Dijo y me conquistó

Hay un tema de los Redondos que dice: “el lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó”. Este artículo bien podría comenzar diciendo “Los pueblos siempre vuelven, dijo, y me conquistó”. La frase “Los pueblos siempre vuelven” es de Cristina Kirchner y fue el título de la conferencia que brindó en Honduras en los días de la recuperación del gobierno por parte de LIBRE, quien llevó como candidata a presidenta a Xiomara Castro, esposa de Mel Zelaya y constructora de un espacio amplio que combatió al golpismo de Porfirio Lobo, primero, y la dictadura fraudulenta y narco del gobierno de JOH (Juan Orlando Hernández), luego, cuyo hermano está purgando una condena por narcotráfico de 25 años; y en la nueva Honduras, en donde no hay lugar para tribulaciones en el camino de la justicia, el expresidente Hernández se encuentra detenido debido a un pedido de extradición solicitado por EEUU por estar inculpado en una causa por narcotráfico.

La responsabilidad de EEUU en el consumo y el tráfico de drogas, al igual que con el FMI (intra-ong del stablishment millonario, homos deuses de nuestros tiempos), es directamente proporcional al nivel de consumo de sustancias puertas adentro, en los cuales, desde ya, no tiene ninguna injerencia ningún proveedor; solo los culpables sabemos hasta qué punto la responsabilidad es de lo inmediato, de las ínfimas posibilidades de no ser y poder escapar, y de la decadencia como sociedad del último imperio conocido. Y el bajo pueblo estadounidense cada vez me causa más misericordia, como me causaron los personajes de “Las uvas de la ira”, de Steinbeck o de knockemstiff, de Pollock: hombres, mujeres y sus miniaturas y decrepitudes aturdidos por la imposibilidad de ser lo que imaginaron, anestesiados por una batería heterogénea de adormilantes.

Ante esa frase contundente, surge la pregunta sobre si se puede problematizar o no las frases, dichos, acciones y políticas de aquellxs líderes y lideresas que respetamos y a cuya orgánica adherimos. ¿Podemos permitirnos discutir la frase dicha por Cristina?; o mejor dicho, ¿podemos parafrasearla, rebuscarla, ensayarla (¿acaso el ensayo no el gran juego literario argentino?)? En ese sentido es un anatema análogo al estribillo que nació de la furia de perder mereciéndolo, pero, al contrario de lo habitual, se pierde la conciencia en el ejercicio reiterado de la enunciación. Ante la frase “Los pueblos siempre vuelven” puedo argumentar que los pueblos jamás se van.

Durante la cuarta resistencia[1], acaecida durante el cuatrienio macrista, nació un canto popular. Por supuesto, consecuente con el adagio marxista, esta resistencia, incluida pintadas que decían “abrazame hasta que vuelva Cristina”, parecía un remedo angustioso de la resistencia que nació de las organizaciones libres del pueblo (diferentes a las fuerzas vivas de la sociedad) tras el golpe del 55. Sin embargo, a partir del grito espontaneo que se generaba en una pizzería, en un cine, en la calle –“Ohh, vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volver”-, el clamor fungía como una válvula de escape para la frustración de haber vivido una etapa inesperada en nuestra memoria post noventa, apaleadora de la falacia del fin de la historia y rebelde, ya no en la retórica, sino en la praxis política más ramplona, aquella que se administra en formato de gota de arriba que cuaja como efervescencia vulcánica desde abajo y tiene tal potencia, que luego de perder las elecciones de 2019, se volvió canción y amenaza, promesa de refulgencia, prueba de vida de los viejos tiempos, el graznido viejo y tierno que sincretiza ambos verbos (ir-volver/vamos-volver) en una consolidación sincera del presente: somos lo que podemos, pero no nos vamos a ningún lado. Por eso, con total admiración, respeto y, por que no, amor por una de las políticas más lúcidas de los últimos siglos, puedo permitirme parafrasear a la compañera Cristina y decir que no volvemos, sino que los pueblos nunca nos vamos.

Por otro lado, habría que definir pueblo, y muy con una corriente en boga que parece ser inapelable, quién se percibe como tal. ¿Es pueblo la señora que aparecía al lado de su «sirvienta» caceroleando por ella en contra de la suba de las retenciones? ¿Es pueblo la alienada «muchacha de la limpieza» que cacerolea porque su patrona la obliga?

