Muchas gracias por la invitación a esta grata reunión a la que espero serle fiel con algunas observaciones que no me van a ser fáciles porque, si bien es cierto que en el curso de una larga carrera universitaria no dejé de pensar los problemas de la arquitectura, lo arquitectónico como profesión y como historia, también es cierto que las ciencias sociales en general y la sociología en particular tienen una larga tradición de observación respecto de la historia de la arquitectura. Lo que no es seguro es que yo pueda satisfacer este cruce, que es un cruce dramático de dos conocimientos que se buscan, se encuentran tanto como se rechazan. 

Había pensado, para comenzar, un inicio que se basa en recuerdos de grandes lecturas y en una anécdota parisina que forma parte de los estudios sobre la ciudad de uno de los grandes sociólogos alemanes Georg Simmel. Resulta ser una anécdota menor, aparentemente desdeñable, que se refiere a un curioso personaje en Paris, a finales del siglo XIX. Un personaje que espera en su casa vestido de gala para ser convocado a una de las grandes reuniones que ocurren en la ciudad, en este caso formada por trece personas. El número trece es un número que en todas las culturas contiene el maleficio y la predestinación de los males que pudieran ocurrirles a los asistentes. Este personaje que espera tiene una función: es el decimo catorce y espera ser llamado para romper el maleficio. Por lo tanto, vestido con su mejor indumentaria tiene que estar preparado para asumir, además, toda clase de conversaciones (podría ser una reunión de arquitectos, otra de sociólogos, otra de jugadores de bolita). Para Simmel, este ejemplo revelaba la esencia de la ciudad. Y, en algún punto, la esencia de la arquitectura. No es lo mismo la arquitectura y la ciudad, porque la arquitectura es un sistema de conocimiento basado, entre otras cosas, en la existencia y la creación de ciudades. Pero para Simmel, definía también la arquitectura este sentimiento de una persona que tenía tal incumbencia en la definición de una función tan específica como irrisoria. 

Ese decimo catorce es visto como el emblema de la ciudad como abstracción. En este sentido, la división del trabajo en las ciudades podría ser tan rigurosa como humorístico. Este ejemplo está también en las novelas de Balzac y lo menciona también Mansilla en La excursión a los indios ranqueles. Mansilla era un dandy y este es un ejemplo típico de los hombres de mundo; la mundanidad de una ciudad.  

Una ciudad, dice Simmel, si tiene esta clase de personajes, tiene que ser necesariamente una abstracción, tiene que ser un ámbito espacial y temporal de tal índole que una figura de esta condición pueda ser razonablemente justificada por el hecho de que existe un pensamiento colectivo que espera la ocurrencia de lo impensado y llenar funciones asociadas a la vida efímera y fútil de un grupo de personas. En esa futilidad se expresa la esencia de la ciudad; es decir, llena un vacío que sería absurdo pensado desde las clases populares, pero que no es absurdo pensado desde la metrópoli contemporánea con sus grandes flujos de masas, sus grandes medios de transporte. Es, en efecto, un ejemplo vinculado a la ciudad como abstracción o como mentalidad colectiva, pero al mismo tiempo rechazando la idea de ciudad industrial modernizante. Un ejemplo aristocrático de la ciudad, de una “ética aristocrática” para seguir viviendo en las grandes ciudades cuyas masas humanas están vinculadas al cumplimiento de horarios laborales, a la producción y a la industria.  Es un caso interesante para pensar las situaciones en las que la ciudad somete a todos los ciudadanos. Podemos definir a la ciudadanía como el uso de los derechos políticos, pero al mismo tiempo, el ciudadano se sumerge en masas anónimas, convive en medios de transporte de manera anónima y la salida de ese anonimato, en general, se produce de formas muy parecidas a la del decimo catorce

