Incertidumbres y Normalidades

(relato 4)

Día cuarenta y pico de esta cuarentena, todavía no salgo a la ventana para mirar si está nublado o si hay sol. El servicio meteorológico del teléfono me dice (si me dice porque nosotros hablamos): 11 grados y algo nublado, pero ese último dato, siempre es discutible, porque desde hace semanas que contrasto lo que sale publicado en la aplicación, con el cielo y en muchas ocasiones parecen estar refiriéndose a distintos firmamentos.

Como primera acción, limpio los platos sucios de ayer a la noche, me molestan verlos hoy, pero como cada día esquivé hacerlo en su momento y ya no hay escapatoria. Luego preparo el mate que, para variar con los anteriores, a este le voy a poner dentro del huequito que se hace entre la yerba y uno de los bordes, unos pedacitos de jengibre y un poco de té de mandarina, naranja y pomelo, como para afrontar el invierno que viene con mucha vitamina C incorporada.

Abro la puerta y me encuentro con el diario en el piso. Como cada mañana que tomo ese trozo de papel apilado y doblado, con litros de tinta que se impregnan en los dedos, no termino de saber qué hacer, si tirarle alcohol en gel, rociarlo con una mezcla de agua y lavandina, agarrarlo con guantes de látex o poner una bolsa sobre la mesa para apoyarlo, pero luego nada de esto ocurre, porque la pava me avisa que está lista el agua del mate, entonces lo dejo a un costado, para volver a agarrarlo un ratito después y comenzar a ojearlo sin mucho interés.

Cargo el termo con el ritual de siempre, este cuenta con un vertido inicial sobre el propio recipiente, un segundo envío de agua a la rejilla de la bacha, como para convidar a la señora cañería y al propio mar y un tercer movimiento en el que vuelco el resto del líquido adentro del termo.

En el diario, aparecen invariablemente los mismos titulares, cuantos murieron, cuantos se contagiaron, cuantos zafaron. También uno que cuenta que se están buscando vacunas, que se armaron nuevos test y así continúa el tendido de letras, hasta que veo un título que me llama la atención, es el de una marcha que agrupa a protestas variopintas, con frases un poco infantiles, tal vez algunas irracionales y que terminan englobando a dicho llamado con la consigna de “salir a la calle contra el comunismo”.

Froto mis ojos y río, me parece que no puede ser cierto, pero me spinoseo un cacho y me pongo a pensar que la acumulación de muchas pasiones y odios pueden ser tan efectivas y que entonces, las mismas, no deben intentar entenderse desde lo racional.

Por eso, aunque creo que nadie puede pensar esto de manera sensata y cartesiana, me preocupa que sí lo pueda creer, que se sienta impulsado ante tal convocatoria y termino preguntándome ¿hasta donde llega la boludez humana? ¿Más de 40 jornadas encerrados y salen a protestar contra el comunismo?

Hace algunos días fue el aniversario del nacimiento de Marx, pero no creo que esto fuera un motivo para tal movilización, tampoco creo que lo sea el que hoy es el cumpleaños de Evita, me arriesgo a decir que la mayoría de los que están pensando asistir a este conclave barbijero, no deben tener ni idea de quien era, tal vez les moleste lo que representa y lo que significa, pero tampoco lo sé.

Entonces ¿Qué mierda los mueve a hacer esta acción? En algunos lugares vi que decía que con esto se oponían a que los argentinos nos convirtiéramos en Venezuela, en otros con vi que insistían en que no había que pagar más impuestos y en algunos mencionaban que cada uno podía ser libre de hacer lo que quisiera y que a partir de la fecha equis, saldrían a deambular por dónde fuera.

No sé qué es lo que va a ocurrir hoy, tal vez esto termine siendo una fuente inagotable y efectiva de memes absurdos por las redes mientras estamos viendo alguna boludez por televisión, pero no lo sé y esa incertidumbre se me aparece como comedia de otra incertidumbre trágica anterior: La de no saber cuándo íbamos a salir encaminados hacia la nueva normalidad.

