Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.

Edvard Munch, 1893, describiendo el origen de su serie de pinturas El Grito

También pudiera ser
que me esté volviendo loco
porque me pegó el siroco
de la levedad del ser.
Y qué le voy a hacer
si me falla alguna pieza
por creer que la Belleza
no se rinde ante el poder.

Luis Eduardo Aute, Prefiero Amar

I.

Afuera hace Pandemia, con sol y todo…, con el aire raramente más liviano y fluido, pero ¿para qué? ¡si con el barbijo no se siente este ‘mejor aire’! Ahora el aire no-es-más para respirarlo; es una hostilidad mohosa a evitar, un aire que corta como sevillana y te deja scarface, es un algo airado y temerario, como la neblina cerrada que de noche no se ve.

Adentro, dicen, estamos a salvo, como si el dios de moisés hubiese marcado mi puerta para que el Aire Malo no entre a matar. También dijeron que nos pongamos a salvo del aire que sale de las otras bocas, del montón de aires por donde se dispersan las gotitas de nariz y labios; a salvo de este bicho Rey que, parece, encuentra su mejor trono en las palmas de mis manos, y sus joyas reales labradas en el cromo de barandas de subte y manijas de cada puerta.

Suelo ser una linda loca, bastante animada y no perturbadora, teniendo en cuenta esta afección psiquiátrica, dentro del complejo universo de les loques ambulatories. En general me sobrellevo a mí misma y me sobrellevan bien mis afectos y personas afectadas por mí. Excepto que, ahora, afuera, hace pandemia y los ‘pensamientos rápidos’ (onda velocidad warp) que me diagnosticaron ya no obedecen al modelo de la física standard (las leyes de relatividad y ordenamiento cósmico también son obligatorias para les loques) y nos estamos sintiendo algo dis-locades, algo, no mucho todavía. La velocidad warp, si cabe, se nos está acelerando plus ultra y muches de nos, al menos yo, no paramos de acercarnos a la fisión nuclear de nuestras neuronas, las que nos quedan vivas, que todavía son muchas.

Para mí, que casi puedo ver mi propio y antiguo hipotálamo ardiendo a un millón de grados dentro de un vórtice con lenguas rojas –como las que vio Munch–, en mí, decía, el estado de pandemia dispara, disparó ya, una alarma que me resulta totalmente novedosa en algunos aspectos, y no creo que sean negativos. Un estado de alerta rige totalitariamente sobre mi cuerpo porque esto que llaman La Pandemia dió ¡cómo no! un golpe de estado a la manera moderna, sin violencia real ni muerte, en la extensa tierra de mi conciencia, atiborrada de patrimonio inmaterial, y ahora este golpe inesperado impone excepcionales y desconcertantes circunstancias, porque mi región mental, como casi todas (no sólo la de les loques) se postra asombradísima ante este nuevo Ser Ungido, un Rey que no vive si no es atravesándonos cada célula, de rodillas y agachando cabeza (como toda poderosa plutocracia que se precie), y que se laurea la pelada con sus propias manos y se entroniza y se autoproclama como Rey Puesto, o como Emperador de todos los continentes del CuerpoAdentro, donde nunca sale el sol, y donde vive plebe plasmática, y también por supuesto en el PuebloAfuera, donde se esparce plebe humana en número de siete veces mil millones. Por eso afuera hace Pandemia, pero también adentro, y, día a día, Rey Pandemia aumenta sus terrenos por inmersiones profundas, buscando feudos fértiles para incrementar su ganancia de tejidos, vía introspecciones sinápticas (sí, porque también nos roba biotecnología) hasta los límites más lejanos de nuestros grises hemisferios (des)conocidos.

Estas invasiones del plenipotenciario Rey –perteneciente, según dicen a una dinastía mutante a la que llaman ‘Ser Proteico’– junto a Cadena Genómica, una especie de Primera Ministra, cuentan con no poca ayuda de las numerosas tropas Psicotrópicas Aliadas, penetraron finalmente en mi pequeñita Nación Mental, como adelanté.

En este reporte debo consignar que, en la avanzada, me disparan y me hieren con la maldad inherente de sus armas de destrucción masiva, y la debida reacción en cadena, Cadena que, a punto de iniciarse ConcienciaAdentro, será rigurosa y racionalmente asesina ¡y encima está Sir Lógica! el mejor general y estratega, que –lo sé– no me dará posibilidad de tregua o armisticio. El estallido se viene y aparecen, como era suponible, las cenizas des-Encadenadas:

II.

de chica, Black Dog era para mí un po(r)tentoso rock de zeppellin. de grande, se convirtió en otra cosa (1), también enorme, y es-pesa y tensa y gruesa, imposible explicarla. tengo que aclarar que en esa época, mientras escuchaba Black Dog, afuera y abajo sonaban frenazos y acelerones furtivos, despiadados, los chirridos de gomas de los falcon verdes (ruidos de baja frecuencia, insoportables, esos que ensordecen a los Perros, ruidos nunca como el del rock, que nos acunaba) y en el medio: gritos, muchos gritos, desgarrados y desgarradores, gritos como “¡no me llevés milico! ¿qué hice?” y tantos más así. fueron años de Gritos, años no dulces, no leves, que siguieron a aquellos tan naifs de twist and shouts. a mí, y a las chicas del cole, y a hermana y a pamadre, nos parecía que eran los últimos años porque después no vendría nada, solamente algunos años vacíos más. casi lo único que podíamos hacer, sin que se tuviesen que escuchar gritos afuera y abajo, cuando esas noches se ponían más y más oscuras, era posar la púa en la pista de Black Dog, y una vez, y otra vez. pero al final sí que el tiempo pasa, y ya de mayor, el grito, aunque sordo, había crecido. era chillón, estridente, inocultable entre conversaciones y besos; no podía disfrazarse, por ejemplo, de música de calesita, de llanto de bebé, o de quejido por el ciático. ni siquiera podía camuflarse bajo la monocorde disnea asmática. era un grito repetitivo y permanente, no cesaba, y entonces fue cuando cambió de nombre: me dijeron que ahora ‘esa cosa inexplicable’ se llamaba ‘acúfeno’, pero también podía pronunciarse, si me animaba a decirlo (cosa que no me recomendaban) ‘depresión crónica’, pero yo sabía, y nunca me moví de esa certeza, que seguían siendo gritos, o mejor: El Grito.

III.

Al final, a lo largo de mi ser-en-el-mundo, Desencadenados fueron para siempre La serie de Gritos de Munch y los Perros Negros en lenguajes varios y el atormentado Bacon autodestructivo y Melancolía de Lars Von Trier y La Nave de los locos de El Bosco, y la música de Aute y la de Patxi Andión; todas estas constantes y fieles pandemias intrapersonales que me siguen visitando, desgobernadas e inciviles, apóstatas y apátridas, reinando, a pesar de todo, en mi carne de gel cuasi-alcohólico; estas felices pandemias mías que ¡sí! me ponen a salvo de golpes, de estados, y de oportunistas reyes liliputienses e insignificantes pero dañinos, como ciertos advenedizos microbios contemporáneos.

Gabriela Botbol

Fotografía: M.A.F.I.A.

 

 

(1) https://www.paho.org/hq/index.php?option=com_content&view=article&id=6922:2012-videos&Itemid=39508&lang=es