Estos ejemplos se podrían multiplicar si consideramos los grandes oficios de las grandes metrópolis: por ejemplo, el paseador de perros. Sería inconcebible en una ciudad aldeana un personaje de esa índole; pasear perros es una ocupación que no pertenece al mundo industrial, no pertenece al sistema cooperativista. Es un tipo de servicio que excede a los servicios extraños de toda ciudad, como el cerrajero abierto 24 hs. Éste también supone que, en esa gran abstracción, la ciudad, existe la posibilidad de la ocurrencia de lo absurdo]: en efecto, puede ser que alguien a las dos de la mañana se quede sin una llave de su casa. El pensamiento abstracto no es un pensamiento volátil o meramente utópico, sino que supone esta probabilidad de que ocurra un hecho inesperado de los millones hechos inesperados que ocurren en una ciudad. De ahí la posibilidad de pensar la existencia de sistemas de conocimiento, como la arquitectura, asociados a mundos urbanos vistos de esta manera, atendiendo a oficios y ocupaciones de tal heterogeneidad que nos permiten comprender el modo en que la ciudad va especializando sus figuras. Ya no existe como definidora la vida productiva o la circulación de mercancías, sino que existe un conjunto de personajes que forman parte de un espacio utópico, el espacio urbano, y una situación espacio temporal, también utópica, que debe ser pensada por una profesión como la arquitectura – que también es esta una profesión utópica-.    

La arquitectura tiene de utopismo el hecho de que antes de la existencia de las ciencias sociales y antes de la existencia de las teorías políticas, el arquitecto en todas las comunidades conocidas es aquel que ha asumido la construcción del habitar – esto es, no sólo de viviendas, sino el lugar donde se manifiesta primordialmente el ser-. En este punto, el arquitecto sería el que anticipa el sentido mismo de lo social. Esto me recuerda la construcción de Brasilia por parte del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. 

Niemeyer es un arquitecto del partido comunista y esto que digo, en otra época, podía sonar más estremecedor que en la actualidad. En lo concreto, ya no hay partido comunista brasileño, pero hay (Oscar) Niemeyer. Y lo que la historia de la izquierda brasileña ha transportado hacia la vida de Niemeyer es un sentido utópico de la transformación social. Y para Niemeyer, que es un gran discípulo de Le Corbusier, construir una ciudad está antes que la transformación social; o bien, invita a la transformación social. No es un tema de los políticos. La transformación social, el gobierno del mundo, el gobierno de las naciones, comienza por una ciudad. Y por la construcción de una ciudad. Y obliga al arquitecto como constructor de ciudades a pensar el conjunto de relaciones entre el Estado y la sociedad. Es decir, el arquitecto estaría antes que Aristóteles, que Platón, que Maquiavelo (aunque Maquiavelo efectivamente piensa la ciudad, es de hecho un pensamiento que surge de la ciudad de Florencia). Y en el caso de Niemeyer, de la ciudad de Brasilia, que era el modo en el que Brasil se expandía hacia el trópico, hacia la selva. Y hacia el Amazonas. Como se dijo, si la capital de Argentina se extendiera o se transportara hacia el frío, hacia el océano y hacia el viento. Esa frase está tomada del ejemplo de Brasilia. Revelaría que construir una ciudad es reconstruir una sociedad. Por eso entiendo que es una profesión utópica la profesión de un arquitecto. Porque antes que la política, antes que el Estado, antes que las relaciones sociales y antes que los partidos políticos, estaría, no la ciudad antigua, sino la ciudad ya viciada por el Estado. Es decir, por aquello que inventaron los griegos, la polis: la ciudad y el Estado al mismo tiempo.

Brasilia es una ciudad que invitaba al ejercicio de la vida igualitaria. No desde la vida política sino desde la construcción de la ciudad. Es decir, la polis llamada Brasilia, con el mismo nombre del país del cual sería capital. Pero Brasilia es una palabra que no existe; es, por tanto, una palabra utópica. Tenía que recibir a sus nuevos habitantes con una suerte de manifiesto o de cartilla básica basada en la teoría de la igualdad. En las Memorias de Niemeyer es donde están contadas todas estas peripecias. Y se presta particular atención al día que llegan los funcionarios políticos de Río de Janeiro. Ese es el momento en el que Niemeyer descubre que la ciudad no iba a ser ninguna utopía. 

