I. La Banana republic

El 17 de junio del 2018, Colombia asistió una vez más a uno de los actos de la democracia en donde la segunda vuelta dio como ganador a  la presidencia de la república al señor Iván Duque Márquez para el periodo 2018 – 2022, una “sorpresa política” la llamaron los medios de comunicación en aquel momento, pero para ser más respetuosos de la verdad se trató de la sustitución al poder por parte de un desconocido quién hasta hacia pocos meses fungía como un invisible consultor del BID, un funcionario técnico sin la mayor experiencia política, sin vocación y carisma y sobretodo sin programa y propuesta de gobierno, y que le ganó, bajo una intensa campaña de destrucción a una propuesta de cambio y esperanza que empezó a desdibujarse mediante un básico e insistente discurso del miedo amplificado por todos los medios de comunicación serviles a las grandes corporaciones que han hecho del estado una necrológica oficina más. Estas elecciones fueron la mayor prueba de que en Colombia hasta ese momento, el poder no se definía en las urnas, las innumerables pruebas de fraude, aunque explícitas, pasaron desapercibidas por los órganos de control electoral, sumado al silencio conveniente de la OEA y su aprobación, organización que días posteriores a la elección mostraban a Colombia como el mejor ejemplo de la democracia en la región, entiéndase el absurdo sarcasmo.

Fue el resultado de la inapelable formula macabra de traspaso conveniente del poder para el ejercicio del control de los territorios mega-diversos de América del Sur, un trayecto más en la carrera de una neo colonización que inicia a principios del siglo XX con la expansión de cultivos rentables como la palma de cera y el banano.  “La Banana Republic” que, en 1928, cuando la compañía norteamericana United Fruit Company, asentada en el departamento del Magdalena al norte de Colombia y con la  ayuda de algunos militares, perpetraron una de las primeras masacres de este siglo, asesinando a un indeterminado número de trabajadores quienes exigían dignas condiciones de trabajo, “una sangrienta demencia que sirve de Celestina a los rijosos patrones del azúcar y el banano”, en las palabras del maestro Zalamea (El sueño de las escalinatas, Jorge Zalamea). Un ruin e inmisericorde hecho denunciado un septiembre de 1929 por el representante Jorge Eliecer Gaitán en los estrados del senado de la república y que fue conocido como “La masacre de las bananeras”. Con este macabro episodio se inaugura y se patenta “el terror de la mala muerte” como una de las formas más abominables, pero a la vez efectivas, de administración del poder y control en los territorios en Colombia.  Estos son nuestros 100 años de soledad, reiterados como un alfil de la memoria en la genialidad del maestro Márquez, “Cuando José Arcadio Segundo despertó estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodó del lado que menos le dolía y solo entonces descubrió que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central. Debían haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño y su misma consistencia de espuma petrificada, y quienes los había puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y en el sentido en que se transportaban los racimos de banano” (Fragmento de Cien años de Soledad, García Márquez).

Luego un nueve de abril de 1948 era asesinado Jorge Eliecer Gaitán en un hecho conocido como “el Bogotazo” dando inicio a “La Violencia” una guerra civil que hasta el día de hoy nos persigue bajo el influjo de su sombra. Y aquí también vuelve el hacedor de palabras para insinuarnos uno de los actos más aberrantes de esta violencia, el quizá primer “falso positivo” de nuestra historia política: “… tan pronto como se llevaron el cadáver del asesino, y desde entonces pareció borrado de la memoria histórica. Incluso de la mía, hasta muchos años después, en mis tiempos de periodista, cuando me asaltó la ocurrencia de que aquel hombre había logrado de que mataran a un falso asesino, para proteger al verdadero” (Vivir para contarla, 2002, García Márquez).

