“Ante la cuarentena declarada, y ante la pregunta por qué hacer, mas allá del lamento, el gesto auto reflexivo o anulado, nos decidimos a mantener un lazo. Un espacio de encuentro. Que había albergado la lectura y escritura de crónicas. Luego de algunos titubeos, y priorizando aquello que nos hacía bien, y estaba bien hacer, nos propusimos reencontrarnos y seguir escribiendo. Ésta vez con el tema dominante: el encierro, el aislamiento, la pandemia (…) Aquí pues éstas crónicas conurbanenses de aislamiento sanitario, desde un aislamiento histórico, que puede encontrar formas de revinculación y animoso espíritu emancipador, gracias a Universidades Nacionales, como la que nos reunió, la UNPAZ.”

Sebastián Russo. Coordinador Taller La Mirada Errante (MUPE/UNPAZ) Participantes: Flor Baez, César Bellatti, Oscar Miño, Patricia Carrizo, Darío Triscali,  Fernanda Maldonado, Analía Delgado, Hugo Gauna, Laura Valenzuela, Camila Cáceres y José Peñaloza.

(Texto completo de presentación en la Primera Entrega)

 

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Todos los días parecen domingo

Crónicas conurbanas de la pandemia

-2da Entrega-

(Cesar Bellatti- Analía Delgado-Patricia Del Pilar Carrizo)

 

Diario de un taller
2

Leo que en la gripe española de 1918 murieron 50.000.000 de personas, y que por ahora por el Covid van 235.000. Me pregunto por el modo en el que nos afecta una carga de información tal que nos toma de tiempo y cuerpo completo. Y por el contrario, pienso en los modos del silencio, de la escucha, la conversación. Lo sabemos: más no es mejor. Podemos adscribir a filosofías y estéticas minimalistas, donde “menos es más”, pero en el cotidiano no es así. Más Gigas es mejor que menos, más conectividad mejor que menos, más “me gusta” mejores que menos. He decidido desde el comienzo de la cuarentena mantener cierta lejanía de las redes sociales. He intentando hacer del aislamiento una experiencia enfática. No se si es o me hace “mejor”, tampoco sé bien por qué. Quizás por cierto gesto sacrificial reverberado, o por la posibilidad de vivir de modo mas intenso aun algo de por sí perturbador, o directamente por miedo a como manejarme en medio del cúmulo (el más y más) de los signos virtuales, en un estado de delicada estabilidad. Fue mas esto último que lo anterior, aunque repartido.

Lo que sí me dije fue de tratar de conversar, mantener vínculos, incluso entreverar escrituras, con quienes me conmuevan, quienes me hagan bien, a lxs que yo les haga bien. Quienes hacen del “menos” condición de emergencia (de límite, de potencia). Y tratando de no replicar los modos de enunciación habituales. No. Ni mucho, ni lo mismo. Antes que informarnos o comunicarnos debíamos hacer algo mejor: recrear tramas experienciales. Entendía que debíamos narrar, auto narrarnos. Y desde una grupalidad, una comunidad de narradores.

La mirada errante fue, sigue siendo eso. Nos continuamos leyendo, escuchando, acompañando. Y comenzaron a leernos. Incluso como un lugar singular. Se encontró allí (por caso, el de una querida referente de la Universidad que nos reunió), se hallaron en esos relatos, claves de lectura de la situación actual, inexistentes en el pseudo objetivismo informativo, e inaprehensibles para formas de medición cuantitativas, para instrumentos de una sociología cientificista, a las que le son ajenas la invención, la inflexión de una voz, la expresión de miedos íntmos, la voz entrecortada, el no poder dormir o hacer cosas sin sentido, el prestar atención a un detalle absurdo, aparentemente absurdo, y que se delata síntoma solo en el transucurir de un relato que nunca supo de intenciones claras, pero sí de una pulsión que encontrará en las escuchas de otros, una forma de completarse.

¿Qué tipo de conocimiento (de sí, del otro, del todo), que clase de “sociología” se expresa allí? Si es que todo lo que hace un sociólogo debe ser de tinte sociológico. Sociología ninguna, un conocimiento (sí) fundamental (por fundamento, principio de las cosas, de las palabras) El que emerge abigarrado en el hábito/costumbre del que escribe, que deviene insumo primario, modo crítico de lectura de la necesidad, deseo de uno/los otros en un momento determinado. Una lectura a contrapelo, menos analítica que experiencial, menos ensayística que narrativa. Lo que propulsa una materialidad, una trama de materiales que ingresen al mundo sin el estigma de paper congresístico doctoral, ni el de entusiasta grupo de cuentos de taller literario. Un saber otro, una experiencia otra. A la que deberemos (en un nosotros expansivo) buscar nombre, o no, vivir (nombrar) solo cuesta vida.