A la ciudad de Brasilia se la define como la protoforma de la desigualdad social. Donde arquitectos, ingenieros, albañiles, que habían concurrido de todas partes de Brasil, terminan en una suerte de comunidad libre, esperando a los futuros habitantes. Cuando ve venir a lo que él llama la fila de automóviles oscuros, ahí aparece el fin de la utopía. Pero no es que se desilusiona por eso, es que de algún modo se podría presentar como un arquitecto resignado, es decir, su teoría nunca puede ser validada. Por eso es una gran utopía. A esa ciudad vendría a habitarla la reproducción de la desigualdad política. De alguna manera es eso lo que vendría a decir el arquitecto comunista Niemeyer, ya no comunista del partido comunista sino de una expectativa comunitaria. La ciudad como una gran expectativa comunitaria la iban a desmerecer sus propios habitantes, para los cuales en principio había sido construida. 

Brasilia tiene muchas críticas, a la vez que muchas alabanzas. Cuando la visita André Malraux, la llama la nueva capital de un imperio que no fue. También dice eso de Buenos Aires. Que no fue o que no puede ser. Esa frase de Malraux indica que las ciudades tienen también un cuerpo utópico, que pretenden ser más de lo que realmente pueden ser cuando realmente son habitadas. Sobre todo, cuando aparece el usuario, que es lo contrario al ser utópico que debería habitarlas. Y en ese sentido no es la desilusión del arquitecto, sino es la idea de que el arquitecto solamente goza en el momento de la construcción del habitar, la forma utópica que adquiere el mundo del refugio de los hombres. Solamente puede ser motivo de inmensa alegría cuando se la está construyendo. Ya que después aparece el usuario, con su crítica, con su forma de habitar, con su utilización del espacio que de alguna manera vendría a desmerecerla. A no ser que efectivamente se cumpliera con la utopía por excelencia, que es que la arquitectura fuera la matriz de todas las ciencias y fuera la que al construir indicara precisamente cómo deben ser las ciudades. O que, al construirla, el arquitecto recoja la veta utópica de su profesión. 

Las sociedades serían igualitarias como una suerte de efecto general de la arquitectura sobre las sociedades. Este es un pensamiento al que hay que tenerle mucho respeto y cariño. Es uno de los grandes pensamientos que ha dado la arquitectura. Y no es posible descartar los efectos que tiene la arquitectura en situaciones sociales y políticas de tipo igualitario, o lo contrario. He allí Niemeyer, que es un viejo sabio, humorístico, un gran diseñador y hace una línea y esa línea tiene vida, hace una curva y esa curva tiene vida porque es alguien que se inspira en la naturaleza, en los movimientos y en las líneas y las curvas de la naturaleza. Y en ese sentido se podría criticar que aquellas construcciones humanas que alteran la naturaleza, de algún modo la contradicen. Al contrario del caso de Niemeyer, donde hay una prolongación de la naturaleza en las sociedades. Aunque ese es un pensamiento extraño, porque en realidad las ciudades son construcciones que suponen la protección frente a lo agreste o riesgoso de la naturaleza. Y el hecho que haya una continuidad entre naturaleza y sociedad, entre naturaleza, sociedad y cultura urbana, es motivo de reflexión de los grupos ecologistas, de las vanguardias ecologistas del mundo. De difícil cumplimiento, porque la vida urbana, como lo revela toda la tradición en la Argentina de la contraposición entre civilización y barbarie, la barbarie es el mundo rural y la civilización es la ciudad, eso está claramente establecido en Sarmiento. Luchamos por la ciudad, dice Sarmiento. Por lo tanto, la gran tradición ilustrada, problemática pero fundadora de la modernidad, la ciudad es lo contrario a la naturaleza salvaje. Es la tesis de Simmel. Por eso hay alguien de frac para conversar de cualquier tema. En la tradición de Niemeyer la ciudad sería una prolongación de todas las formas de vida conocida, de la vida vegetal, de la vida animal. Pero la gran paradoja de Niemeyer es que hizo una ciudad que, para muchos, es imposible de ser habitada. Y no porque exista la clase política brasileña, que es una clase política muy densa, con muchos años de experiencia y que tiene fuerte conciencia política de sí misma. Es concreto, hay un tejido interno que la une a pesar de sus diferencias. Por eso la gran satisfacción de Niemeyer es haber construido el monumento del estadista, Juscelino Kubitschek, el presidente de Brasil de aquellos años, que lo invitó, precisamente, a construir la ciudad. (Existe un movimiento de manos de Kubitschek que, a determinado momento de la tarde, cuando el sol pasa por esa estatua se forma la hoz y el martillo a unos metros más allá en el césped. También hizo una broma muy parecida con la iglesia que construyó, ubicando un mandala, un viejo signo de religiones anteriores al cristianismo). Son todos indicios de que el arquitecto, avalado por el presidente, tomaba decisiones que incluían desviar el destino de Brasil en dirección. no al océano, al viento y al mar, sino a la naturaleza y a una forma de vida igualitaria y al festejo de la vida popular brasileña. 