II. El ocaso de una larga noche

Hasta hoy esta ha sido la narrativa de una política anquilosada contra la vida, una cruel práctica de usurpación a nuestros territorios, incentivada por el desarrollo y la ambición donde “La biodiversidad es la cabalgadura de la muerte” (parafraseando el título indispensable de Humberto Cárdenas y Álvaro Marín), mientras la riqueza se ha guardado en manos ensangrentadas y llenas de unos pocos, y lo único que ha dejado a nuestra historia además de las migajas que alimentan la miseria, es el éxodo de más de 7 millones de desplazados internos, por el solo hecho de haber nacido en un paraíso del que hemos sido desterrados al infierno de la guerra, con el beneplácito a ojos cerrados de organizaciones internacionales, que no son mas que las jaurías del capital disfrazadas de instituciones de preservación ambiental y ayuda humanitaria.

Vamos a retroceder en nuestra narración un poco más de 20 años, el 19 de junio del 2001, más de 15 mil indígenas marcharon desde Santander de Quilichao al norte del departamento del Cauca hacia la ciudad de Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, exigiéndole al gobierno nacional y a los organismos internacionales de derechos humanos tomar medidas urgentes contra la ola de violencia en contra de los pueblos indígenas del departamento del Cauca. Aquí inicia la marcha del nuevo siglo, pero con ella también viene la peor época de la violencia en Colombia, en donde desde septiembre del año 2000 a febrero del 2001 más de 500 personas habían sido asesinadas en diferentes masacres, y más del mil familias desplazadas de sus territorios. El departamento del Cauca está ubicado al sur occidente de Colombia, es una de las regiones que integra el corredor del pacifico biogeográfico y en donde radica una de las mayores riquezas biogenéticas del mundo. Aquí ocurrió una de las masacres más crueles y que levantó necesariamente a los pueblos indígenas a esta inaugural marcha por la vida que causó un bloqueo de más de un mes a la ciudad de Popayán. La masacre conocida como la del Río Naya, donde en abril del 2001 un grupo de 500 paramilitares incursionó en las veredas ubicadas en el camino que conduce de la localidad conocida como La Paila hasta el Alto Naya, asesinando solo en el resguardo de La Paila a más de 50 personas y a otro numero indeterminado de víctimas en las veredas de la Paz y La Vega, donde según los testigos, campesinos e indígenas, hombres y mujeres, fueron reunidos en las escuelas para posteriormente ser fusilados a sangre fría, y fueron a parar los causes de los ríos y a fosas comunes encontradas años después y que revelaría la atrocidad de estos macabros hechos. (Fuente: periódico el tiempo, febrero y abril del 2001).

Otro hecho que marcó una profunda herida en la memoria de los pueblos humildes y rurales fue la masacre de Bojayá, en mayo del 2002 en el departamento del Chocó, pacífico Colombiano, donde murieron mas de un centenar de personas refugiadas al interior de una iglesia en medio de un enfrentamiento entre las FARC y Paramilitares de la AUC. (Fuente: Archivos de la JEP, jurisdicción especial para la paz)

