Diario de un paseante por Rosario, cierto día sábado, este día sábado. Una vez estaba con mi amigo David Viñas en un café de la calle Corrientes, en Buenos Aires. Un café aún resistente, mezcla de cafetín al paso y lechería. Son dos géneros muy imprecisos. Qué tiene que ver el apuro con la leche. Viñas me dijo, mirando el mostrador, si somos capaces de explicar todo esto, podemos explicarlo todo. Lo que Viñas había visto era una galería de retratos. Almanaques, recortes de diario, conmemoraciones que tapizaban la pared posterior del bar. Todo rodeando el reloj de café Cabrales. Personalmente no me encuentro tan afín. Ni por la posibilidad de filtrar esa pared llena de rostros boquenses o riverplatenses, no recuerdo bien. Ni sobre la posibilidad que de esa pared saldremos al mundo. Pinta tu pared y pintarás los paredones del universo. No creo que podamos confiar tanto en la virtud representativa de este círculo maltrecho que nos rodea. Sin embargo, lo que mejor podemos entender, es este deseo de echar un vistazo a nuestro alrededor y quedarnos satisfechos de haber extraído todo lo que necesitamos de allí. ¿Será cierto que hay filosofía en esos cromos inmediatos que reclaman cuatro límites para erguirse, y que solo necesitan de una pared excesivamente blanduzca para defenderse de un momento a otro camino al olvido? Por las dudas de que así fuera hice un pequeño paseo por Rosario, éste sábado.


La llovizna recién comenzaba, por suerte no tenia por qué revelarle a nadie el escepticismo por este impulso. Este impulso que nos lleva a interrogar los datos que proporcionan los íconos de la vida diaria en una ciudad. Esos datos pueden herirnos. Pero qué conocimiento podemos sacar de allí. Recorrí la estación Rosario Norte. No vi ninguna riqueza en las paredes. Ellas no hablan. Están desnudas de afiches. Ni siquiera hay afiches oficiales. Algunas propagandas sanitarias. La última advertencia familiar del jefe de estación. ¿Llegará a tiempo el tren de las tres y media? Nada, nada. Solo visitando estaciones ferroviarias. podemos percibir hasta que punto llega la decadencia de ese medio de transporte. Hay allí dos enormes relojes. Preciosas joyas de otras épocas. Tienen fantásticas molduras de madera. Una reluciente campana de bronce. Un elemento eclesiástico o escolar. El toque de campana es aun una manera medieval de señalar horarios. Pero algo terrible ocurre en Rosario Norte. Las estaciones están preparadas para la espera. Hay salas con ese nombre. Sala de espera femenina, por ejemplo. La sala de espera femenina es una sutil redundancia. Esperar femeninamente frente a las vías del tren. Esperanzas de las mujeres en las estaciones. Estacionar en salas del “sexo débil” en un andén. Visiten la sala de espera femenina en Rosario Norte. Hay ahí un ideal tozudamente mantenido. Los asientos de cuero están reforzados. Pero todo nos indica que ésta efectiva violentación de las reglas de etiqueta de una sociedad estable, no ha alterado el espacio. Perduran en Rosario Norte ciertos carteles antiguos. Prosigue algún ideal caballeresco que muestra su supervivencia andrajosa. Homenaje al eterno femenino que sucumbe en este preciso instante. Rosario Norte es un museo. La propia ciudad de Rosario es uno de los mas importantes museos ferroviarios al aire libre que hay en el país. Los ferroviarios lo saben, por eso ponen viejas locomotoras que exorcizan las entradas de las estaciones. Como si dijeran, he aquí el ancestro, la materia antepasada. Pero el verdadero museo es ésta vejez que está aun en uso. Toda estación es una sala de espera femenina. Vive ese imperceptible trato del tiempo anterior al abandono. En Rosario hay bellas estaciones abandonadas. Acaso las mas hermosas de todo el arsenal ferrocarrilero argentino.