Todo eso queda como un balance para los brasileños, pero me parece interesante recordarlo porque pone, por un lado, a la arquitectura como una de las grandes utopías sociales y, por el otro, nos permite pensar lo difícil que es la transformación del mundo solo con instrumentos arquitectónicos. En este punto, todos los arquitectos que también en la Argentina pensaron la arquitectura de una manera compleja, todos tienen esa partícula utópica en su pensamiento. Los movimientos estudiantiles de las facultades de arquitectura, en general, piensan en viviendas sociales, en viviendas colectivas. Brasilia es una vivienda colectiva. Y generalmente detienen su pensamiento allí. En el caso de Niemeyer, la vivienda colectiva debía ser parte de una vanguardia arquitectónica. Por eso la ciudad tenía que tener esos grandes bloques y tenía que tener un indicio cósmico, es decir la utilización de los elementos de la naturaleza (el rayo de sol, las simbologías anteriores al cristianismo), que en relación con la ciudad tomaban un carácter cósmico. 

En la arquitectura hay, efectivamente, un carácter de sentido cósmico, ya que el arquitecto puede pensar la relación entre el cielo y la tierra, el viento y el mar. Todas sus construcciones dialogan con todos esos elementos que tienen vestigios no remotos de la vida sacerdotal. Toda profesión tiene vestigios de la vida sacerdotal, la profesión es, efectivamente, la forma laica de algún vestigio sacerdotal. En el profesor está claro. Si se exhibe demasiado a esos vestigios, es una torpeza, lo mismo si se los apaga del todo. Hay que manejar esos vestigios de una manera laica, no de modo torpe, sino percibiendo a las profesiones como un gran legado de la humanidad, una gran responsabilidad. Impartir conocimiento no es gozar del desequilibrio del que sabe respecto de aquel que no sabe, sino generar un saber en aquel que ya de alguna manera lo tiene. Y aceptar que el profesor puede no tener ese saber que supone tener. Esas mismas cuestiones están involucradas en la Arquitectura que es una expresión que no se sostiene únicamente en el arquitecto profesional que sale de las universidades. Y que ahora ha pasado a los informáticos, que suelen usarla, en tanto construcción sobre la tierra. Así como Foucault colocó la palabra arqueología y dislocó para el lado del pensamiento, la arquitectura no está ligada necesariamente a lo que sus profesionales le llamarían la historia del pensamiento, aún cuando hurgando un poco aparece la historia del pensamiento.