Y noto que estos diarios, son anti diarios. Porque se escapan de un yo, de una experiencia concreta. Aunque tengo muchas notas tomadas, me sale otra cosa, por ahora ésto: gestos de proto análisis y conceptualización de mi propia vivencia pandémica en el marco de mis deberes/pasiones docentes. Y que una cosa lleva y construye a la otra. Donde lo compartimentado y objetivado, lo disciplinar y contabilizable, da lugar a la experiencia vital, donde mi trabajo es vivir más/mejor, pa mi y les otres. Con o sin cuarentena.

SR

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El desierto

Emano suspiros, inhalo y exhalo casi bruscamente por la nariz y la boca, así son mis suspiros en estos días de cuarentena ¿Suspiros de qué? me pregunto a mi mismo. De tanto ver y pensar me respondo también. Y todo eso que veo y pienso, genera algo que trato de aliviar con suspiros, que a veces creo son el llanto manifestado en estado gaseoso.

Veo al salir de mi trabajo, a la seis de la mañana, los muchos y precarios puestos de nailon y palos, escasos de humo, brasas y masas, en los 22 kilómetros que hay de General Rodríguez a Pilar. Y pienso en sus vendedores y clientes, en cómo llevaran la cuarentena en sus casas.

Veo informes en las redes sociales de como los animales aparecen mientras los humanos nos encerramos, de como el aire se limpia mientras no estamos. Nuestro cautiverio es la libertad de otros, nuestra poca interacción con el medio ambiente mejora el aire de todos. Y pienso en como el mundo mejora con nuestra ausencia, y me pregunto ¿por qué no hicimos todo eso en nuestra presencia?

Veo a Wanda en la tapa de una revista cholula, mudarse de una mansión a otra para refugiarse y decir “El virus me enseñó que puedo vivir con menos cosas” y pienso, “Ojalá aparezca un virus que enseñe a los pobres a vivir con mas cosas”.

Veo por la ventana del departamento que alquilo, la que da al frente y me asoma al mundo cercano que antes recorría libremente. Y entre tanto ver pensar y suspirar, una escena me sacará de ese llanto sin lagrimas, me arrancará una media mueca ascendente en mi lado izquierdo del rostro.

A paso firme y en línea recta veo al vecino de enfrente emprender el camino hacia el almacén que está a dos cuadras ¿Militar o de alguna fuerza? No, anda en muletas, se quebró. Por una reciente lesión que al parecer es en el tobillo, luce una bota de yeso blanca que no supera la rodilla y encandila como la nieve en día soleado. Claro, en la situación de reposo en que se encuentra y encima en cuarentena, es lógico que ese yeso no se ensucie y nadie lo firme. No sale y nadie lo va a visitar, al menos hasta ese día.
Eran casi las seis de la tarde, cuando apareció la Zanellita fuego, mal pintada con anti oxido gris. Montada por un albañil que lucía unas Topper de lona blanca, un pantalón Jean de extraño color ¿Grisáceo, azulado? Y una gorra puesta al revés que no terminaba de aplastar unos rulos llenos de cemento, o cal. Un compañero de obra o un amigo que decidió caerle de visita al enyesado.

Dicha ocasión debía celebrarse. Y el lesionado anfitrión decidió agasajar al visitante, posando un grabador sobre un vacío balde de pintura de veinte litros. En el frente de la casa, con un alargue desde adentro y dos sillas de caño con visible goma espuma brotando por los respaldos. Sacó de una bolsa transparente un CD, y le mandó reproducir en la única bandeja que tenía el aparato. Arrancó con un clásico de Creedence, y dos temas después ya estaba sonando “La Renga”. Se ve que era uno de esos popurris que se compran en el tren o en alguna feria.

