Gente que nunca abrazamos. Gente con la que nunca intercambiamos palabras, con la que no cocinamos ni compartimos un plato de comida, una copa de algo. Gente, cuyas ideas y actos conocemos desde un aspecto exclusivamente público, más algunos trascendidos o rumores que de alguna manera nos permiten elaborar una supuesta cercanía sobre tal o cual personaje público; un retrato de ficción, al fin y al cabo.

Pero gente que, de golpe, se va para siempre y que, al irse, se lleva una parte de nosotros, haciendo del mundo un lugar cada vez más extraño, en su sentido más literal, y bastante más allá de los legados que dejan en cada caso y a los que podemos volver las veces que sea necesario, transcurrido el duelo.

No viene al caso citar ejemplos, con nombres y apellidos, básicamente porque no todos pueden ostentar el haberse plantado en la cara a los milicos cuando las papas todavía quemaban. No quisiera mezclar -no corresponde-, disciplinas. De hecho, no voy a negar que la ilustración de una Hebe maradoniana que circuló en los últimos tiempos me resulta sumamente simpática. Pero, de nuevo, esa máxima de la sociología: una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.

No importa.

Vayamos a Hebe. A ella y yo, aunque sólo pude abrazarla, tímidamente, dos veces. Dos ocasiones en las que, estoy seguro, no estuve a la altura de las circunstancias. Si no me acuerdo de los detalles, es que debo haber estado monosilábico, torpe, más de lo habitual.

Me resulta más relevante, digamos, indagar en cómo impactó su figura pública como madre política de todos nosotros (el «nosotros» como sujeto político, ¿no?). Entonces, tengo que irme a enero de 1990, cuando salí sorteado para ingresar al Colegio Nacional de La Plata.

Me enteré en octubre o en noviembre de 1989, con mi nombre incluido entre las sábanas de El Día, que iba a ir al «Nacio». Y en enero de 1990, a más tardar en febrero de ese año, se me ocurrió en la más absoluta soledad alquilar y ver en VHS La Noche de los Lápices. Al terminar la película, sin ningún tipo de marco político, de marco o contención psicológica (yo tenía 12 años, y en 1990), me invadió un solo pensamiento: yo, a ese colegio, donde torturaban estudiantes, no iba a ir. Decisión tomada. Imaginen ustedes el drama familiar ante mi postura. Estaba renunciando a la posibilidad de ingresar a un colegio universitario.

Mi férrea postura se qué doblegó con el último cachetazo que recibí en mi vida (después hubo otros pocos, pero más bien novelescos, risueños vistos desde acá, en este típicamente caluroso diciembre de 2022) y una máxima familiar de la que jamás me olvidé y que hoy me provoca una fuerte vergüenza ajena: «si no te metés en nada raro (la política como rareza), no te va a pasar nada».

Y entonces, sin darme cuenta, transité los 90 con el comportamiento apolítico que caracterizó a esa otra década infame, más allá de la lectura casi diaria de Página 12 y de alguna que otra marcha, sobre todo después de 1995. Pero, como la amplia mayoría de mi generación, nunca puse el cuerpo, nunca milité, nunca pude, nunca supe.

Sin embargo, y esto es lo más importante que quiero contar, unos veinte años después de mi egreso del Nacional de La Plata fue mi hija la que sí pudo, la que sí supo, ponerle el cuerpo a la política, curiosamente en la misma institución educativa.

Y acá aparece Hebe como una figura central en su ecosistema ideológico, como uno de los principales símbolos que mi hija supo escuchar, seguir, respetar bastante antes que yo.

Esto que cuento, que bien podría ser leído como las líneas que salen de alguien sensibilizado por culpa de una muerte reciente, ostenta un documento respaldatorio, y es la fotografía (tomada en 2017, creo) que acompaña este texto. Vaya si conozco la sonrisa de mi hija, entonces puedo jurar que esta imagen de acá abajo es completamente sincera y hasta visceral, aunque suene exagerado. Lo juro por Malena, mi hija. Y también por Hebe, la eterna madre de todos nosotros (y nosotras).

Por Daniel Krupa

Escritor y tripero

Fotografía: M.A.F.I.A.

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