En ese sentido, la noción de ciudad, en tanto noción que la teoría política y la filosofía han condensado en un impulso constructivo, esto es, en lo que se supone es el saber sobre lo tectónico, el soporte, la tierra, lo que se mueve o lo que es la forma de vida en última instancia, hace de los arquitectos sujetos sociales con una herencia de gran complejidad. Por eso interesó tanto a la sociología y se escribieron tantos tratados de sociología urbana consultando a arquitectos. La historia de la sociología urbana es la historia que estoy tratando de señalar y con muchos efectos de gran importancia sobre la vida cultural argentina: por ejemplo, en toda la obra de Ezequiel Martínez Estrada que es, de algún modo, una obra de fuerte rechazo a la idea de la construcción de ciudades por medio de arquitecturas que no se sostendrían en los cimientos efectivos de la tierra. Obras como La cabeza de Goliat que refieren a Buenos Aires como una gran construcción que no ha guardado relación con los procesos de una vida anterior, con su mixtura de la vida sin ley, de la vida en el campo, de la vida vitalista. Por eso La cabeza de Goliat es ese lugar donde terminan todos los ferrocarriles, los sistemas de comunicación, los sistemas financieros. De allí, la gran frase que tiene Martínez Estrada, que como es sabido es un personaje de tipo profético, sobre la ciudad de Buenos Aires: “A Buenos Aires hay que destruirla y construirla en otro lugar”. La primera parte de la frase es tremenda, la segunda deja algún consuelo. 

Buenos Aires para Estrada hacía a la infelicidad de la nación. Por eso toda su obra va en paralelo a la de Scalabrini Ortiz, a quien le interesa de otra manera esta cuestión. Pero también aparece Buenos Aires más tiernamente tratada en El hombre que está solo y espera, allí es una ciudad metafísica, también cósmica, que se sostiene solamente porque es posible en su interior entablar la amistad. En ese sentido, si no es posible entablar amistad no habría ciudad que valga. Y a Buenos Aires la tienen que rescatar esas pequeñas comunidades de amigos. Efectivamente, el de Scalabrini Ortiz es un pensamiento más comunitarista. Y del mismo modo, en términos económico-sociales, Buenos Aires condensa las pulsiones generales del país. También en ello se la ve como una anomalía. 

De modo que estamos en el pensamiento de si una ciudad está expresando o no el sentimiento de cambio general de una población. Y qué se piensa sobre la ciudad, basta preguntar en cualquier lugar de las provincias qué se piensa sobre Buenos Aires. Y ahí extraemos algo irresuelto de la historia argentina, pero también extraemos pensamientos de tipo arquitectónicos. Es decir, pensamientos sobre estos restos y vestigios muy antiguos que quedan del mundo, donde una profesión, que parece no estar muy vinculada a la política, puede tomar decisiones que hagan a la felicidad o a la infelicidad de los hombres o bien, a la igualdad o a la desigualdad de las sociedades. Si me atengo a las conversaciones que uno escucha a diario sobre los contrastes sociales, es evidente que aparece también este mismo rasgo utópico. Cuando se dice Puerto Madero, aparece un rasgo utópico muy marcado. Los constructores de Puerto Madero también pensaron en un tipo de ciudad dentro de la ciudad. Una ciudad más protegida de la ciudad real. En algún momento Puerto Madero va a ser tomada por la ciudad real. Eso va a ser inevitable. La ciudad real son tentáculos invisibles que están en todos lados. Puerto Madero tiene otra jurisdicción, tiene el nombre del constructor del Puerto de Buenos Aires. 

La división de trabajo de una ciudad permite que quien la legisla, el edil, el concejal, el diputado de la ciudad, pueden zonificar, pero esa división expresa algo mucho más fuerte, más enérgico y vital que las zonificaciones. Por un lado, las zonificaciones hacen a la especulación inmobiliaria, por eso es el tema de más fuerte debate entre los legisladores de la ciudad. En este punto, los que legislan sobre la ciudad, están legislando sobre una parte importantísima del capital del capitalismo, como es el capital financiero vinculado a la especulación inmobiliaria. Pero, por el otro, la división del trabajo en una ciudad la produce el mismo habitante. La zona de los libros, la zona de los cines, la zona de las tintorerías, la de los repuestos de autos. En ese sentido, Puerto Madero es una división interna de la ciudad, una división que no se ha asimilado. Es un emblema extraño, un injerto basado en una gran arquitectura utópica y vanguardista, sumado al puente que construyó un arquitecto catalán, “El puente de la mujer”, y con calles que tienen nombres de heroínas argentinas lo cual es también una fuerte especialización. Ninguna ciudad logra especializar los nombres de sus calles, porque en Buenos Aires, por caso, apenas aparecen 5 o 6 regularidades, como la calle Honduras, Guatemala, El Salvador, pero después aparece Gorriti. La lucha en una ciudad es la lucha por los nombres, por sus emblemas. 

