Ante la cuarentena declarada, y ante la pregunta por qué hacer, mas allá del lamento, el gesto auto reflexivo o anulado, nos decidimos a mantener un lazo. Un espacio de encuentro. Que había albergado la lectura y escritura de crónicas. Luego de algunos titubeos, y priorizando aquello que nos hacía bien, y estaba bien hacer, nos propusimos reencontrarnos y seguir escribiendo. Ésta vez con el tema dominante: el encierro, el aislamiento, la pandemia. Entendiendo a la crónica como aquella escritura que se alimenta de una mirada, que circula, erra, basándose y constituyendo una experiencia determinada. Ahora sin la posibilidad de viajar en tren, ni de caminar por el barrio, releyendo al Walsh que nos reunió, y a otrxs, reorientando la mirada a narrar un adentro, un afuera ahora acechante, fuera de quicio, el adentro, el afuera, poniendo al límite el propio quicio.

Incluso, ante las escrituras y voces del desánimo, o del animoso control social y vecinal, decidimos sostener y reinventar formas del ánimo compartido, del animarse contagioso, del envalentonarse en medio de una quietud sanitaria, de cuidados mutuos pero enclaustrante, agobiante, en algunos casos imposible. Incluso para entender a los propios, lxs cercanxs, de cuerpo presente ayer nomás, cercanxs internáutica, afectivamente hoy día. Estudiantes, ex estudiantes, hoy fraternos compañerxs, incluso para con este escriba/docente. Y que en algunos casos son “los otros”, sobre todo para los discursos mediáticos porteño céntricos, o directamente los sin voz, invisibilizadxs, también en tiempos de pandemia.

Aquí pues éstas crónicas conurbanenses de aislamiento sanitario, desde un aislamiento histórico, que puede encontrar formas de revinculación y animoso espíritu emancipador, gracias a Universidades Nacionales como la UNPAZ (donde fueron forjados estos vínculos) El resto lo permitieron un grupo de wasapp y un encuentro sabatino (remoto/virtual) que se mantuvo y mantiene y que tuvo y tiene un carácter salvífico, esperanzador, incluso distractor del miedo y el eterno domingo (como lo nombró Darío) que acecha nuestros propios ánimos, lo que supimos conseguir, pero es también arena, barro creacionista, para devenir otros, mxjxres.

Sebastián Russo

Taller La Mirada Errante (MUPE/UNPAZ)

Participantes del taller: Flor Baez, César Bellati, Oscar Miño, Patricia Carrizo, Darío Triscali,  Fernanda Maldonado, Analía Delgado, Hugo Gauna, Laura Valenzuela, Camila Cáceres y José Peñaloza.

*Se transcriben aquí algunas de las crónicas realizadas, no respetando necesariamente el orden temporal en el que fueron escritas, y por acuerdo general de hacerlas circular de forma fascicular. Este taller es una continuidad del proyecto Mil Walsh, en el marco del Proyecto MUPE (Museo Universitario, Experimental y Popular) de la Universidad Nacional de José C Paz (UNPAZ)

 


Diario de un taller 

1.

El primer encuentro fue tímido al tiempo que alivianador. Habíamos recuperado el vínculo unos días antes via wasap. No estaba seguro de hacerlo. La carga experiencial había sido tanta que pasar a una tecnología como la asociada al celular parecía una herejía, un volver igualable algo que había sido aurático, irrepetible. Pero nos ganó la necesidad. Y porque la necesidad debe ganar, y porque es el cuerpo, el espíritu los que se expresan a través de y por ella. Y porque nuestro taller tuvo a la experiencia, en tanto vitalidad esencial, fundamento como su eje rector, su núcleo. Cómo no nos íbamos a dejar vencer por lo que nos restituía alguito de aquello, en este nuevo estado, con casi todos los alguitos, perdidos, puestos en cuarentena.