Las canciones acompañaban la intensa charla de amigos, acerca de lo sucedido en el pie, de cómo va el laburo, y de cómo la pasan en el encierro. Tan intenso era el diálogo que les provocó sequía en la garganta, y ya no era suficiente la música. Había que acompañar la ocasión con un brebaje. Un clásico brebaje de obra: vino con coca. El vino lo aportó el visitante. Dos tetras envueltos en una bolsa negra, saliendo del bolso gris tipo botinero. Pero faltaba la gaseosa. Y allí el motivo por el cual el fracturado vecino decidió encarar, hacia el almacén, a paso firme y en línea recta ayudado por las muletas. Sin hacer caso al amigo que se ofreció para hacer el mandado. A pocos metros de haber avanzado en tan liberador y complaciente viaje, unas destellantes luces azules se plasmaron intermitentes en su rostro y su blanca bota. El móvil de la patrulla municipal se interpuso en su camino logrando que el almacén se vuelva un espejismo, un quimérico oasis para el sediento caminante.

Los policías, lejos de emitir un “Ven conmigo si quieres vivir”, bajaron del móvil acomodando más las panzas que el pantalón y le pidieron al rengo amigo, cual “Terminators buenos”, que se quedara en su casa. Pero ese no era el objetivo de nuestro amigo, debía llegar al almacén y obtener el líquido que enalteciera la celebración, esos vinos no podían morir solos. Campanas tercas sonaban a lo lejos de un lado y del otro.

-¡Quédese en su casa!
-¡Voy al almacén!
-¡No puede salir!
-¡Voy un flash, a una cuadra!

Ese ida y vuelta, ese intercambio se volvía intenso, áspero. Parecía que allí se ponía en juego el deber, la moral, la vida, la muerte. Hasta que de repente me vuelvo testigo del más solemne acto de sinceridad que presencié hasta hoy. El enyesado soltó las muletas, y manteniendo el equilibrio como Daniel San en “Karate Kid” gritó:

-¡No tengo para cortar el vino oficial! ¡Déjeme ir a comprar una Manaos”.

Cesar Bellatti

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La prórroga

Ya no sé ni en qué día vivo. Ésta semana se me hizo eterna. Transitamos crisis todos los que habitamos esta casa. Cada uno intentando expresar la frustración de no poder interactuar personalmente con nadie y cansados de que todo sea virtual. Nos hicimos varios planteos, debatimos, por suerte aún tenemos a favor el diálogo, que está muy presente, pero estamos transitando la crisis de Lisandro, que con sus casi dos años de edad, se le hace muy difícil entender el encierro. Varias noches se despertó con un llanto desesperado y mucho enojo. Son veinte o treinta minutos eternos, de mucha angustia, en los no sabemos qué hacer, y nos genera mucha preocupación. Luego de un rato logra calmarse y para transitarlo su único consuelo es tomar la teta y el contacto conmigo. Me toca la boca y me acaricia hasta que se duerme.

Dejamos de ver noticias en televisión, pero aún escuchamos radio. Hoy dijeron que iban habilitar salidas reguladas para niños y niñas y nos alegramos. Como a un preso cuando le dan la transitoria. Mientras releo lo que estoy escribiendo me indigno en cada párrafo. La información poco exacta y desmedida y que no sabemos de dónde viene, aunque debe ser del mismo lugar que el enemigo, nos tiene acá encerrados a la espera de órdenes que nos harán inmunes hasta que llegue la cura, la enfermedad. La que ellos mismos despertaron, y la cura que deberíamos pagar y si no nos alcanza, aun asi morir.
Estas son las reflexiones a las que me sumerjo cuando me pongo a escribir y ni siquiera así soy lo suficientemente fuerte para hacer de mi conciencia y mis palabras un hecho revolucionario. Cómo negarme al consumismo, qué difícil. Cómo nos debilitaron el metabolismo, la energía hoy se nos escapa, se nos esconde, se nos diluye Quieren despertarnos con vacunas salvadoras. miro a mi hijo tan pequeño, sin respuestas a su ganas de vivir, de salir y ser libre, andariego, curioso y receptivo. Y me duele tener que resignarme a que las cosas para él, y para todos, hoy son así, como si estuviésemos en un cuento.