Una ciudad al poner nombres lo que hace es también producir un conjunto de identificaciones que tienen una doble significación, una toponímica. El monumento a Roca no es sólo el del general que cometió un desvarío genocida con los indios de La Pampa. Es una marca toponímica. Si se sacara la estatua de Roca como decía Osvaldo Bayer, quedaría despojada la ciudad de una marca toponímica que tiene una relativa autonomía respecto al contenido que tiene el general Roca como tal. Es así en toda ciudad. Por eso cambiar el nombre en una ciudad es una afectación al conjunto de consensos y entendimientos que todo ciudadano posee también como bagaje de su propia identidad. La ciudadanía se compone de un saber específico. Cambiar el nombre es una responsabilidad muy grande porque supone una alteración colectiva del lenguaje. En Buenos Aires hay muchas personas que siguen llamándole Cangallo a la calle Perón, y no por oponerse a Perón o a Scalabrini Ortiz, sino porque está inscripto en el lenguaje, entonces una ciudad es un conjunto de signos del lenguaje. Del mismo modo que el utopismo arquitectónico es un conjunto de signos del lenguaje. 

No ha pasado con Puerto Madero, no se ha sido absorbido por la ciudadanía y ha perdido el trazo de la historia del nombre, aquel constructor del puerto con el ingeniero Huergo. En este punto, la construcción del puerto es parte de un gran debate arquitectónico entre ingenieros. La réplica de Puerto Madero es la villa 31 que tiene una vivacidad que no tienen muchas ciudades. Es un lugar que no es fácil pensar. Se dice, hagamos un barrio. Es el lugar del padre Mújica. Es el lugar de la inmigración paraguaya y boliviana. De modo tal que es un lugar incómodo para pensar. Ahí los argentinos son minoría. Entonces, ¿cuál sería la opción del ciudadano correcto de Buenos Aires? Por otro lado, arquitectónicamente, es una ciudad medieval. Es una ciudad extraordinaria y frágil. Una ciudad que cuando se pasa por ella, uno dice “y esto cuando se va a caer”, y no se cae, “va por el sexto piso”. Porque allí son todos albañiles muy expertos. Albañiles que uno no sabe cómo pero que logran que la ciudad no se caiga. Entonces esa ciudad con estrechas callejuelas, una réplica exacta de Buenos Aires, una maqueta de una Buenos Aires utópica, de gente inmigrante y trabajadora. Donde los consultorios de odontología abundan, porque son personas que quieren progresar y, con malas dentaduras, no se consigue trabajo. Hay que decirlo bruscamente. 

Y esta es una ciudad utópica, de pobres, inmigrantes, de perseguidos, de dealers. Es la ciudad de las antípodas. Y pensar esas antípodas presupondría, ya no solo destruir Buenos Aires para construirla en otro lugar, sino pensar otra vez a Buenos Aires, pensarla desde las antípodas. Reabsorber Puerto Madero. Porque Puerto Madero tiene la misma mala fama que tiene la Villa 31 entre la clase media asentada, de Caballito, por ejemplo. Una, porque es un exceso, porque son los habitantes que además están ligados a la corrupción o la vida política. Y, la otra, la Villa 31, porque es la amenaza exterior, de “estos que no sabemos quiénes son y que construyen torres como la Torre de Pisa”. Y son dos visiones fundadas en prejuicios sociales, en ideas urbanas, en concepciones de cómo debe ser una ciudad, que también están bastante al margen del debate político argentino, pero no al margen del pensamiento vivo de la vida de una ciudad. 