Quien haya visto la reunión de choferes de la Chevallier o de la ABLO, en cualquier horario en bulliciosas mesas reservadas para ellos, en el bar de la estación Mariano Moreno, puede percibir esta disyuntiva terrible: a las viejas estaciones diseñadas para el ferrocarril ¿les conviene un destino próspero de terminal de ómnibus, de salón de convenciones, de patios amanerados? En Rosario Norte hay actividad solo cuando viene un tren. Cada vez mas espaciadamente. Las zonas muertas son espantosas. El tiempo entre dos trenes es como el intervalo entre dos guerras. Cuando este intervalo es vistos por un historiador militar. Nada, nada. Son almas en pena. El ultimo changarín que pasa aserrín en el suelo como en los cuartes y en los hospitales. ¿Es mejor el bullicio en una Mariano Moreno que nunca duerme o en un Rosario Norte donde se ha apagado tanto fuego?


Si el paseante cruza la avenida puede entrar al bar Diego Rojas. O al de enfrente cuyo nombre no es visible. Hay diferencias. Diego Rojas nos entona de entrada su condición de gloria superada. Puede ser un adelantado español o un ex delantero azul y oro. Pero acaso deberíamos pensar mejor cuando decidimos darle a nuestro decadentismo real el mismo nombre que le dimos a nuestro gloria imaginada. El bar de la esquina de enfrente, reviste cierta vitalidad. Se escuchan aires gitanos desde la entrada, las paredes tienen anaqueles de botellas, una formación futbolística a doble página se ve en una superficie arriba de la heladera. Qué diría Viñas. Y una plaqueta en la entrada dedicada al poeta Aragón. Un poeta gitano, un crédito local. Disculpen, yo soy extranjero en esta ciudad y sé que ésta esquina donde paseara el ingeniero Bullright no alude al Aragón de la poesía francesa. Personalmente desconfío de las plaquetas de bronce pequeñas. De esas plaquetas que se prenden a la escasa mitología de una esquina o del ángulo de un bar. Creo que es necesario huir de ahí. Pero este mismo sábado me vi inadvertidamente sentado junto a esa plaqueta que existe en el bar Augustus, de Córdoba y Corrientes. Esa plaqueta señala el lugar donde se sentaba un pintor rosarino. El bar fue recientemente remodelado. ¿Me equivoco o esa plaqueta estaba antes de la remodelación unos metros más allá? ¿Importan unos centímetros de diferencia para un mito? ¿Sentarse en el mismo lugar en vida no convierte en un exceso recordar postmortem a esa silla? Y sin embargo hay algo cautivante allí. No es el sitio de una batalla, ni la higuera en la que algún general escribe su última misiva. O la posada destartalada donde cae herido de muerte. Aquí son las nobles asentaderas de un artista las que caían. Caían dando perennidad a un metro cuadrado de puro espíritu. Un espíritu al que las maderas de una mesa daban el soporte necesario. Hay pinturas de caballetes y hay sentadas a caballetes de las sillas de Augustus.


Pues bien queridos amigos rosarinos, yo soy extranjero aquí. Un poco porque todos somos extranjeros siempre. Y otro poco porque uno elige dónde serlo de a ratos. Yo lo elegí aquí y creo que un extranjero tiene su propio caballete. Cabalga entre las disculpas por no conocer y el permiso que reclama para su irreverencia. Llega tarde para la tontería y nunca ocurre el verdadero momento de la lucidez. Por eso un extranjero puede asombrarse más que un rosarino del actual aspecto del Augustus. ¿Saben ustedes quién dirige los bares? ¿Hay una cofradía secreta? ¿Una multinacional, un cartel de Cali? ¿Obedece a un propietario único o aquí también se impuso la ciencia de la fragmentación? Lo que es a mí me caben ciertas dudas. Les comentaré el resultado de una observación. En cierto bar de la esquina Entre Ríos y San Lorenzo. Un bar relativamente despoblado y sin linaje visible. Aunque de aspecto confortable. Una figura señorial llama la atención al público. Hacía de mozo y de “maitre”. Señorial. Un barón ruso en el exilio. Un violinista vienés lector de Feuerbach detrás del mostrador. Ahora bien, a esa misma figura la he visto hoy detrás del mostrador del Augustus renovado. Con su moñito, su medio frac. Su postura nobiliaria y gastronómica. ¿Estaba a la espera de aquel otro bar, cuando estaba en la esquina de Entre Ríos y San Lorenzo? ¿Era la esquina de Entre Ríos y San Lorenzo su sala de espera hasta que encontrara su destino imperial y romano? ¿Forma parte de una universal conspiración de lugares y rotaciones? Lo vi en el Augustus, seguro de sí, dirigiendo a los mozos de chaqueta nueva, color pastel.