Y al wasap (donde empezamos a compartir textos de otros, propios), le siguió otra necesidad, la de recuperar, reinstalar, reinventar un ritual. El del día y horario de nuestro taller. El del ritual mismo. Y como los rituales tienen historia, hurgamos en la nuestra. Y el zoom nos encontró. Esa otra tecnología estrella en este aislamiento. Wasap y zoom. Y ya nos habíamos relajado. Estar allí “cara a cara”, luego de un mes sin vernos. En el encuadre (de sí) que cada quien elegía. Recuperar (como sea) lo que había sido un espacio vital para todxs, fue un alivio, de a poco se transformó en una fiesta, en una nueva, una otra/misma necesidad.

“Hola, hola. Me escuchan? Hola. Ahí te escucho. Sí ahí te escucho, Como estás?” Nos sonreímos. Como va. Pasándola. Con la barba crecida. Ahí entra Flor. Hola Flor. No se escucha. Te anda el sonido? Tiene que tener el micrófono conectado a la computadora para que se escuche el audio, dice uno. La vemos, nos escucha, pero nosotros no a ella. Ya tuviste clase por zoom? Si, con sala de espera y comunicaciones en privado. De a poco van entrando todos. Nos observamos por primera vez en una pantalla partida. Algunos desayunan, otros entran por celular, algunos están recién bañados, peinados, otrxs no. Esperamos, nos miramos, miramos una camarita, o a una pantalla, en un tiempo extraño que transcurre en silencio. Espera sobre espera. Nos miramos a nosotros mismos, a los otros, juntos, en esa reunión de cuadraditos, de encuadres, imposible. Pero posible: siendo de lo mas afectivo y afectante que hasta ese entonces, una semana de cuarentena, nos parece haber pasado.

SR

 


El paseo de Laika

Nunca confirmé si se podía hacer esto. Ojalá sí, porque es como escaparse un rato. Igual tuve varios días para averiguar. La cuarentena obligatoria había comenzando el viernes y estamos a martes. Se complica bastante parar la rutina. Obviamente las causas lo ameritan, pero extraño quedarme sólo en la mañana. No me molesta mi familia. Bueno, un poco sí, pero no en el sentido de que los odio. Simplemente hay mucho ruido. Tampoco puedo pedirles que se queden callados hasta las 8 pm.

En ese horario saco a pasear a mi perra Laika. Lo hago entre las 8  y las 9. Aprovecho que los dos forjamos esta pequeña rutina juntos. Hay que ser sinceros, a veces ella me saca a pasear a mí. Disfruto del tiempo que salimos, aunque ahora lo valoro más. No somos de caminar muchas cuadras. Nos quedamos cerca de mi casa, hay muchos perros y Laika no es miedosa.

Esa noche salimos un poco más tarde de lo que hubiera querido. Hacía mucho calor. Se escuchaban grillos y cigarras. El sol se estaba durmiendo y Laika lo sabía. Me fue a buscar a mi pieza, me miró con una cara que decía “apurate”.

Apenas abro el portón, Laika sale disparando como una cañita voladora. Yo igual. Por suerte vivimos justo donde corta la calle. Donde empieza el muro de un barrio privado. Con Laika caminamos hasta la esquina. Yo me entretengo viendo como ella se revuelca en el pasto. Me gusta como combina ése color con su pelaje blanco y manchas marrones. Miro a ambos lados, para ver si viene alguien. El pasto está mojado. Hay un rico aroma en el aire, podría jurar que va a llover.

Laika tira de la cuerda, me lleva hasta la esquina de enfrente. Cruzamos la calle y en el reflejo involuntario de mirar para ambos lados, veo una sombra en la esquina de la derecha. Nada paranormal, era un chico caminando. Para y se recuesta serenamente en el portón de una casa. Parece estar esperando a alguien. Entre la falta de luz que había, se podía distinguir igualmente su musculosa color verde.

