En el último mes la cuestión del dólar ganó una vez más las primeras planas y se volvió trending topic en la Argentina. Como en otras oportunidades, esa aparición se imprime con el signo del eterno retorno. Escenas que se repiten, muletillas que reaparecen, imágenes que vuelven a circular.  Una película que ya vimos.

Sin embargo, como siempre en la vida social, lo que vuelve nunca es pura repetición. Los términos que dominan la discusión pública cambian a veces, se distinguen nuevos tópicos, otras claves de interpretación.

Había pasado entre 2012 y 2014, cuando la regulación del mercado cambiario fue bautizada como “cepo”. En ese momento, a la par de un conjunto de discusiones remanidas acerca del valor real o ficticio de la moneda norteamericana, del rol de la inflación en la “preferencia por el dólar” y del desempeño del Banco Central, tomó forma un nuevo contrapunto. Por un lado, quienes afirmaban que la demanda de dólares era una respuesta racional frente al aumento de los precios y el consiguiente deterioro de los ingresos. Por otro, quienes sostenían que, dada la existencia de alternativas más rentables que la compra de dólares, este no era comportamiento racional sino, por el contrario, un accionar patológico en términos económicos, que solían calificar como “cultural”.

Este triage de las acciones de los agentes económicos no era puramente teórico. Como en la guardia hospitalaria, servía (y sirve) para definir órbitas de acción. Si no se trataba de comportamientos puramente económicos, entonces debían ser atacados con otras herramientas: la famosa batalla cultural.

Más allá de sus diferencias evidentes, ambas posturas compartían una misma certeza: si el fenómeno es de naturaleza económica, la cultura le es entonces extraña -y viceversa. Economía y cultura son términos que se excluyen mutuamente. Buscar en la moneda norteamericana una rentabilidad que el peso no asegura no tiene nada que ver con la cultura; comprar dólares cuando hay alternativas de inversión más rentables no puede ser considerado un comportamiento económico.

Esta dicotomía sobrevoló también las discusiones de las últimas semanas, y es falsa. Contra lo que muchos economistas sostienen, los comportamientos económicos no son distintos de otros comportamientos sociales. Son acciones con sentido, razonables en su contexto, atravesadas por la historia. Mal que les pese a quienes fundan su prestigio en su capacidad para realizar pronósticos, ni los agentes económicos son inmutables, ni sus acciones son idénticas en todo tiempo y lugar. La búsqueda de rentabilidad es un faro, pero no el único. Las decisiones económicas son el resultado del análisis de la información disponible tanto como comportamientos aprendidos, respuestas intuitivas y apuestas sin muchas diferencias con las que se realizan en la mesa del casino.

En otras palabras, la racionalidad no excluye a la cultura: invertir, ahorrar, consumir son también modos de hacer. Como tales, están moldeados por la historia, por los valores y por las interacciones con otros.

La historia de lo que en la Argentina sucede con el dólar es el mejor ejemplo de ello. Que sin inflación ni restricción externa no habría presión sobre el dólar es tan cierto como que ésta tampoco existiría del modo en que la conocemos sin el lento proceso de popularización que hizo del dólar una herramienta conocida y manejable tanto por los poderosos como por los humildes.

A diferencia de lo que ocurre en otros países, donde las familias de clase media invierten regularmente en el mercado de capitales, en Argentina la Bolsa de Comercio es un universo opaco y lejano para la inmensa mayoría de los clientes bancarios. Del mismo modo, esas mismas familias tienen con el mercado de cambios una familiaridad que resulta inimaginable en otras latitudes.

Los motivos que explican lo que sucede en uno y otro lugar son de naturaleza histórica y social: es decir, a la vez económicos, culturales y también políticos.

Solo considerando esa trama compleja puede comprenderse que en nuestro país la cotización del dólar se informe junto con la temperatura, que un salto en el tipo de cambio sea comentado en la mesa del bar, la cola del supermercado y los programas de chimentos, y también -y quizás sobre todo- que las campañas electorales bailen al ritmo de las pizarras.

Por el contrario, pensar desde la oposición burocrática entre identidades disciplinares solo oscurece nuestra comprensión del problema. No se trata de separar sino precisamente de unir aquello que el sentido común economicista presenta como divorciado.

La consigna vale para la investigación científica tanto como para la formulación de políticas públicas. Estamos ante un fenómeno del que participan actores de distinto tamaño y perfil: desde los operadores del mundo financiero hasta los jubilados, pasando por las PyMEs. Pero que además se manifiesta de múltiples maneras. Por un lado, refiere directamente a las operaciones financieras (de inversión o de ahorro) y a la dinámica de ciertos mercados (el comercio exterior, la actividad inmobiliaria, etc.). Por otro, habla de las herramientas con las que interpretamos la realidad.

Desde hace décadas, la cotización del dólar es un número que funciona como termómetro de la situación económica y política. Leemos en sus saltos y vaivenes lo que va a pasar con el futuro de la economía, y también de los gobiernos. Y lo hacen tanto los habitués de la calle San Martín como quienes nunca tuvieron un dólar en la mano.

En la Argentina, el dólar es activo financiero, información clave, instrumento de presión corporativa, reserva de valor y fetiche. Para decirlo con el lenguaje de la sociología clásica, un hecho social. Ni puramente económico, ni cultural, ni político, sino todo eso a la vez. Cualquiera que pretenda lo contrario está, en realidad, discutiendo otro tema.

Mariana Luzzi

Socióloga / Investigadora

UNGS – CONICET

Fotografía: M.A.F.I.A.