Muchos han sido los ataques continuos y sistemáticos a las poblaciones de la región pacífica entre el año 2000 y 2010, lo que ha ocasionado un continuo desplazamiento forzado masivo, de una población compuesta principalmente por comunidades afro, indígenas y campesinas. Lo que es importante advertir, y jugando a una relación comparativa con la historia oculta de Colombia, es que estratégicamente se ve involucrado nuevamente como accionista de la guerra así como ocurriera a principios del siglo XX, el gobierno norteamericano y sus aliados económicos y empresariales, con la incidencia y financiamiento del denominado Plan Colombia, donde a partir de marzo del 2001 (un mes antes de la masacre del Naya) se le da un desembolso al Gobierno Colombiano de 1300 millones de dólares en ayuda militar y económica y que demandó a lo largo de los años posteriores durante los dos consecutivos Gobiernos de Álvaro Uribe algo más 7000 millones de dólares.  Este Gobierno, el de Uribe que inicia en agosto del año 2002 hasta el 2010, ha sido la larga noche, uno de los mas sangrientos episodios de la historia de la guerra en Colombia; este político, exgobernador de Antioquia, vinculado mediante investigaciones de la presa independiente al cartel de Medellín y a las autodefensas, fundador de Las Convivir ( uno de los primeros grupos paramilitares urbanos) llegó al poder bajo la premisa de acabar con el enemigo  con toda la fuerza armada del Estado, la guerra contra la insurgencia. Su plan de gobierno lo denominó como el de “la seguridad democrática”, con todos los poderes cooptados instauró un régimen de militarización, de operaciones armadas  consecutivas en territorios estratégicos rurales, como el Cauca, el Pacífico y el Bajo Magdalena,  propició una vigilancia y persecución a actores políticos de minorías de oposición, a sindicatos de trabajadores y campesinos, a líderes y estudiantes universitarios, defensores de derechos humanos y todo quien se opusiera a la fuerza armada como estrategia de gobierno y control, como resultado de una historia violenta, ocultada, resumida, y un gobierno poco preocupado por la educación, la convivencia y la cultura. Este político empezó a identificar a gran parte de la población urbana, que solo conocía la realidad bajo el velo de la distancia y el terror mediático, bajo la amenaza del enemigo interno y que al no conocer nunca la paz como una posibilidad para el fin de la guerra, se avocó a este siniestro personaje como a un falso mesías, y fue así como paradójica e inhumanamente, a pesar del escenario de limitación de libertades, dignidad y libre expresión, fue considerado como el  gobernante hasta ese entonces de mejor aceptación pública. Fue reelegido en 2005 por una mayoría pero con un altísimo nivel de abstinencia electoral, factor clave y reiterativo en las elecciones de gobernantes para una frágil práctica democrática y que ha permitido una perpetuidad en el poder por parte de este hegemónico grupo de masacradores. El gobierno de Uribe trajo consigo una macabra operación a la que se conoció posteriormente como “los falsos Positivos”, a raíz de la exigencia a las fuerzas militares por orden directa de presidencia y para el cumplimiento del plan Colombia, de un numero determinado de bajas guerrilleras en combate, y para completar estas estadísticas y números, y al no contar con ellas, optaron por nefastas estrategias, como la de reclutar bajo mentiras y falsos ofrecimientos de trabajo a jóvenes de barrios populares de las ciudades mas pobladas de Colombia (caso Madres de Soacha, barrio popular al norte de Bogotá) para luego, trasladarlos a otros extremos territoriales en conflicto y asesinarlos a sangre fría, y después de muertos, vestirlos con ropa militar de  grupos insurgentes armados, así, igualmente arremetieron contra lideres y lideresas campesinas en sus plantaciones, en sus casas, para asegurar sus números. Las investigaciones de la jurisdicción especial para la paz JEP, fruto de los acuerdos con las FARC EP en el 2016, ha podido demostrar la responsabilidad en el asesinato de 6402 personas bajo esta modalidad por parte de las fuerzas armadas, sin embargo, pese a todas las pruebas, el bloque de poder que representa este político lo ha dejado en la impunidad.

En el año 2005 y 2006 se realiza un supuesto proceso de reincorporación a la vida civil y desarme de los grupos paramilitares, especialmente del bloque de las AUC de Carlos Castaño. Estas negociaciones fueron tildadas de un montaje, otro estructurado y esta vez político falso positivo que le permitiera desaparecer al bloque de poder las pruebas que vincularían directamente al gobierno y algunos integrantes de las fuerzas militares en operaciones conjuntas con estos grupos de ultraderecha, que a lo largo del tiempo han hecho el desalojo de territorios estratégicos, disputando el inmenso control y poder económico dejado por las estructuras de los carteles de la droga desarticulados con la muerte y extradición de sus cabecillas algunos años atrás. Luego estos grupos habrían de reaparecer con otros nombres y denominaciones y que hasta el día de hoy operan en los territorios en conflicto.