En eso escucho a alguien correr. Viene hacia mí. Agarro la correa de Laika porque sé que le va a saltar encima. El chico que venía corriendo, al dar vuelta la esquina se asusta por Laika que ya había empezado a ladrar. Los perros del barrio la siguieron a coro. El chico se alejó caminando. Por un momento pensé que estaba corriendo de paranoico. Y que la paranoia ya lo había agarrado. El otro sigue ahí.

Seguimos paseando con Laika. Cruzamos a la vereda de enfrente de mi casa. El pasto estaba más largo, húmedo. El negocio que estaba en la cuadra hace días que no abría. Aún así, dejaba la luz del frente prendida. Me acuerdo que una vez le pregunté por qué no apagaba esa luz de día. La señora del negocio me contestó “si la apago, no se vuelve a prender”. De repente Laika empieza a olfatear algo. Yo igual. Huele a podrido. Ni siquiera se molestaron en ponerlo dentro de una bolsa. Parece ser pollo. Diría que sí, que es pollo, la señora tenía una pollería.

El silencio que nos rodeaba quedó opacado de repente por sirenas. Me cuesta distinguir si son de policía o de ambulancia. Voy con Laika hacia la esquina y miro para la derecha. No había nadie en la calle. Había ruido. A una cuadra, se encuentra la avenida. Veo pasar un auto lento pero este acelera de golpe. Miro a Laika y me vuelvo a preguntar si esto está permitido durante la cuarentena. Estoy cerca de mi casa ¿qué me pueden decir? Miro de nuevo hacia el frente y el chico con musculosa verde aún seguía ahí. Esperando.

Laika tira de la correa, me sacude un poco. Me espabilo y le digo que es hora de volver a casa. Como siempre, se retoba y se tira en el suelo. Quiere quedarse afuera. Siendo sincero, yo también. En pocos días ya será una semana de cuarentena. Siete días sin ver a nadie más que a mi familia. Me preocupa por cuánto tiempo tendremos que estar así. Por suerte tendré los paseos con Laika.

Tengo que entrar a casa, pero el cielo se ve tan lindo desde afuera. La noche me abraza. Es hermoso estar debajo de este azul. Pero sé que no todos podemos disfrutarlo. A Laika se le pasa el berrinche y se levanta. Nos acercamos a mi casa. Estamos por entrar, el aroma a pasto mojado ya no se siente. Éste es reemplazado por el olor a pintura fresca, mi papá estuvo pintando el portón. Cada uno se entretiene como puede.

Oscar Miño


Día diecinueve de la cuarentena

Cuarentena que no transcurrí muy encerrada. Me tocó varias veces ser la encargada de salir a comprar, y si bien a veces tuve miedo, también me sirvió para sentir mi vida de antes.

Ocho de la mañana. Ayer me propuse que hoy me levantaría temprano para poder ponerme al día con la universidad. Porque los días transcurren, algunos más pesados que otros. En realidad, me levanté porque otra vez el auto no arrancó. Con mi hijo, ayudamos a empujarlo para que mi marido se pudiera ir a trabajar. Ayer también me había propuesto levantarme temprano, pero el sueño y esa sensación de no querer hacer nada me ganó todo el día. Por eso me levanté tarde y todo el día estuve cansada, con una sensación agobiante. No me duele nada físico, sino algo anímico. Son días duros. Será el encierro, la situación. Ver videos de Ecuador, ésta semana, no me ayudó, quizás sí para razonar que no es joda lo que estamos viviendo. Y sentir que acá somos de algún modo privilegiados. Pero luego, otra vez, las ganas de nada.

Entonces hoy sí me levanté, obligada o no, pero decidí incluso quedarme levantada.

Anoche pedí a Dios por mi marido, que hoy trabaja, ya que abren los bancos. En la tv dijeron que los empleados van a estar protegidos tras el mostrador. ¿Pero él? Trabaja de  seguridad y va a tener que estar en la puerta, decidiendo quién entra y quién no. Cuando salimos a empujar el auto nos dijo, “miré el noticiero, los bancos rebalsan de gente, desde anoche está haciendo fila”. Nosotros seguimos empujando sin decir nada, por suerte arrancó en el primer intento, y lo vimos irse, sacando el brazo por la ventana para saludarnos.