Marchas como la de hoy me dicen que todavía, aún hoy y luego de estar pasando por esta cuarentena, impera la vieja normalidad, que en algún momento habrá que desterrar para darle fin al egoísmo y a la vanidad, mientras tanto asisto y asistimos a un capítulo más de la imbecilidad que nos trae este sistema.


 

Sol en mayo o ese canuto

(relato 3)

El sol suave, tímido y fresco de una mañana de otoño porteño, me lleva a repetir una nueva tradición, qué sin darme cuenta, ya parece más vieja que aquella antigua práctica de tomar mate en el balcón.

Hoy domingo, vuelvo a amasar fideos, como todos los domingos durante la cuarentena del Covid-19, pero ya sin compañía, la novedad pasó y parece no funcionar el juego de las texturas que nos entregan la harina, el huevo, la sal y el aceite.

No hay niñe que aguante, me encuentro sólo con mi bowl, el sol, claro está, y mis materiales, un palo de amasar y una pala de madera que me acompañan en cada travesía que encaro, al sumergirme en el mundo de las pastas y las pizzas caseras

¡Gloria al Trigo y al Maíz!

¡Que vivan los hidratos de carbono, alegría sin igual!

Me sirvo la primera copa de vino, esta vez toca un malbec de esos que rasque de mi cava improvisada en uno de los placares del cuarto. La botella había quedado desde que alguien, ya no recuerdo quien, me la había traído a una cena o un almuerzo, no sé.

Para mi sorpresa, el vino esta genial, cuenta con un frescor perfecto, una acidez que no se abalanza sobre mi lengua y al pasar por mi garganta la acaricia, dejándola suave y pidiendo más.

Mientras espero que la masa descanse, crezca, se llene de humedad y transpire su oleaginosidad, liberando las sales de la harina y del huevo; pongo la radio y vuelvo a saborear un nuevo trago del vinito.

Acomodo la antena, o lo que queda de ella y emerge una conversación urgente sobre el acceso a los libros, el papel de las librerías y las editoriales y sobre el futuro incierto de cada uno de los mencionados anteriormente frente al efecto de la pandemia.

Vuelvo a tomar un poco más de vino y mis patas hacen base sobre un escalón que nace desde el balcón. Levanto la mirada y en una clara acción hitchcotiana pispeo cómo, de los edificios vecinos, una chica toma sol, una vieja teje frente a ese mismo sol, una mujer lee y otra cuelga la ropa, mientras un tipo, de gesto sospechoso, con anteojos metalizados, abdomen predominante y el pelo bien gris, mira por una ventana cargando una mueca, como de costado, sin perder de vista su propio detrás con un aire incómodo y vigilante.

Cuatro balcones, cuatro mujeres, todas al sol, junto al viejo sospechoso y yo, claro, con mi lápiz empujado por el febo, el murmullo que llega de la radio y esa música que regalan los autos al pasar de manera desacompasada entregando efectos especiales al refractar en las ventanas, desde sus techos, al mismísimo sol de mayo.

En fin, este otoño, Almagro presenta terrazas que ya no brillan como al comienzo de la cuarentena, cuando el astro fulgurante y su aliada terráquea eran más cercanos y a manera de confidentes se beboteaban durante gran parte del día y respiraban algo de ese verano que ya no estaba.

Cada jornada que pasa, el calor de los rayos que llegan a esos balcones y ventanas, es más tenue y el chabón, todo un astro gigante, se raja cada vez con mayor rapidez, y con ello, se vuelve un canuto a la hora de regalar un cachito de calor para la banda que está asomando la nariz desde las casas sin tener otra cosa que hacer.

De un costadito de la olla hirviendo y esperando que los fideos se cuezan, lo miro fijo y le espeto: “Che, amigo, no te pongas la gorra y volvé que sos lo más cercano a la alegría. Dale, que sino vienen esos días nublados de color topo y nos llena de amargura”.

Mientras tanto, la cuarentena sigue y nos deja transitando en medio de esta sensación de presente continuo.

Lucas Rozenmacher

Fotografía: M.A.F.I.A.