Y fue precisamente por esta inconformidad, frente a estas ilusorias negociaciones, que en marzo del 2008 se convoca a una protesta pacífica, una marcha a las calles por parte del Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado (Movice), encabezada por el hoy senador de la república Iván Cepeda, hijo del dirigente comunista Manuel Cepeda Vargas, asesinado por militares en 1994. Fue quizá esta marcha en las calles de las ciudades principales de Colombia, uno de los primeros avisos y manifestaciones que irían urdiendo los hilos del telar colectivo en contra del abusivo poder y la demanda contra la coerción violenta hacia las libertades humanas y políticas de un régimen de terror disfrazado de democracia. Quienes salimos ese 6 de marzo a marchar, entendimos que el silencio ya no era una opción, debíamos gritarlo, manifestarlo desde nuestros carteles, desde nuestra memoria dibujada, acompañados por el arte, la  ternura y alegría,  y también, desde esa soledad compartida, pero esta vez despierta, sin miedo al opresor; hacer de este día un homenaje y acompañamiento a las miles de víctimas de las mas de 3500 masacres paramilitares, que hasta la fecha habían ocasionado el desplazamiento de los territorios y el desalojo forzado y robo de más de 6 millones de hectáreas de tierra. Y fue también esta la contestación popular al llamado que se hizo desde los estrados del congreso de la república por los pocos honestos y valientes lideres políticos que aún persistían y aún no habían sido masacrados con impunidad. Fue cuando el senador y hoy Presidente Gustavo Petro Urrego, quien en 1990 junto con la guerrilla del M19, entregó armas y se unió al propósito de La Paz y la redacción de una nueva Constitución Política del Estado, que garantizara los derechos aplazados por casi dos siglos a los habitantes más humildes de Colombia, carta magna que daría luz en 1991 después de un intenso trabajo y vocación. Él fue quien con valentía denunció con pruebas fehacientes los vínculos del poder político con los grupos paramilitares, destapando la peor infamia, “el gobierno de la parapolítica”, la más vil corrupción de todo un estado y sus vínculos con la muerte, por la ambición de los territorios, la usurpación de las riquezas del pueblo humilde, y disputarse el multimillonario negocio de la muerte, el narcotráfico. Ese día fuimos casi dos millones de mujeres, niñas, niños, jóvenes, adultos, ancianos, guardianas y poseedores del verdadero poder del pueblo, la memoria, la verdad en nuestras bocas, el clamor de justicia pintado en nuestros carteles, la dignidad avanzando a pasos dolidos pero totalmente alegres, con la energía de la vida, para decirle a ese monstro de la guerra, que a pesar de sus tentáculos, de sus masacres, de sus medios de amplificación del horror, aquí estábamos, rindiéndole homenaje a la memoria de los caídos y los desaparecidos, a nuestros fértiles territorios, nuestra marcha por recuperar el poder había iniciado, todo un pueblo se declaraba despierto, en resistencia. Y claro, el mal gobierno respondió, con ataques y calumnias, nos tildaron de subversivos, cuando nuestras manos nunca habían asado tocar un arma, solo el pincel con que se dibuja la verdad y llegaron las amenazas por debajo de nuestras puertas, y no tardaron las persecuciones y las muertes selectivas, hablarle de paz a un gobierno de la muerte se convirtió en todo un acto de guerra declarado contra el pueblo.

Y muchos, entre ellos quien escribe, tuvimos que salir del país para defender lo poco que aún nos quedaba, el aliento de nuestras vidas para resguardar la memoria y la voz que alguna vez tendrá que volver a ser sembrada, era el exilio o la vida de nuestras familias. Fuimos condenados a sentir en carne propia el dolor del desarraigo, la herida abierta de esta guerra absurda, y dejarlo todo atrás, nuestros sueños, nuestra casa y cariños, nuestra riqueza atesorada en la ternura y los recuerdos de familia, dejarlo todo y cargar a cuestas con la distancia y el tumor del miedo que impone el desplazamiento.    

Pero igual, nuestro camino, no fue solo de desdicha, tuvimos la oportunidad de conocer otros territorios, donde el miedo no es el que impone las reglas, y donde no hay esas fronteras de la muerte en los territorios del campo y de las selvas, donde la voz de la memoria, no es solo un eco y corre a pies descalzos entre senderos y es tejido con la madre tierra, donde el pueblo avanza a paso lento pero firme, nos dimos cuenta desde lo lejos, de lo frágil que es esa armadura de la violencia, de la debilidad de ese parásito engendro de poder que se instaló en nuestra tierra, y supimos en ese reflejo de nuestro sur, que el cambio es una posibilidad, que los pueblos con la insistencia de sus marchas pueden y han derrotado al monstro, y nos volvimos recolectores de semillas, de ideas que alguna día serán propósitos y posibilidades, porque la guerra caduca ante la insistencia de la alegría y de la vida. Y volver a creer, volver a querer, volver a crear, volver “volver”, será posible. 