Una buena manera de definir pueblo es partiendo de la perspectiva dusseliana, es decir, definiéndolo por su polo antagónico: el antipueblo. Antipueblo se usaba como un insulto, un improperio que durante los sesenta y setenta tenía destinatarios claros, y que ahora cobró corporeidades difíciles de develar.

Otro autor caro a las posibilidades orgullosas de los que se autodefinen sin ponerse colorados como populistas, es el ya remanido Laclau -aunque poco revisitado: ya sea para recordarlo o para discutirlo o para profundizarlo-. Allí el lugar del pueblo siempre es una mayoría inmensa, con múltiples demandas que no son satisfechas por una oligarquía -en su sentido más etimológico posible- que por inercia societaria termina polarizado con la masa a la que expolia de diversas formas: materiales y, no menos importantes, simbólicas; incluso con el intento continuo de introyección de normalidades contranatura y de paradigmas ajenos a la percepción de esas mayorías y propuestas rayanas en el colonialismo cultural. Ese derrame ideológico tiene su impacto en la masa, resultando una incomodidad que, como una piedra en el zapato o un sonido que dejamos de escuchar de golpe, solo cuando sale la piedra o cesa el sonido, tomamos conciencia del peso que tenía en nuestra infelicidad la molestia de marras y el creciente nihilismo resultante de esa intromisión cultural.

Cuando esa masa concerta sus demandas, las anida de manera tal de redundar en una malla elástica e inclusiva que se transforma en honda, reúne un horizonte de demandas inapelables y que deben ser saciadas de inmediato; en ese momento esa masa se transforma en Pueblo. Del otro lado, el Anti.

Una vez establecido lo popular, y entendiendo que los pueblos no vuelven, sino que siempre están, subyacen; se deshenebra en hilachas, se exilia del aire, parece volverse sordo y mudo, anestesiado, aterrorizado, pero, en esencia, sigue ahí. Y un día, se mira al espejo, respira hondo y le deja al antipueblo la añoranza del viejo orden para volver a resurgir soliviantada y altanera.

Pero por otro lado, a no ser en procesos revolucionarios explícitos, en ocasiones violentos, existen bloques históricos que promueven una mutación del orden establecido con una suerte de analgésico cultural y paulatino que hace que el cambio de orden solo parezca una continuidad, acaso solo una pizca vertiginosa, para las izquierdas más dogmáticas, y una verdadera revolución para aquellos que ven tocados sus intereses. Sabedores de esa estrategia popular, ante las oleadas que dejan la estela de derechos cada vez más alta, al decir lineresco, las oligarquías muestran los dientes y la mano de obra cacerolera es puesta rápidamente en estado de movilización permanente.

II – Habiendo aclarado qué hacen los pueblos, que siempre están (Vamos a volver)

De alguna manera, los pueblos sobreviven en las etapas en las que las demandas no son articuladas y añoro -se puede añorar lo que jamás sucedió- el día en que la perpetuidad del movimiento sea una realidad, pero los poderes fácticos son tremendamente poderosos y permean hasta los sustratos de la patria, con lo cual, cada tanto, el piñón se anquilosa y, en esos momentos, es necesario el penetrit de la doctrina. La potencia doctrinaria que excede a cualquier dogma partidario. La doctrina permite cuestionar al dogma. La doctrina dirime los entuertos éticos y redirigen la táctica hacia el mejor resultado para el conjunto, para la armonía comunitaria. La comunidad -por construcción apasionada de la empatía y la necesidad- termina configurando un puño -metáfora de cinco dedos que se hacen masa- o unos dedos en V -la posibilidad de bifurcación con potencia de fractal, proponiendo a la política entender la autoafirmación de estos tiempos, y así, englobar los “interiores extremadamente subjetivos” en una posibilidad de ser árbol siendo, a la vez, vástago bifurcado: un piquete de ojos a los poderes fácticos. Este híbrido vegeto-animal-mineral contiene y bate generosamente las posibilidades de existir como individue en una comunidad de amplitud territorial y complejidad cultural.

A pesar de lo complejo que parece, las cosas son sencillas: todo este quilombo está conformado por personas; personas que desean y configuran una posibilidad de concreciones comunitarias en una extensión de sus pretensiones particulares, una trama tan extensa y capilar que se hace trenza compacta e inmensa en la cual se realizan sueños. El Yo lo comprende. El yo se subsume en la “persona” que es movilizada para resistir cuando las tensiones que produce un cambio de paradigma las fagocita a partir de cuestiones muy básicas, y la nostalgia y la proyección de esa nostalgia refulge en una esperanza cifrada a través de lo venidero, de la identificación con ese haber sido hace poco. La resistencia se acciona con la cultura, aquello que pervive a las generaciones y a los pueblos incluso después de su genocidio.

