En tiempos en donde el diálogo se presume como un valor político, la intransigencia ha sido relegada a los márgenes de lo aceptable para la institucionalidad política. En efecto, la actitud dialógica, tanto en sectores progresistas como en sectores conservadores, se ha instaurado como fundamento incuestionable de una retórica política orientada a suturar las orillas de una democracia partida y polarizada. Racional y de palacio, sin verborragia ni altisonancias, configura la condición de una actitud serena, centrada y laica, tal la condición del diálogo. No tiene adversarios políticos sino pluralidad de voces, el multiculturalismo hecho lógica de la discusión política.   

Empero, la intransigencia como posicionamiento se ha convertido en un acto denostado, diferente al diálogo – por supuesto- pero también contrario al pragmatismo y a su actitud benevolente de construir consensos impensados, aunque fuera con fines políticos de justicia social. En todo caso, la actitud intransigente ha sido denostada por su férrea actitud de militancia ante el poder. No con el poder, sino ante él, frente él.

Un lugar asumido pero no naturalizado, arbitrario e inamovible que no negocia sino es en contienda abierta y desgaja parte del cuero que recubre la posición. Y, por esa razón, es el lugar de la verdadera escucha, la escucha genuina, que no se desancla del interlocutor para intentar oír lo que hay entre líneas, sino que lo atiende su plena voz e, inescindible, la plena respuesta propia.

Como el grito de Antígona que escucha la ley (bajo la figura de Creonte) y no la desoye, la desafía. Así lo hace precisamente porque lo que está en juego es el acto del duelo y la decisión propia de dar sepultura pública a su hermano muerto. Ni modo que Antígona renuncia a ello, todo lo contrario, lo hace y es castigada por trasgredir esa ley y, con ella, las normas de género y de parentesco. Como señalara Ana Amado releyendo a Butler, Antígona había politizado su dolor y lo había puesto en la escena pública, como si hubiera ejercido -anacrónica, o no tanto- una política feminista de interpelación al poder político.

El grito de Antígona resuena en la voz y en el cuerpo intransigente de Hebe. Fue ella, como conductora y militante, al frente de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, quien interpeló cada política de memoria de todos los gobiernos de la posdictadura. Efectivamente, había que mirarla a Hebe para comprender lo que había detrás o delante de esas políticas. Su lugar indeclinable tenía como punto de partida los cimientos de la reivindicación política de sus hijos/as, en ese plural tan colectivo como extensivo. Desde el vamos, esa fue su forma de hacerse cargo y así fue durante toda su vida, no se movió de allí: “Nuestros hijos son revolucionarios”, en tiempo presente; “Señor Alfonsín, no son pobres muchachos”, “No han muerto, están y siguen desaparecidos”. Exigimos “Aparición con vida”, “No a la exhumación”, “no queremos un saco de huesos”.

Allí está la politización de la memoria desde una maternidad colectiva pero también una postura ante la democracia que siempre tuvo nombres, apellidos y políticas concretas. Hebe, a la par de que disputaba la memoria y peleaba por el juicio a todos los culpables del terrorismo de Estado, denunciaba las políticas devastadoras del tejido social durante el neoliberalismo. Y lo hacía levantando su voz y poniendo su cuerpo. En estos días, hemos visto miles de imágenes que dan cuenta de ello.: durante los años setenta, ochenta, en los años noventa, con Charly, con los piqueteros, con Quebracho, con Fidel, Chávez y Lula, con el Diego, con el Papa. No podía dejar de hacerlo de ese modo, era su condición de militante, heredada y redentora. Un faro, se ha dicho de Hebe; insisto, prefiero la figura de la militante intransigente.

Si como ella alguna vez planteó que su condición de madre fue, en efecto, una gestación de sus hijos/as desaparecidos/as en los setenta, en los años noventa la conducción de Hebe contribuyó a otra gestación, a la de la resistencia contra el orden neoliberal. Caminó los barrios, organizó compañeros/as, cobijó reuniones, albergó contingentes militantes, articuló colectivos, perimetró la ciudad, habló, gritó y, sobre todo, puso el cuerpo en la represión. No hay imagen más intolerable que aquella de la montada rodeando los cuerpos de las madres. No la hay. Pero de allí también se desprende la potencia de su intransigencia, ante el brazo armado institucional estas mujeres respondían redoblando la apuesta. No hacían un acto o una conferencia de prensa. Iban y los enfrentaban. “Al estado de sitio no hay quedarle bola”.

Tal vez, esa segunda gestación haya sido la razón para comprender el acercamiento a Néstor y a Cristina, quienes efectivamente la comprendieron en su intransigencia. Es que Néstor y, sobre todo, Cristina también lo era. No hubo cooptación -vaya malestar de la izquierda-, hubo un entendimiento militante y, desde Hebe, una comprensión cabal de lo que estaba en juego. Ella vio como se reagrupó el poder económico y la derecha reaccionaria durante el kirchnerismo y, como no podía ser de otra manera, asumió su lugar, otra vez indeclinable, al lado de Cristina.

Hebe encarnó la interpelación permanente al poder, con todo lo que ello implica. Con todo. Y desde ahí construyó su legado, su herencia.  

Por Lucas Saporosi

Sociólogo y docente

Fotografía: M.A.F.I.A.

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