Un famoso detective de las novelas negras norteamericanas, se preguntaba cuál es la mejor hora para entrar a un bar. Quiero decir, que en Augustus esas horas parecen coincidir con los mediodías de los sábados, y ciertos momentos vespertinos al final de la semana, nada nuevo. Pero el misterio de la clase media rosarina parece estar allí. Mitigada por un conde eslavo en Egipto. Que controla de mesa en mesa, de bar en bar. Ya dije la palabra: clase media. Es una palabra de media clase. No explico mucho, pero nos entendemos. Si todo viaje en el espacio es también un viaje en el tiempo y en la estratificación social, como bien lo observó Levi Strauss en su fabuloso Tristes Tópicos, entonces el viaje entre el Diego Rojas de Rosario Norte y el Augustus fue un viaje de las sociedades decadentes hasta el reluciente Arcani Imeprium Romanorum. Un viaje donde comprobamos que Rosario Norte no se ha perdido en el ratejo popular de la creatividad del hombre subalterno pero en el fondo libre. Un viaje donde comprobamos que la respetabilidad del buen vecino, el refugio elegante del argentino fundamental de Corrientes y Córdoba, esquina de soberbias cúpulas y arquitectura rococó y bursátil, no deja de persistir en su estética de interiores preferida. ¿Cuál? El kitsch. Veladores en la barra del Augustus, macetas con flores, figuración, simulación de ambientes, un imaginario alcaizante, sillas de un improbable art decó. El kitsch es un intento de eternizar la vida, la historia y los objetos más allá de los que nos permite la naturaleza. Como el Kitsch es un intento de prolongar artificialmente la vida, ninguno de nosotros puede dejar de ser un poco kitsch. Y esto, si no somos suicidas. Pero la artificialidad tiene tendencia a dominar los ambientes en el kitsch, congela lo orgánico, duplica lo que de por sí ya es obvio. Festeja lo bello con un axioma o un gritito. Se delata a sí mismo con el ideal de otra vida prodigiosa. Es un consuelo que no consuela. Un consuelo sin silencio. Es en realidad una culpa estridente. Lo kitsch nos hace culpables de no saber crear nuestro presente verdadero. Pero como nos envuelve en ternura, el kitsch nos permite disculpar nuestro gusto por el amor cuando el amor está fuera de lugar, chabacanamente declarado. ¿O sabemos acaso cuándo el amor está en su lugar? Concurran al Augustus, les aseguro que no estoy en combinación con aquel barón ruso que atiende en la caja. Sólo lo digo porque tendrán la experiencia de lo que es el mundo galante y familiar en Rosario, el superficial efluvio de la vida política.