Ser ciudadano es pensar sobre la ciudad. Cuando uno pasa por el edificio Barolo piensa “Y ¿a este qué le picó? ¿cómo hizo esto?” Ustedes saben que lo hizo el arquitecto (Mario) Palanti en los años 20 y está basado en la Divina Comedia del Dante, tiene todos los simbolismos de la Divina Comedia. En efecto, abona mi teoría de la arquitectura como una gran utopía literaria. “¿Qué pensó Palanti cuando construyó el Barolo?” “¿Por qué construyo el edificio Solis en Montevideo casi igual al de Buenos Aires?” Los arquitectos tienen un grado de locura (perdónenme aquí los compañeros arquitectos presentes) Es decir, un buen arquitecto debe ser un poco loco. Por ejemplo (Cesar) Pelli, y esta cuestión de llegar al cielo, los rascacielos, cuyo nombre ya se hace antiguo. Pero en la idea de rascar el cielo hay una cierta blasfemia. Las torres Petronas que construyó en un país insólito para un tucumano (como Pelli), “¿cómo va a construir ahí?”. Y sin embargo hay un pensamiento que es voluptuoso y que tiene algo de diálogo con entidades extrañas de la naturaleza, por eso empleé la palabra cosmos. Eso es lo que hace Pelli y es uno de los estudios de arquitectura más importantes de Nueva York. Cuando se es un estudio de arquitectura muy importante, circula mucho dinero y circula el capitalismo, que no es el que dice la clase media, “el de invertir en ladrillos”, sino que es el capitalismo abstracto. Esos edificios son como la abstracción financiera. Por eso las Torres Gemelas fueron atacadas, en gran medida, por ser un gran símbolo. Lo digo también bruscamente. Las Torres Gemelas eran un gran símbolo y el ataque fue un gran símbolo. Pónganle siniestro símbolo si quieren. Pero de algún modo la arquitectura estaba presente ahí. De la peor manera, en un ataque totalmente injustificado que nos hace pensar profundamente en la relación de la arquitectura con la política, con los símbolos. Se demuestra que un pensamiento de guerra, hace de la arquitectura o del transporte público, objetos de guerra. Un cuchillo para cortar la carne en la casa es un objeto de guerra. Es lo que tiene de tremendo el ataque a la Torres Gemelas. Todo objeto civil de la paz puede ser tornado un objeto de guerra. Un poeta francés (León Daudet) decía el automóvil es la guerra. Yo podría decir lo mismo de cualquier cosa que construye el hombre. No hay que asustarse del desplazamiento del objeto a la guerra. La política civil, la política democrática, las instituciones estatales públicas, en el fondo se reducen a una sola cosa, a impedir ese desplazamiento. Y lo que hace un arquitecto también, porque responde a una utopía igualitaria o a una utopía de guerra. Basta pensar en los arquitectos del nazismo, que pensaban a los edificios que presidían bajo la idea de una composición militar de la ciudadanía. Eran grandes edificios de características monumentales que tenían una forma de objeto e instrumentales de raigambre bélicos. Así como es conocida la arquitectura fascista monumentalista que tuvo gran influencia en la Argentina, con conocidos ejemplos. La arquitectura como arte, la forma estética de la arquitectura está militarizada también. 

Para finalizar, se podría decir que en el capitalismo más avanzado también existe un ideal arquitectónico que no es simplemente un instrumento del capitalismo, sino que es heredera de, quizás, de lo mejor que tiene el capitalismo: sus vanguardias arquitectónicas que pensaron desde el capitalismo cómo ir en contra del capitalismo. En ese punto, el ejemplo de Niemeyer es fundamental

Muchas gracias

Por Horacio González

Charla magistral que brindó Horacio González, el 30 de noviembre de 2012, en la ciudad de Mendoza. En el marco de unas jornadas sobre Arquitectura, Historia y Sociología, que se realizaron en la Universidad de Congreso, con el apoyo de la Universidad Nacional de Cuyo.

Fotografía: M.A.F.I.A.

Este texto será parte de una compilación editada por BIBLIO POP

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