La pregunta para responder por qué a pesar de todo lo que quieren introyectar en nuestras comunidades para que no seamos conscientes de que siempre estamos y de que nada es nada sin nosotres como comunidad, es cuál es el hálito que inflama a las personas, silentes y quietas durante las resistencias, para seguir viviendo en todos los casos y luchando en algunos. Acaso la respuesta sea demasiado extensa para reducirla a un artículo, pero la más precisa y que desandamos en un tranco, solo un tranco, sea la cultura, entendiendo a la misma como el orden superior de las posibilidades de realización humana que, sin duda, va de la mano de generar inexplicablemente mayor felicidad en la/el individux, alimento indispensable cuando escasean los alimentos tradicionales: materiales y simbólicos, como ya hemos dicho.

La cultura cobra grados de ebullición constante en los momentos previos a las posibilidades de cuajar los diversos horizontes de demandas, y es en ese caldo donde afloran los ecos guardados, las voces reauditadas, el fondeadero de la historia y su manantial. Si me piden casos concretos que expliciten esta suerte de teoría, tal vez el fenómeno cultural que se denominó Rock Nacional, y que es un movimiento mucho más amplio que el meramente referido a lo musical, sea un ejemplo válido.

La Guerra de Malvinas y el aumento de la difusión de la música nacional fue solo el último estado de avance cultural de un ciclo que había nacido en contestación a la dictadura de Onganía y se nutría tanto de ritmos foráneos como de una arquitectura poética y un anclaje social de carácter identitario situado. En estos días se cumplieron cuarenta años de la Guerra de las Malvinas; acaso la parábola histórica más remembrada para ilustrar lo que vengo diciendo tenga que ver con esa guerra. A lxs laburantes que el 30 de marzo marcharon por Paz, Pan y Trabajo, los cagaron a palos en la plaza; en esa misma plaza a la que tres días después iban muchísimos de esos mismos trabajadores apaleados a ofrendar su vida por la patria. Muchos la dejaron, pero claro, las personas, a veces, se olvidan de las posibilidades de crear cultura. Afortunadamente, este aniversario afloró una infinidad de homenajes y reclamos colectivos de soberanía que dotaron de un magma histórico y de reivindicación del presente; mito aún real que alimenta las posibilidades culturales de los pueblos.

En este caso, mi aporte a este docié de perpetuo engrosamiento y nudo de debate será el de vincular fenómenos que han permitido, y permiten, que el pueblo logré articular demandas y, esperemos, que alguna vez logre hacerlo de manera sólida, con memoria y sin deshilvanarse cuando dos o tres de esas demandas son cumplidas u otras dos o tres no logran consagrarse. Este docié será la vinculación con el arte que permite que la cultura se extienda y se comprenda como una malla que contiene, en definitiva, la imposibilidad de atesorar arena en una bolsa de arpillera: el graneo constante, tarde o temprano modificará la noción de cultura.

Dicho lo anterior, el tema radica en que, si no nos vamos, cómo y de qué manera permanecemos en tiempos aciagos, y una de las respuestas más contundentes tiene que ver con un vector de unión que transforma las pequeñas diferencias a partir de una empatía inexplicable que abreva en la cultura; la cultura es la sonrisa, decía un poeta de Cañada Rosquín, y con esa frescura se derrama por el sustrato de toda la comunidad. Cuando la sociedad se envilece, la comunidad resiste, se vertigina y asciende con la potencia de la verdad. Y ese ascenso, sin duda, se inscribe en una tangente cultural, un vértice que aúna lo inexplicable en una vertiente de simpatía barrial, en una junción de carácter cercano y popular. La cultura, en definitiva, es el primer tegumento de la futura articulación del pueblo, y en ella viven los pueblos cuando no logran síntesis de bloque, esos pueblos que, como dijimos varias veces, siempre están y nunca se van a ningún lado.

Por Adrián Dubinsky

Fotografía: M.A.F.I.A.


[1] Quien escribe, propone cuatro resistencias: La primera, que comienza tras el golpe de Estado del 55 y que finaliza con la vuelta de la democracia en 1973; la segunda, que comienza en 1976 (aunque tuvo prolegómenos en el período constitucional inmediatamente anterior luego de la muerte de Perón); la tercera, que se opuso al neoliberalismo menemista y parió el movimiento piquetero; y la cuarta, que llegó en el cuatrienio macrista.

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