III. La Marcha de los NADIES

Esa fuerza de la marcha siguió intacta, es fuerte porque esta alimentada por raíz de nuestras mayoras y mayores, es la herencia de la lucha que no han podido ocultar, aquí siguen vivas las palabras y gestas de Manuel Quintín Lame, el indio que aprendió a escribir en medio de las selvas, el hombre que supo que las palabras son acciones de lucha y resistencia por lo humano y lo divino que se entremezclan en el principio de la defensa de la vida. Él fue uno de los primeros líderes indígenas de principios de siglo XX que decidió empezar a marchar por la defensa de su tierra,  y a pesar de todas las persecuciones y vejámenes que sufrió en vida, resistió hasta que esa semilla sembrada en las montañas colombianas, empezó a germinar en la memoria de sus nietos. Esa marcha se hizo constante, en la reiteración de la dignidad del pueblo campesino, afro, raizal, palenquero, que en marzo del 2013 en medio de las negociaciones de Paz con las FARC volvió desde los páramos del macizo colombiano en una multitud de sueños y almas que clamaban por la vida, en el primer paro campesino de este siglo XXI.

Hasta hoy muchas generaciones hemos asistido a la perversión de un sistema que ha negado nuestra humanidad, que ha redactado la historia desde una miserable retórica de eufemismos y cifras, en donde nosotras, nosotros, solo somos números y estadísticas de una guerra, “los nadie” a quienes se les ha arrebatado todo, hasta este 20 de julio de 2022 en que los NADIE desde las escalinatas de la dignidad, refundan el congreso en un acuerdo nacional de mayorías para el pueblo.

Para poder hablar de este presente político es menester romper con la hipocresía de una enferma historia en donde el olvido es letal, las vidas de 450664 personas, fueron arrebatadas de manera violenta a causa de la guerra. Esto lo dice el informe final de La Comisión de la Verdad, que fue entregado el pasado 28 de junio del 2022; este es el volumen macabro de la ignominia, las cifras del poder que ha gobernado en ese vil acuerdo de control y muerte, esto es lo que nos han heredado a muchas generaciones por mas de 5 décadas. Es importante anotar la falta de importancia que suscitó para los medios de comunicación este acto, puesto que mayoritariamente responden al establecimiento del poder, este informe develaría sin lugar a duda, el que sería el acto más atroz en la historia de toda Latinoamérica, y en donde sitúan a los grupos paramilitares y al estado como los principales responsables de estos actos, sin desmerecer y ocultar también la responsabilidad las guerrillas. La inasistencia del presidente Duque, fue coherente con la atrocidad y barbarie de la clase política a la cual el pertenece y representa, así mismo lo expresó el director de la comisión de la verdad el padre Francisco de Roux.