He aquí el otro mito, o mejor dicho, el indestructible poder mítico de la palabra que lucha para sustituirse en homéricas batallas donde participan millones de bustos en todo el mundo: los del Cairo son la avant garde. Ya no dicen medialunas, metáfora físico astronómica muy pobre. Metáfora derrotada. ¿Qué dicen? Dicen marchen tres rubias, en una sustitución del significante por el significado, revolucionándolo todo. No he leído nada de Fontanarrosa al respecto, pero las mitologías no están al lado de la plaquetita de en qué lugar nos sentábamos en nuestros bares atemporales. La mitología egipcia, cairota, tan rica en sarcófagos, escritura cuneiforme y procesos de momificación sacramental, es capaz de renovarse a través de las medialunas saladas. Esperemos que el autor de Inodoro Pereyra, sepa percibir este fenómeno que ocurre delante de sus propias narices y mientras tanto contemplemos con tristeza a los mozos del Augustus. Ellos llaman medialunas a las medialunas, y café al café, sin aceptar la anterior revolución ocurrida en la década del 50. Que reemplazó esta palabra por express. Marche un express. Disculpémoslos, viven en la era de Augustus, un emperador demasiado cercano a la bolsa de cereales. Un tanto conservador.

Nuestro viaje termina en La Favorita, este mismo sábado a la tarde. Pero antes debo advertir sobre el raro proceso de modificación del espacio vital en los bares rosarinos, que han cedido, se han entregado, se han ampliado como el Augustus. Donde el propósito espacial es lo único que resalta, aunque muy módicamente. No ha cambiado nada más, excepto el aumento del tamaño y algunos mozos nuevos, que producen una sensación inhóspita. El misterioso bar Capote, de Corrientes y Urquiza, también se ha remozado. El Capote es un puesto de observación de taxistas y diarieros, nudo vital de una red informática más antigua que cualquier balsa. Antigüedad augustera. Creo que el dueño del Capote ha pagado un tributo mínimo a las reparaciones de punta, iniciadas por el Augustus. Hace lo mínimo para advertir que hasta acá llegó la cosa. Pero al tío Rojas, no llegarán. Él seguirá vacío, sospechoso, solitario y final.

Ya estamos en La Favorita, otro misterio, es una de las últimas tiendas que permanece en las grandes ciudades argentinas, construidas a imagen del Bon Marché de París, o de la Galería Vittorio Emanuele de Milán. Aún es una casa donde la ciudad queda afuera. En cambio, en un shopping center estamos frente un intento muy burdo de imitar a la ciudad, de destruirla, situarla toda adentro, domesticarla, expropiarla, absolverla, asesinarla. Marroquinería, blanco, cotillón. Cuando escuchamos estas palabras, enseguida nos damos cuenta que hay una división de rubros, que el ascensorista, si quisiera, podría recitar en cada piso como si fuera una poesía concretista. Sabemos entonces que estamos en una tienda, no en un shopping: primer piso, zapatería, camping y jovencitos. Tienda, no un shopping. En un shopping center, el ascensorista no tiene nada para decir. Porque ahí el ascensor es un acto más de consumo. Una forma más de ser consumista y mostrado. El shopping muestra y la tienda también muestra, pero fracasa en esta empresa. Sé que los hermanos García no me lo perdonarán. Pero las tiendas La Favorita son donde mejor se fracasa, son mis fracasos favoritos. No pueden mostrar porque aun conciben la venta como el susurro del vendedor, ese hombre vestido con su último traje bueno, que resiste silencioso y monacal en los pisos cubiertos por alfombras raídas y que al final de la tarde tomará su cafecito en el Augustus. En una tienda hay un nudo central, una inteligencia etnocéntrica que apunta a un sujeto íntegro: el consumidor antiguo. Se trata de un cliente de cartera y de crédito. El cliente que después de comprar sale en libertad. En la época de las tiendas, aún no se había concebido la moderna cárcel de compras. Ya no tenemos tiempo para ser aquella clase media, nuestros ojos son siempre proletarios.

El Augustus es una ilusión y el Diego Rojas, que también es una ilusión, en el fondo acierta en su lenta espera.

Por Horacio González

Conversación en la Facultad Libre Venado Tuerto – 1992 – Desgrabado para esta publicación del canal de youtube de la Revista Aji

Fotografía: M.A.F.I.A.

Este texto será parte de una compilación editada por BIBLIO POP

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