O una apología del heredar materno

No siempre fui de Gimnasia de la Plata. O sí, pero hubo un período que hinché por Boca. Iba a la cancha y hasta me asocié cuando retornó Diego. Estuve ahí cuando dijo “La pelota no se mancha”: uno de la acontecimientos (también) enunciativos del Diez. Era bostero por línea paterna. Mi abuelo. Mi viejo. Pero la línea materna, mi vieja, mi abuela, un día irrumpió y me reconquistó. Mi madre armó de regalo cumpleañero un portarretrato doble. En una foto estaba de niño con la camiseta de Boca. Pero en la otra, de más niño aún, y en patineta, con la de Gimnasia. Y más allá de una secuencia temporal de «origen», ya Boca, o mejor dicho, Macri en Boca, había empezado a alejarme de la cancha. Riquelme era el último estandarte de un romanticismo al que con algunos le dedicamos un poemario. Pero algo se había quebrado. Y descubrir el bosque, la tribuna de madera, pasar para ir a la cancha por el sanatorio donde dicen que nací y donde cuidamos a mi abuela hasta sus últimos días con mi hermano, recorrer Berisso, arrabal del arrabal, peroncho, mataderil y tripero yendo a la isla Paulino, reconocerme como/con el sufrido e inclaudicable hincha lobo, fue una suerte de retorno a casa. No solo a mi La Plata natal sino a la pasión plebeya del Boca pre Mauricio. 

Y qué decir cuando me enteré que Hebe era del Lobo. Hebe y Cristina, triperas. Siempre lo sentí como un afano tenerlas a ellas alentando, jugando para un nosotros extendido. El pueblo todo, tripas (y) corazón. Y cómo no serían lobas ellas. De gola y audacia maradoniana, batalladoras férreas y fierras, indómitas, afirmándose en las derrotas que siempre entienden (porque son) parciales, circunstanciales. Perder para el lobaje es casi una condición, apenas una mueca en el marco de un sentir popular que solo sabe de aliento y lucha. ¡Romántico! gritan desde la platea, que se llama René Favaloro. Y cómo no. Solo entendiendo al romanticismo como una fuerza interna e invisible que sostiene y empuja. Inderrotable, indemne ante los cantos de sirenas y fuegos de artificio de triunfalismos marketineros. Lo que me alejaba del exitismo farolero del Boca farandulizado, me acercaba al olor a Paty y zoológico aluvional del Bosque. A aquello que en inferioridad de condiciones materiales, el pueblo mismo, hace que en cada domingo/lunes/martes renazca la esperanza. A aquello, que fuera de las luces, de lo celebrado, se cuece a fuego lento. No es casual que Hebe, las madres, abrieran su cocina, la cocina de una/toda madre, para volverla lo que es: un ámbito donde se macera la politicidad de un vínculo, donde se sazona lo común, donde se cuece cotidianamente lo que alimenta cuerpos, espíritus, comunidad. Esperanzas lobas, otras, todas, por revalorizar lo infravalorado.    

Y qué decir cuando (nuevamente) Diego. Ahora en el lobo, me volví/ó a asociar. Ser socio. Que en fútbol no es hacer sociedades (anónimas, proyecto macristoide), sino hacer/sentirse comunidad. Y lo fuimos a ver. A él. Al Diego lobizón. Contra River. Tarde soñada. Gimnasia perdió de local. A mí, a nadie le importó. Estaba el Diego en la cancha. En nuestra cancha. En el Bosque. No había lugar en la popu local. Entramos en la visitante. Toda loba. Fuimos con mi ex. Siendo cada quien ex del otrx. Pero no pudimos negarnos a tremendo plan. Y fuimos. Y terminamos comiendo en una cantina de la Boca, como dos extrañxs, unidxs for ever/for hebe también por esa tarde-noche. Lxs que al terminar el partido bajamos las gradas. El Diego se acercaba al alambrado. Me cuelgo. Creo que fue la única vez que me colgué del alambrado. Y ahí venía. Rengueando pero aun altivo y con la gorra guerrillera. Gimnasia había perdido pero estabamos todos apiñados contra el alambrado como gritando un gol. Para verlo a él. Para verlo de cerca. Habiéndolo vistos centenares de veces de todos los modos y medios posibles. Pero querer co-vivir ese/un instante con nuestro héroe. Estar cerca de él. Respirar su aire. Verlo moverse. Tripa y corazón, extra ordinario. Tan cercano, tan infinito.

Eso mismo me sucedía con Hebe. En la plaza, en la sede de las madres. Donde haya tenido oportunidad de tenerla cerca. La última vez fue este 24 de marzo. El primero después de la pandemia. En plena discusión (perdida, una nueva derrota) sobre el arreglo con el Fondo. Quise pasar antes por la sede de las Madres. Entendiendo, sabiendo que desde allí, desde ella, escucharía el por donde y el con quien/ no. Junto a ella, ellas, una otra/misma herencia materna, extendida y popular. Las madres. Expresando desde lo in-oído (viejas, locas, comunistas, peronchas, mujeres) lo único a oir. Y una vez más la oí, no la ví, por la mucha gente congregada. Pero veía la imagen del Che Guevara, que era el que hablaba con la voz de Hebe, con la misma estrella roja de la gorrita del Diez, de quien había banderas, con ese número mágico, sagrado, flamenado. En ese arremoline iconográfico, su voz, como siempre, clara, contundente, intransigente y soberana. Una voz soberana. Por insumisa, pero sobre todo, por luchar por la soberanía de su pueblo que son los pueblos del mundo unidos (“lo pueblo” del mundo unido) Sin que haya distancia, porque no debería haberla, entre la construcción y asunción de una voz propia (soberana) y el promover la propia autodeterminación (la soberanía) de los pueblos. No siempre esa conjunción poderosa, contagiante, emancipable se da. Casi nunca. Es de hecho el sino discursivo de lxs extra ordinarixs. De lxs únicxs héroes y heroínas en este lío y en este río de tibiezas acomodaticias e indolentes. Contra ello, contra el mal, ellxs. Diego, Hebe, Cristina. Todxs lobxs. Todxs tripa y corazón. 

Es verdad que quedamos un poco más solxs, aunque en esa orfandad, desde esta orfandad, como decía Albertina Carri, es que podemos decir nosotrxs. Desde una filiación anfibia, trans-mutada. Fuimos y somos hijxs de madres paridas por su descendencia: un trastocamiento espectralizado que reconfigura lo que entendemos por memoria, por futuro, por tiempo. Maternidad colectiva, extendida, asumida, desde una voluntad esgrimida y esparcida. Una filiación heredada a fuerza de voluntad, como el futuro a fuerza de trabajo arltiano. Desde esa orfandad potenciadora y filiación trans-formante anidan quizás los desafíos (de lo) porvenir.

A tu memoria querida Hebe. A la memoria de las batallas de los que resisten. Y a las herencias maternas del mundo. For ever en nos, for heber Hebe.

Por Sebastián Russo

Docente, sociólogo y tripero

Fotografía: M.A.F.I.A.

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