Entramos y le digo a mi hijo que voy a quedarme a estudiar, él me contestó que iba a hacer lo mismo. “Es bueno cambiar algo de la rutina que venimos llevando”, le dije y sonreímos.

Mientras él hace el desayuno prendo la tv. Me mira y dice: “Ma, no íbamos  a estudiar?”. “Sí hijo, pero es solo para ver lo que comentó papá”.

En los noticieros se ven largas filas de abuelos en los bancos. Y el miedo me toma.

Ya estamos resignados. Solo sigo pidiendo a Dios que nos proteja y pensé en escribir para poder sacar un poco el miedo, para poder desahogarme, para continuar mi día como lo había planeado, hoy no quiero que mi día sea de inestabilidad.

Tengo que estar fuerte para cuando mi marido vuelva. Hoy en día él es el héroe de la familia, salir a la calle es arriesgado, pero él lo hace por nosotros. Como siempre.

Fernanda Maldonado


Paranoia

Me desperté pensando que tenía que salir a comprar. Salí a las 9 en punto. Eran solo 4 cuadras que tenía que hacer, pero el pánico ya me invadía. Una vez en la calle miré a todos lados para ver quién venía. Me dirijo a las esquina. Llego y el semáforo en verde. Espero. No se acerca nadie. Cambia a rojo y cruzo. Sigo caminando, llego a la avenida y doblo a la izquierda. Muy poca gente. Una persona en la parada de colectivo estornuda. Lo  miro con odio, y por dentro le tiro una puteada. Sigo caminando. Siempre alejado de la gente. Llego a la esquina y cruzo la calle. No viene ningún auto. Cruzo la avenida y me dirijo a la farmacia. Me paró en la puerta. Veo un cartel que dice mantener distancia de un metro. Me quedo en la puerta hasta que sale la única persona. Entro y a un metro de distancia del mostrador pido los medicamentos.  Me voy para la caja. Pago, agarro la bolsa y me voy. Salgo de la farmacia. Cruzo a dos personas , las esquivo para que ni siquiera me rocen. Cruzo la calle y voy al supermercado. Entro, agarro el chango y voy tomando lo que tenía anotado en la lista. Por suerte está vacío. No hay gente. Termino la lista y me dirijo a la caja. Pago. Pongo todo dentro de las bolsas y me voy. Respiro hondo, y me dirijo a la verdulería. Cruzo la calle nuevamente, miro para todos lados. Veo a un gendarme, y una cola de gente esperando el 440. Veo a Manuelita. Doy la vuelta por detrás del colectivo, no me quiero acercar a la gente. Llego a la verdulería y entro. Se acerca una chica y hago dos pasos para atrás. Me preguntan qué vas a llevar. Le digo 2 kilos de papa, uno de zapallito, 1 de zanahoria, 1 de cebolla y una docena de huevos. Me prepara las bolsas, le pago y me voy. Al lado estaba la quesería. Me acordé. Tengo que comprar un kilo de queso. Quiero entrar y un cartel decís máximo 2 personas. Había una, pero igual me quedé afuera. Salió y entré. Hice el pedido, pagué y me fui. Fueron cuatro cuadras interminables hasta llegar a mi casa. Abrí el portón, entré, dejé las bolsas en la puerta, me saqué toda la ropa,  entré y me metí al baño. Me bañé y me puse ropa limpia. Salí del baño, agarré un balde con agua y lavandina y lavé con un trapo cada cosa que traje de la calle.  Una vez limpio lo metí adentro. Agarré la ropa y la puse a lavar. Me fui al baño, me lavé las manos. Primero con lavandina y luego con jabón. Salí del baño y ya podía respirar: estaba limpio.

