Cuando la discusión sobre el valor de la moneda se instala en las tapas de los diarios, el debate por la confianza y las expectativas económicas deviene ríos de tinta. En este país estamos acostumbrados a que esta discusión emerja cotidianamente, sea parte constante de nuestras vidas. Aplaudimos los espacios para debatir ya que existe un conjunto de conceptos que el saber economicista naturaliza al punto de clausurar los debates sobre ellos. Se impone un tipo de racionalidad como el exponente último de la lógica y todo lo que quede por fuera de esto es tildado de poco probable, o incluso de ridículo.

En el marco de estas discusiones, se pone un énfasis sorprendente en divorciar a la acción social de la realidad material que condiciona dicha acción, y viceversa. La realidad económica es presentada como algo autoevidente, como si la economía se explicara a sí misma y por sí misma. Fácil como contar melones. Los cimientos sociales de todos los cálculos económicos son excluidos de la reflexión, como por arte de magia. Como si las herramientas de cálculo económico –incluso las más sofisticadas- no fuesen desarrolladas y aprendidas, también, en interacciones sociales: en universidades, institutos de investigación, empresas, consultoras, grandes mesas de reunión, incluso leyendo el diario todos los días. La sociología económica ya se ocupó largamente de demostrar que las herramientas de cálculo económico no son neutrales.

Dicho esfuerzo por separar analíticamente la realidad económica de la realidad social en general proviene de los alfiles del saber económico hegemónico. Aunque en ocasiones podemos ver que estos ejemplos de reflexión escindida no necesariamente emanan de corrientes ortodoxas del conocimiento. Después de todo, el saber experto instituye su voluntad de verdad como modo de pensarlo todo. Las explicaciones económicas que desconfían de los análisis sociales o culturales están más cercanas a los idearios de los centros de saber conservador aunque cuenten con recetarios distintos, y se autoperciban como heterodoxas. La manera de entender el mundo puede reproducirse, replicando también el peligro de seguir considerando al espacio social como una hoja cuadriculada que adapta sus renglones a las fórmulas. Los números no se explican por sí mismos, ni “dan la razón” a los compradores de dólares, porque no son entidades que se existan por fuera de la acción humana. El dólar no se pone nervioso, no te invita a tomar un café.

Pensar que los movimientos cambiarios están despojados de intereses directos o indirectos es tan rudimentario como pensar que el papel de la moneda es neutral en el devenir social. Sin embargo, la realidad es todo lo compleja que es, más allá de cualquier experimento imaginario que se esfuercen por delinear. El ceteris paribus no existe porque el análisis social no es un dato de color. Pensar a la sociedad y a la cultura como un cascarón inocuo en cuyo seno ocurren procesos neutrales no es históricamente sostenible porque supone un mundo inapelable que baila al son de una racionalidad única, transparente y predecible.

Cuidado. Me encuentro lejos de querer decir que por ello la acción de los actores económicos es irracional o insensata. No estoy indicando que el comportamiento económico no pueda ser comprendido o explicado. La acción racional existe, y está socialmente configurada. No por más social es menos racional, ni con menos sentido económico ¿o acaso el comportamiento social es irracional? La racionalidad no nace en el vacío, y solo puede ser comprendida dando cuenta de sus condiciones de surgimiento y existencia. También admitiendo que no es la única manera posible de pensar. Considerar que las variables macroeconómicas tienen una configuración social y política, no significa que dicha configuración sea una forma de evitar hablar de algún tipo de realidad velada por el opaco pensamiento social.

Todos los días, los actores económicos –en todas sus escalas- toman decisiones. Lo hacen desde todos los lugares que habitan y por los que circulan. Todo ello configura sus expectativas. Los grandes actores económicos, también toman decisiones determinadas por una mirada del mundo modelada por sus valores y sus modos de entender políticamente la realidad. Esto no los hace irracionales, porque cultura y racionalidad no se oponen.

La desconfianza no es un indicador de una realidad distorsionada sino que actúa performativamente sobre el devenir de la economía, es condición de su propia verdad. Porque la confianza no brota de mecanismos automáticos ni neutrales, sino que actúa como un mapa de significados por medio de los cuales se compre lo que sucede y qué esperar de ello. Existen diversos elementos de evaluación que llevan a construir mecanismos de confianza o de desconfianza, y estos tienen efectos fundamentales en el valor de la moneda.

El precio de la moneda está estrechamente relacionado con la confianza, y la confianza no puede ser explicada por experimentos imaginarios. Por todo esto, la confianza en economía es un dispositivo de evaluación de las políticas de un gobierno, y los “espirales de desconfianza” constituyen una dimensión punitiva del mismo dispositivo de evaluación. En esto estamos de acuerdo con los comentaristas económicos expertos: de algún modo, la desconfianza de los “mercados” es una forma de reprobar el examen de las expectativas. Pero: ¿Desde dónde desconfían los que desconfían? Entendiendo que los mercados no son entes etéreos, sino construcciones sociales conformadas por muchas sujetas y sujetos que actúan a diario. Los mercados también son esas decisiones que las y los actores toman a diario.  Lo que me interesa discutir es la idea de que las expectativas cambiarias estén desprovistas de valoraciones o de intereses. Que sean parte de un mundo aséptico que solo puede ser imaginado como un laboratorio, como si existiese una zona limpia de cultura. Hablar de esquemas de valoración no es juzgar algo como positivo o negativo, ni ponerle una etiqueta, sino rastrear desde dónde se instituye.

También me interesa discutir que los esquemas de comprensión más divulgados para juzgar las decisiones de política económica, tengan como norte los intereses económicos de las mayorías, o que redunden en mejoras de las condiciones de vida de los sectores más castigados de la población. Lo que sí es indudable es que pertenecen a la familia de enunciados que estamos más acostumbrados a escuchar, que más circulación mediática tiene, y que cuentan con mayor financiamiento. Vale la pena aunque sea detenerse a pensarlo, para no naturalizar la cantidad de complejos mecanismos que se ponen en juego cada vez que a un gobierno se le exige un “shock de confianza”. Como si la confianza pudiese venir en forma de cachetada. Eso del shock es ciertamente un concepto curioso para utilizar en el contexto de decisiones políticas. La confianza y las expectativas sobre el tipo de cambio son totalmente racionales, y son absolutamente económicas, pero no por eso menos sociales. Si el valor de una moneda no es neutral, entre muchas otras cosas porque tiene efectos directos en la distribución del excedente y del mapa de poder económico, entonces ¿Cómo pueden ser socialmente neutrales sus explicaciones? ¿Cómo se supone que están exentos de cultura los conceptos que dan cuenta de estas variaciones?

María Victoria Raña

Socióloga / Investigadora

IDAES/ UNSAM- CESE

Fotografía: M.A.F.I.A.