¿Cuántos días nos quedan?, me pregunto , sabíamos olvidarnos del miedo, a veces. Hoy se hizo parte de nosotros, la incertidumbre. estamos aturdidos de opiniones inciertas y ciertas. Con una intensidad que no podemos disolver. El panorama está espeso, la ansiedad que nos nubla de a ratos. Y yo que no puedo parar de pensar en que éste debe sentir un enfermo terminal a la espera de su cura. Sumándole horas a sus días para que no se le terminen. Como nosotros, cuando tratamos de hacer lo que nos gusta en las horas que nos sobran. En este encierro cruel, que seguro muchos debemos sentir que no lo merecemos. Y seguimos reflexionando, creyendo en conspiraciones y riéndonos con memes en redes sociales. La realidad me hace volver otra vez a mi hijo, que recién empieza a vivir y no lo entiende, y lo frustra. Intento desde mi desconcierto que mi abrazo lo haga valiente y que no le tema a la muerte. Porque afuera está la vida esperándolo Suspiro y trato de entender lo que escribo, mientras escucho cómo retumban mis dedos en las teclas cuando las aprieto. Aprovechando este momento que me alivia, porque es como si se lo contara a alguien y me compartiera su empatía. resignificando lo que siento, ni siquiera lo que vivo, solo lo que siento. Para alivianar eso, eso que uno siente como raro. Así lo debe sentir también Lisandro, ese freno, que nos aprieta para adentro, que solo lo descomprime el andar libre. Algo necesario, nadie crece si está quieto y sin espacio para moverse. Aunque sea los pensamientos, leyendo a Mariana Enríquez y su crónica sobre la ansiedad, o correr en una plaza persiguiendo una pelota-. Es tanto lo que me conmueve sentir esta frustración de volver a sentir miedo y transmitirselo a mi hijo, que lo escribo, y me siento menos obediente, un poco más suelta, para poder pasar otra prórroga. Otros quince días.

Analía Delgado

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El espíritu de la Navidad

Salgo para ir al almacén de La Sole que está a dos cuadras y media de mi casa, hacía varios días que no salía, me crucé con algunos vecinos que reconocí a pesar de los barbijos, y a otros que saludé por las dudas. Agité fuertemente los brazos cuando ví a Sandra y a su marido, mis vecinos de enfrente. -¡Extraño tomar mates con ustedes! les grité, mientras me saludaban desde su jardín. En épocas normales me cruzo de vez en cuando para tomar unos mates acompañada. Sigo, hago el mismo recorrido de siempre, trato de no olvidarme lo que tengo que comprar para no volver a salir, doy vuelta la esquina, parece que estoy en otro lugar, la cuarentena pintó el barrio de un color distinto, triste, tirando a gris vacío, o serán mis ojos aguados que no quieren ver. Como decía mi viejo: “ni el loro está en la vereda”.
A la vuelta, ya cargada con mi compra, me detuve a descansar mis dedos doloridos por el peso de las bolsas en la puerta de la casa de Doña Emilia. Ella vive sola desde que murieron su mamá y su hermana hace unos años. Es una señora muy sociable de las puertas para afuera, pero hacia adentro no cuenta mucho de su vida. Hasta se inventó un marido, para que los pibes chorros del barrio crean que vive acompañada de un señor, eso la hace sentir segura y cuidada. Algunos vecinos le creen y siempre le mandan saludos a “Julián”, que ahora con la cuarentena está más “guardado” porque es paciente de riesgo. Me llamó la atención ver en la puerta de su casa una corona de navidad. Ella es muy prolija y jamás hubiera pasado el mes de enero sin desarmar la decoración navideña.
Cuando llegué a casa la llamé por teléfono para saludarla y preguntarle cómo andaba. En realidad quería saber por esa decoración rara para el mes de abril. Me contó que está muy bien, que armó otra vez el arbolito de navidad y hasta usa el mantel y la vajilla que tenía guardados sólo para nochebuena y fin de año, que está pensando y anotando lo que va a cocinar cuando esto pase y vuelva a juntarse con su familia. –¡No vas a creer que estoy loca! tomo todos los recaudos necesarios para cuidarme, mientras tanto le hago unos arreglitos al traje de Papá Noel de Julián, y en media hora van a estar los panes dulces que tengo en el horno, ¡venite a buscar uno más tarde! me dijo. Agradezco su entusiasmo y la alegría que me contagia, que me salva de la frialdad de las noticias. Feliz navidad le gritaré la próxima vez que la vea. De vereda a vereda.

Patricia Del Pilar Carrizo

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Se transcriben aquí algunas de las crónicas realizadas, no respetando necesariamente el orden temporal en el que fueron escritas, y por acuerdo general de hacerlas circular de forma fascicular. Este taller es una continuidad del proyecto Mil Walsh, en el marco del Proyecto MUPE (Museo Universitario, Experimental y Popular) de la Universidad Nacional de José C Paz (UNPAZ)

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Todos los días parecen domingo.

PRIMERA ENTREGA

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Foto M.A.F.I.A

 

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