede producirse en el interior de la comunicación: me pregunto cuán parecidos son los modelos de circulación viral y los de circulación de injurias.
Me sorprende constatar que el contagio de los sentidos de una lengua es lo que delimita una comunidad. No hay nada entre un chino que me habla en su lengua y yo mismo: no sé una palabra de chino. Podría aprenderlo. Eso permitiría cierto contagio. Nada comparado con la carga viral de la lengua materna. Si quisiéramos rastrear, entonces, el enigma del contagio del sentido, una posibilidad es avanzar hacia lo intraducible de una lengua: las expresiones idiomáticas, o la poesía, y sobre todo la poesía que construye sentido como canto, o a través de juegos fónicos. En el corazón de nuestra lengua cotidiana popular, no en vano se han denominado argentinismos, viven expresiones como “joya” o “nunca taxi”. Naturalmente, cualquier compatriota podría ensayar una explicación que las hiciera comprensibles a un extranjero, pero sería solo un sucedáneo del contagio del sentido entre hablantes naturales. Nunca un hablante de otra lengua podría experimentar el contagio instantáneo, contundente y lleno de texturas que le sucede a un hablante nativo de nuestra lengua al escuchar esos términos comunes en una infinidad de contextos. Y digo le sucede, porque el contagio de sentido, la comunicación, o bien sus contrarios, los diálogos entre sordos, sencillamente suceden o no, porque el contagio también aquí cuenta entre sus misterios que viene de la mano siempre de lo involuntario.
Hace ya algunos años una editorial me pidió que tradujera una obra de Esquilo, una tragedia formada en su mayor parte por coros. Recuerdo que cuando le mandé a mi editor un mail con el documento final, le escribí con cierta tristeza que le enviaba lo que había podido hacer, porque la tragedia era intraducible. Sorprendentemente, me respondió que me entendía, porque a él, especialista en Shakespeare, solía sucederle lo mismo.
Es posible, en cierta medida, entender la lengua de Sófocles, porque la potencia de la tragedia sofoclea se funda en la construcción de tramas extraordinariamente complejas. También es relativamente comprensible Eurípides, cuyo fuerte es el desarrollo excepcional de personajes. La tragedia de Esquilo, sin embargo, cerca como está del origen del género, del ditirambo, se elabora como canto. Las palabras, las repeticiones, las sonoridades gestan himnos majestuosos y pesimistas. Los avances y retrocesos de las tramas son crescendos y diminuendos, se producen a través de estribillos, hay palabras y expresiones que encuentran ecos y resonancias en otras; ese canto comienza, y a veces termina, in medias res, como si la obra trazara una parte suficiente de un círculo para que sea posible adivinar el resto. El interrogante del silencio de ciertos personajes trágicos antes de suicidarse quizá haya que buscarlo aquí, cuando la tragedia se nos presenta como música, pero con la tragedia antigua cuando es música sucede que es opaca, incomprensible, que el traductor debe hacer esfuerzos inmensos para contagiarse
aunque sea de algún pobre sentido, porque la obra habita en el corazón de otra lengua que se contagiaba en comunidades lejanas, ya perdidas.
Dentro de una comunidad, entonces, lo que más fácilmente se contagia, la lengua popular, la poesía en su musicalidad, es al tiempo lo más difícilmente traducible, eso que entre nosotros produce sentido inmediato, no percibido de ningún modo como mediado. El contagio de los significados de una lengua funda comunidad.
Leí hace un tiempo, no sé bien dónde, porque me es imposible de seguir en su productividad, que Horacio González escribió que la identidad no es nada. Nadie duda de la importancia que tiene la identidad para alguien como Horacio González: es una expresión que debe leerse con cierta gravitas, con cierta seriedad.

Curiosamente, coincido con esa apreciación: si todo cambia inevitablemente todo el
tiempo, ¿cómo es posible que sigamos siendo iguales a nosotros mismos? La cuestión me recuerda al argumento de Saussure sobre el cambio lingüístico: “el tiempo altera todas las cosas; no hay razón para que la lengua escape de esta ley universal.” Lo curioso, en todo caso, es que la posibilidad del sentido permanezca. Cómo la identidad se transmite, se contagia a través del tiempo es una incógnita.
Tal vez sea la incógnita misma a la que nos venimos refiriendo, la del contagio, la propagación, la transmisión. Si la identidad de una comunidad está en su lengua, entonces es a través del contagio que se alcanza, y así como se propaga de hablante en hablante, enigmáticamente se propaga también a través del tiempo.
Una de mis novelas preferidas es Jacques el fatalista y su maestro, de Diderot. Me la recomendó hace muchos años un colega: me habló con tanto interés de la obra que me contagió su entusiasmo y decidí leerla. Me fascina el ejercicio de Diderot a través de este texto: la trama no tiene ningún sentido general y las situaciones particulares pierden también el sentido constantemente, está llena de contradicciones, hay historias enmarcadas que no conducen a ningún lado; todo parece un enorme disparate. Incluso hay un personaje que se llama “Lector” que interrumpe constantemente la trama con observaciones, quejas y exigencias. Lo que siempre me sorprendió de esta obra es que uno se las arregla igual para encontrarle un sentido, no importa cuán desatinado resulte el texto. Algo similar ocurre con la literatura de Kafka: nunca se termina de comprender por qué K tiene esa obstinación por enfrentar al Castillo para obtener un trabajo del que ni siquiera se sabe bien cuál es; tampoco la del campesino que envejece y muere ante el primer guardián de la Ley. En las dificultades para encontrar sentidos ante estos textos, ante los sucesos que nos presentan, o bien los inconvenientes para explicar las causas de las acciones de los personajes, termina sucediendo que los sentidos se multiplican y adquieren mayor densidad simbólica. Quizá los clásicos sean supercontagiadores. Quizá ciertos textos, en su relación con el sentido de su lengua, incluso de las lenguas, habitan en un limbo entre el sentido y el no sentido que extrañamente los vuelve particularmente propagadores. Lo cierto es que el sentido se impone, como algo involuntario y que está allí, siempre contiguo.

Pero, ¿qué significa, entonces, “contagio”? El latín contagium se compone de cum y tangere. Contagium es un término usual; muchas veces puede traducirse por “contacto”, ya con valor positivo o negativo, ya en sentido físico o moral. Tangere es “tocar”, pero también “alcanzar”, “ser contiguo”, “bordear”. Incluso, referido a la lengua, puede significar “hablar de algo”, “referirse”, “citar”. Cum significa “conjuntamente”. Cum y tangere, curiosamente, son aquí casi lo mismo, reiteran la misma idea. Contagium remite al fenómeno de la contigüidad, solo dice que las cosas, cualesquiera sean, hacen contacto, pueden estar juntas en el vecindario, alcanzarse unas a otras. El contagio es lo que está entre, la condición de posibilidad de estar con. En qué consiste en sí está siempre en el rabillo del ojo, permanece oculto, es un secreto del mundo, pues cada vez que intentamos fijar la vista entre, hallamos con sorpresa algo: pasiones, un número irracional, el relato de nuestras tradiciones, un protón. Podemos perseguirlo, pero no atraparlo; es la otra cara de la moneda, lo que se nos niega.
Nada, entonces, como el contagio. Más allá de cualquier explicación científica, técnica, el contagio es el fenómeno escurridizo y permanente que une caprichosamente un bostezo con otro, una palabra con un un sentido, el todo con el todo.

Andrés Racket

(UNPAZ)

Fotografía: M.A.F.I.A.

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