El 2018 una vez más perdió la democracia, perdimos la presidencia, pero aunque suene contradictorio, esa pérdida no fue una derrota, fue todo lo contrario, empezamos ganando la esperanza, continuamos el camino, continuamos nuestra marcha para arrebatarle el poder a la maquinaria de la guerra. Ese 18 de junio, históricamente, como nunca antes, una propuesta alternativa, “la Colombia humana”, llegó a representar la convicción de un país cansado de ser olvidado, evidenció a 8 millones de votantes, de personas que nos reconocimos en esos resultados y nos dimos cuenta que era posible y que teníamos que continuar hasta lograrlo. Supimos que nos iba a costar 4 años más, acompañados de infames actos de corrupción secundados por políticos atroces, vanidosos, seríamos acosados por una violencia exacerbada que hasta el momento suma mas de 1200 vidas silenciadas de líderes sociales; supimos desde aquel 2018 que iban a ser los 4 años profundamente oscuros de esta larga noche de los 100 años de soledad a la que fuimos des merecidamente condenados. Pero de ahí en adelante, ya no más y nuestra gran marcha que ya no seria nunca mas silenciosa, siguió su curso hasta el 2019 donde una generación de jóvenes que se cansó de que la paz y la libertad solo fueran palabras de una retórica distante. Millones salieron de sus casas, rompieron la burbuja del miedo y retomaron sus mochilas, sacaron sus lápices, las banderas, maquillamos nuestros rostros, nos pusimos los cascos y los escudos, las guitarras, las armónicas, las flautas de caña, las gaitas del viento, firmes nuestros pies levantamos las manos al cielo y las volvimos a la tierra, recogimos nuestros ojos del pavimento y los sembramos cual semillas que lo verían todo y nunca mas volveríamos a estar ciegos e impávidos ante el exterminio, mientras nuestros pasos eran acompañados por la gran minga indígena, por las almas de nuestros ancestros, por las almas de nuestros hermanos, hermanas, de madres y niños que se les oscureció la vida por una ráfaga o un bombardeo. A todos ellos a quien miserablemente el gobierno llamaba bajas útiles, esas almas que nunca se despegaron de nosotros y la magia se hizo realidad, se invocó la fuerza mediante el himno de la verdad que llamaba a la resistencia en las calles, y el sistema tembló, se fracturó, y no se dio un paso atrás, ahora nuestras lágrimas no eran lamentos por el horror, eran líquida valentía, millones de propósitos inapelables, y el estado respondió como solo sabe hacerlo, mandaron sus esbirros, sus maquinas de guerra, y apuntaron a nuestra humanidad, a nuestra mirada,  pero no dimos un paso atrás, nuestra visión de futuro era mucho mas fuerte, la decisión ya había sido tomada, la utopía estaba en nuestras manos flameante como una bandera que llama a la victoria del despertar y nuestras voces se unieron sin importar las distancias impuestas por el destierro de la mala muerte, la gran marcha continuó con la insistencia necesaria  de la  Memoria ante el libro pusilánime de la historia, y fue la poética consecuencia que el pasado 19 de junio del 2022 ha dado la victoria de gobierno al pueblo mediante un pacto humano por la vida y entregamos a Gustavo Petro, el verdadero político digno del pueblo a quien se le ha otorgado la elocuencia coherente de la verdad, la presidencia de la nueva Colombia y la vicepresidencia  a Francia Márquez, una mujer que se crio en esa Colombia profunda, de tierra negra y fértil,  una luchadora  afro, raizal, palenquera, representante de nosotras y nosotros “los nadie”, que nos identificó con la alegría de nuestra raza, y nos dio a entender que la ternura es mas fuerte y poderosa que las balas, que nuestra sangre vertida y la que habita en nuestras venas es un río poderoso, infranqueable, que reclama su original cauce cuando cantamos a viva voz los himnos de la vida, que nos devolvió el sueño despierto de un “Vivir Sabroso”, y así, nos levantamos del letargo, sacudimos el polvo de nuestros vestidos, y salimos a defender la dignidad hasta que esta se haga costumbre. El pacto histórico, nos inspiró para unirnos, para que saliéramos todas y todos en ese carnaval de más de 10 millones de propósitos y devolvernos la alegría que nos arrebataron ese día oscuro y lejano entre matorrales y racimos hace 100 años. Recordarnos que fuimos, somos y seremos la marcha poderosa que derribaría ese muro de violencia impuesto por los parásitos de la ambición, y donde ningún fraude pueda apelar a la fuerza de los pueblos.

Perdimos el miedo a la muerte, la volvimos nuestra aliada en honor a nuestros muertos, ya no tenemos nada más que perder, tenemos todo que ganar, porque somos los NADIE, SOMOS LA MARCHA POR LA VIDA. Y a escasas dos semanas de cambio de gobierno, el subpresidente Duque, quizá sea el último heredero de esta casta hoy agonizante por la fuerza de la memoria y la dignidad que en ella reside, un último ciclo de esta larga noche que llega a su fin y el amanecer del 7 de agosto del 2022, lo sorprenderá siendo arrastrado por las hormigas hacia el matorral del olvido, de donde alguna vez llegó.

Por Carlos Andrés Idrobo Trochez

Cineasta colombiano, documentalista, escritor, narrador de historias e investigador social.

23 de julio de 2022, La Paz, Bolivia)

Fotografía: M.A.F.I.A.

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