Darío Triscali


Acuartelados

Me siento a preparar la tarea. Tacho de la lista dos de las ciento una consignas que debo realizar. Me paro, abro la ventana, el aire está cálido, pero pesado a la vez; me vuelvo a sentar. Vacilo entre las lecturas que me corresponde hacer. Rebota mi cabeza en estas pequeñas paredes triangulares donde se ubica mi escritorio.

De repente, comienzo a llorar. Me lleno de miedo, pienso en mi padre. Ese viejo simpático y testarudo de 70 años, diabético, insulino requiriente, hipertenso, y como si eso fuera poco, fumador desde hace 50 años. Reúne todas las condiciones para ser factor de riesgo.

Respiro hondo, escucho vibrar mi celular, lo agarro. Un mensaje de whatsapp de “Alancito <3”: -”amor estoy en planta, llegué bien; 35.5°de temperatura hoy”-. Me imagino esa secuencia; salir de casa, con el miedo de transformarte en uno más de los quinientos; llegar a la planta, pasar por los molinetes donde como mínimo pasaron mil personas más; someterte a control de temperatura, entrar a la oficina, hacer tu trabajo, y después de doce horas, repetir lo mismo pero a la inversa. Llegando a casa, con el temor de no solo contagiarte vos, si no contagiar a los tuyos. Y así todos los días, porque si bien tu trabajo está buenísimo; en este momento, trabajar para un multinacional de alimentos, lo transforma en primera necesidad. Y encima no podés estar en cuarentena, porque ya estás cubriendo a dos de tus compañeros, uno asmático, y el otro diabético.

Vuelvo a poner mis ojos en el teléfono, le respondo que “me alegro mucho, que se quede tranquilo, que nuestras hijas perrunas y yo, lo vamos a estar esperando al terminar su guardia, como todos los días, que le agradezco por seguir arriesgándose”.

Al pasar varios minutos, me doy cuenta que no hice nada, que mis libros están ahí, que ni siquiera los abrí; estaba ocupada mirando la nada. Una nada que encontraba familiar hace algunos días.

Intento romper este estado fumando un tabaco, pensando en si ésta situación durará mucho tiempo, sufriendo, anhelando no perder más de lo que perdí estos días; como aquella tía materna con la cual me crié, a la cual no pude visitar en sus últimos momentos de vida por estar en cuarentena preventiva, para cuidar a mi papá; cuarentena que así todo rompí para abrazar a mis primos, la madrugada del viernes, cuando no había nada más que hacer, cuando su enfermedad la terminó de consumir, llevándose no solo un pedacito de mi vida, si no también un pedacito de la historia de mi mamá.

Por un momento me enojo conmigo, me reprocho por llorar; pero cómo no hacerlo Si nadie nos preparó para esto. Está bien tener miedo, está bien estar angustiado; como también está bien estar más fuerte que nunca, más esperanzados de que esto va a pasar, de que solo es una pesadilla que va a pasar.

Apago mi cigarrillo, recorro los metros de mi cuarto hasta el living, donde veo la calvicie de ese viejo de 70 años, me acerco y le digo: -”viejo, te quiero”-, con la voz entrecortada, tratando de que él no la note. Creo que no me escuchó, pero aún así, me mira, llevándose una mano a la frente, y me dice: -”viste, parece que van a cerrar todo, vamos a estar acuartelados”-

-En cuarentena- le respondo, me causan ternura sus términos.

-Sí, eso, parece que no vamos a poder salir para ningún lado- se rasca la frente, a ésta altura no sé si le pica o siente miedo.

Abro la heladera, tomo una botella de agua, cierro la puerta me encamino de nuevo a la habitación. Se acercaban tiempos difíciles, pero ninguno de los dos lo sabía.

Flor Baez

SEGUNDA ENTREGA

TERCERA ENTREGA

Fotografía de portada: M.A.F.I.A.

 

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